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Cuando La Envidia Habla

Cuando La Envidia Habla

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Traiciones y engaños / Villana
Popularitas:161
Nilai: 5
nombre de autor: J.Lumi

Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.

Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.

Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?

En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia

NovelToon tiene autorización de J.Lumi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10 — Filos afilados por el odio

"El odio no nace con un filo... alguien lo afila en silencio."

Toda arma tiene un creador.

Pero las más peligrosas jamás fueron hechas de acero.

Eran palabras.

Una frase podía atravesar un corazón con más precisión que cualquier espada.

Y la Envidia...

Había aprendido a convertir cada palabra en un filo invisible.

—Las comparaciones ya no son suficientes... —susurró.

Su voz era tranquila.

Casi elegante.

Durante mucho tiempo se había limitado a observar cómo los seres humanos se destruían poco a poco.

Ahora quería algo más.

No deseaba que dudaran.

Quería que actuaran.

La Esperanza sintió un escalofrío.

Era la primera vez que escuchaba aquella determinación.

—¿Qué estás planeando?

La Envidia sonrió.

—Nada que ellos no hayan imaginado antes.

Solo voy a darles el valor para hacerlo.

En una ciudad cualquiera, dos personas trabajaban bajo el mismo techo.

Durante años compartieron metas.

Se ayudaban.

Celebraban los pequeños triunfos del otro.

Pero uno de ellos comenzó a recibir más reconocimiento.

No porque fuera perfecto.

Simplemente porque su esfuerzo empezó a dar frutos.

La otra persona sonrió como siempre.

Lo felicitó.

Le estrechó la mano.

Sin embargo...

La Envidia ya había encontrado la grieta.

—Otra vez él...

La persona cerró los puños.

—Siempre hablan de él.

Siempre lo felicitan a él.

Siempre lo eligen a él.

La Envidia no respondió.

Solo dejó que aquellos pensamientos crecieran.

Pasaron los días.

La admiración comenzó a convertirse en molestia.

La molestia...

En resentimiento.

Y el resentimiento...

En odio.

Era un proceso lento.

Tan silencioso que nadie alrededor parecía notarlo.

Solo las emociones podían escuchar cómo aquel corazón cambiaba de ritmo.

La Tristeza observó con preocupación.

—Todavía puede detenerse.

El Miedo dio un paso atrás.

Sabía lo que ocurría cuando el odio encontraba una razón para existir.

La Esperanza levantó la voz.

—No conviertas su éxito en tu enemigo.

Pero la Envidia habló antes.

—¿Y si el verdadero enemigo siempre fue él?

Aquella frase atravesó la grieta.

No porque fuera cierta.

Sino porque el corazón necesitaba creer en algo que justificara su dolor.

Una mañana cualquiera...

El reconocimiento volvió a repetirse.

Aplausos.

Sonrisas.

Felicitaciones.

La persona observó la escena desde lejos.

Su respiración se volvió pesada.

Las manos comenzaron a temblar.

Entonces apareció la voz.

—Haz que dejen de admirarlo.

El corazón dudó.

—No...

La Envidia dio un paso más cerca.

—No tienes que destruirlo.

Solo basta una mentira.

Una duda.

Un rumor.

Las personas hacen el resto.

El silencio invadió el lugar.

Porque, por primera vez...

La idea parecía posible.

La Esperanza intentó alcanzarlo.

—Todavía puedes elegir.

No necesitas herir para sanar.

Pero el odio ya estaba afilando sus propias palabras.

La persona tomó su teléfono.

Escribió un mensaje.

Lo borró.

Volvió a escribir.

Cada letra pesaba más que la anterior.

Una acusación.

Sin pruebas.

Solo una sospecha disfrazada de preocupación.

Era suficiente.

El mensaje fue enviado.

La Envidia cerró los ojos.

No sintió alegría.

Sintió satisfacción.

Porque había descubierto algo.

Las personas no necesitaban grandes razones para destruirse.

Solo una pequeña excusa.

Un comentario.

Una mentira repetida muchas veces.

Y el resto ocurría solo.

Como una piedra cayendo por una montaña.

Horas después...

Los rumores comenzaron a caminar de boca en boca.

Cada persona añadía un detalle diferente.

Una exageración.

Una nueva sospecha.

Al final...

Nadie recordaba cuál había sido la verdad.

La víctima comenzó a recibir miradas diferentes.

Los saludos desaparecieron.

Las conversaciones terminaron.

El silencio reemplazó la confianza.

Todo por una sola frase.

La Envidia observó la escena con absoluta calma.

—¿Lo ves?

Nunca necesité levantar un arma.

Las palabras siempre fueron suficientes.

La Esperanza bajó la mirada.

No porque hubiera perdido.

Sino porque sabía cuánto tardaban las palabras en sanar.

Una herida podía cerrar.

Pero una reputación destruida...

Podía perseguir a alguien durante toda la vida.

La Envidia contempló aquel corazón lleno de odio.

Ya no quedaba admiración.

Ni respeto.

Solo el deseo de ver caer a quien alguna vez llamó compañero.

Entonces susurró por última vez.

—Los cuchillos dejan cicatrices visibles.

Mis palabras no.

Y precisamente por eso...

Son mucho más difíciles de olvidar.

Mientras el mundo seguía creyendo que el peligro tenía forma de arma...

Nadie sospechaba de las frases que pronunciaban cada día.

Y la Envidia...

Acababa de afilar un nuevo filo.

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