Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
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Riesgo
Al principio, Alexa esperaba sus mensajes.
Después empezó a esperar el momento exacto en que llegarían.
Y, sin darse cuenta, comenzó a sonreír cada vez que veía aparecer aquel número desconocido en la pantalla.
Aquella noche, estaba sentada en su escritorio terminando un trabajo cuando el teléfono vibró.
Número desconocido:
¿Sigues estudiando?
Alexa miró la montaña de apuntes frente a ella.
Alexa:
Desgraciadamente.
Número desconocido:
Entonces necesitas descansar.
Alexa:
¿Y tú qué sabes?
Número desconocido:
Sé que llevas demasiado tiempo mirando la misma página.
Alexa levantó la cabeza.
Miró alrededor.
No había nadie.
Alexa:
¿Cómo sabes eso?
Número desconocido:
Porque te conozco un poco.
Alexa sonrió.
Alexa:
Eso suena peligroso.
Número desconocido:
¿Todavía te preocupa que sea peligroso?
Ella pensó unos segundos.
Alexa:
Un poco.
Número desconocido:
Entonces no debería decirte que hoy te ves bonita.
Alexa parpadeó.
Alexa:
¿Cómo sabes cómo me veo hoy?
No obtuvo respuesta inmediatamente.
Después apareció:
Número desconocido:
Porque me mandaste una foto.
Alexa miró la conversación.
Era cierto.
Unos minutos antes, sin pensarlo demasiado, le había enviado una fotografía de sus apuntes.
Solo se veía una esquina de su rostro.
Y una parte de su cabello.
Alexa:
Eso no cuenta.
Número desconocido:
Para mí sí.
Alexa mordió una sonrisa.
Alexa:
Eres muy coqueto.
Número desconocido:
Contigo.
Aquella palabra le hizo sentir calor en las mejillas.
Alexa dejó el teléfono boca abajo.
Cinco segundos después volvió a tomarlo.
Alexa:
¿Y si te mando otra?
Número desconocido:
Entonces probablemente voy a querer otra.
Alexa dudó.
Después tomó una fotografía.
Esta vez sí aparecía su rostro.
El cabello suelto.
Una sonrisa pequeña.
Sin maquillaje.
La envió.
Pasaron unos segundos.
Número desconocido:
Ahora entiendo por qué me costó tanto olvidarte.
Alexa dejó de respirar por un instante.
Volvió a leerlo.
Una vez.
Dos veces.
Alexa:
No digas cosas así.
Número desconocido:
¿Por qué?
Alexa:
Porque me las voy a creer.
La respuesta apareció enseguida.
Número desconocido:
Quiero que las creas.
Alexa sonrió.
Y ahí estaba otra vez esa sensación.
La misma que había sentido aquella noche.
Solo que ahora no había música.
No había alcohol.
No había una fiesta.
Estaba completamente consciente.
Y eso era lo que más la inquietaba.
Los mensajes comenzaron a ocupar una parte cada vez mayor de sus noches.
Hablaron de películas.
De música.
De lugares que querían conocer.
De cosas que les daban miedo.
De recuerdos de la infancia.
Incluso comenzaron a enviarse fotografías sin necesidad de pedirlas.
Alexa mandaba una foto del café que estaba tomando.
Él respondía con una fotografía de su escritorio.
Ella le mostraba el cielo desde el campus.
Él le enviaba una imagen de la ciudad desde su ventana.
Nunca aparecía su rostro.
Siempre había alguna excusa.
—No me gustan las fotos —le dijo una noche.
Alexa respondió:
—Mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque tienes cientos de fotos mías.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque tú eres más bonita.
Alexa se quedó mirando la pantalla.
No sabía cómo podía hacerla sonrojarse con tanta facilidad alguien cuyo rostro ni siquiera veía.
......................
Los regalos también comenzaron a aparecer.
Primero fue una caja de chocolates.
Después, un libro.
Luego una pequeña botella de perfume.
Siempre había una nota.
Nunca demasiado larga.
Nunca con su nombre.
Pero cada una parecía conocerla un poco mejor.
“Para acompañar tus noches de estudio.”
“Porque dijiste que te gustaba este libro.”
“Este aroma me recordó a ti.”
Alexa guardaba todas las notas.
No sabía por qué.
Quizás porque eran la única prueba física de que aquello estaba ocurriendo realmente.
Una tarde, Emma entró a la habitación y encontró a Alexa observando una pequeña caja.
—¿Qué es?
Alexa la cerró rápidamente.
—Nada.
Emma se sentó junto a ella.
—¿Otra vez regalos?
Alexa suspiró.
—Sí.
—¿De quién?
Alexa se quedó callada.
—No sé.
Emma la miró con incredulidad.
—¿Cómo que no sabes?
—No deja su nombre.
—Alexa…
—Lo sé.
Emma parecía preocupada.
—¿Y por qué sigues aceptándolos?
Alexa bajó la mirada.
No podía decirle la verdad.
No podía decirle que era el mismo hombre de aquella noche.
No podía decirle que hablaban casi todas las noches.
Y mucho menos podía admitir que empezaba a gustarle.
Así que simplemente respondió:
—No sé.
Emma suspiró.
—Ten cuidado.
Alexa asintió.
—Lo tendré.
Pero cuando Emma salió de la habitación, Alexa abrió nuevamente la caja.
Dentro había un collar delicado.
Una pequeña luna plateada.
Junto a él había una tarjeta.
“Para que lleves un pedacito de aquella noche contigo.”
Alexa acarició el collar con la punta de los dedos.
Sabía que debería devolverlo.
Sabía que debería dejar de responder.
Sabía que aquello estaba comenzando a cruzar una línea.
Pero cuando el teléfono vibró, lo tomó inmediatamente.
Número desconocido:
¿Te gustó?
Alexa miró el collar.
Sonrió.
Y respondió:
Alexa:
Mucho.
La respuesta llegó casi al instante.
Número desconocido:
Entonces úsalo mañana.
Alexa miró el mensaje durante varios segundos.
Después escribió:
Alexa:
¿Y si lo hago?
Número desconocido:
Entonces voy a imaginar que estás pensando en mí.
Alexa sintió un cosquilleo en el estómago.
Alexa:
¿Y si lo estoy haciendo?
Esta vez, la respuesta tardó.
Pero cuando llegó, fue suficiente para que Alexa dejara el teléfono sobre su pecho.
Número desconocido:
Entonces creo que estamos empezando a meternos en problemas, chica mala.
Alexa cerró los ojos.
Y sonrió.
Porque, por primera vez, no estaba segura de querer salir de ellos.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo