Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 22
Te dejo la escena desarrollada en estilo novela, con más diálogos, tensión y descripciones:
Llegamos al terreno después de casi dos horas de viaje.
La camioneta se detuvo sobre un camino de tierra rodeado por enormes extensiones de pasto verde. A lo lejos podía verse el lago brillando bajo el sol de la tarde. El viento movía las hierbas altas y hacía que todo pareciera tranquilo.
Demasiado tranquilo para la cantidad de dinero que se planeaba invertir ahí.
Me bajé de la camioneta detrás de Saúl.
Lo primero que vi fueron tres camionetas negras estacionadas a unos metros.
De una bajó Truey.
De otra, Mateo Escalante.
Y de la tercera un hombre mayor.
Mi corazón dio un pequeño salto.
No necesitaba preguntar quién era.
Lo reconocí de inmediato.
Armando Escalante.
El hombre del diario.
El esposo de Lucía.
El hombre que yo había imaginado cientos de veces mientras leía aquellas páginas.
Era extraño verlo ahí.
Real.
Respirando.
Sonriendo.
Cuando para mí solo había sido un nombre escrito entre lágrimas.
Me acomodé el cabello.
Antes de bajar me había hecho una coleta alta y colocado unos broches para que el viento no me lo revolviera.
Saúl comenzó a caminar hacia ellos.
Yo lo seguí.
—Armando, qué gusto volver a verlo —saludó Saúl estrechándole la mano.
—El gusto es mío, Saúl.
Después saludó a Mateo.
—Señor Escalante.
—Arquitecto.
Ambos intercambiaron una sonrisa profesional.
Entonces Saúl colocó una mano en mi espalda y me acercó al grupo.
—Y ella es Israel Martínez. Mi arquitecta junior como algunos ya saben.
Sentí varias miradas sobre mí.
Armando sonrió primero.
—Mucho gusto, señorita.
—Mucho gusto. Soy Israel.
—Armando Escalante.
Su voz era cálida.
Nada parecida a la que había imaginado.
Eso me confundió todavía más.
Luego miré a Mateo.
Llevaba una camisa azul marino con las mangas remangadas.
Pantalones oscuros.
El cabello despeinado por el viento.
Y esos ojos verdes.
Los mismos ojos de las fotografías.
Solo que en persona eran peores no me acostumbraba a ellos.
Porque parecían observarlo todo.
Analizarlo todo.
Como si siempre estuviera calculando algo.
—Mateo Escalante.
—Mucho gusto de verte otra vez.
No apartó la mirada.
Ni siquiera después de que terminé de hablar.
Por suerte apareció Truey.
—¡Isa!
Giré la cabeza.
Él abrió los brazos exageradamente.
—No puedo creer que sigas apareciendo en todos lados.
—Y yo no puedo creer que sigas hablando tanto.
Truey soltó una carcajada.
—Eso es imposible.
—Lo imaginaba.
—De verdad deberías sentirte afortunada. Hay personas que pagarían por escucharme.
—Pues yo no soy una de ellas.
Armando soltó una pequeña risa.
Incluso Mateo sonrió apenas.
Truey se llevó una mano al pecho fingiendo dolor.
—Qué cruel eres.
—La verdad duele.
—Y tú cada día eres más divertida.
Mientras ellos seguían hablando, comenzamos a caminar por el terreno.
Saúl, Armando y Mateo iban delante.
Yo detrás.
O al menos lo intenté.
Porque Truey decidió acompañarme.
—¿Entonces cómo te ha tratado California?
—Bien.
—¿Solo bien?
—Sí.
—Respuesta aburrida.
—Pregunta aburrida.
—¿Siempre eres así?
—¿Y tú siempre hablas tanto?
—Sí.
—Entonces ya tenemos algo en común.
Truey volvió a reír.
—Definitivamente me caes bien.
—Eso me preocupa.
—Debería preocuparte más que te haya buscado en redes sociales.
Lo miré.
—¿Qué?
—Las tienes privadas.
—Porque me gusta mi privacidad.
—Error.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Truey.
—¿Qué?
—Cállate cinco segundos.
—No puedo.
—Lo sé.
Llegamos hasta donde los demás estaban revisando unos planos preliminares.
Saúl me llamó.
—Israel, ven.
Me acerqué.
Armando señaló el terreno.
—Tenemos aproximadamente veinte lotes unidos. Ochenta metros por doscientos de profundidad.
Miré alrededor.
Era enorme.
—La vista del lago es increíble —comenté.
—Por eso compramos esta ubicación —respondió Mateo.
Su voz me hizo levantar la vista.
Él estaba observando el horizonte.
—Queremos que la vista sea parte de la experiencia del hotel.
—Tiene sentido.
—¿Qué harías tú?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Perdón?
—Si fueras la arquitecta principal.
Todos me miraron.
Incluso Saúl.
Pensé unos segundos.
—Aprovecharía el lago.
—¿Cómo?
—Haría que el edificio pareciera formar parte del paisaje y no competir con él.
Mateo cruzó los brazos.
—Continúa.
—Usaría materiales naturales. Mucha vegetación. Espacios abiertos. Que las personas sientan que están dentro de un santuario y no dentro de un hotel.
Mateo no respondió.
Simplemente siguió observándome.
Eso era peor.
Mucho peor.
Finalmente asintió.
—Interesante.
Seguí caminando con ellos.
En cierto momento vi unas flores creciendo cerca del terreno.
Me agaché.
Entre ellas había algunos tulipanes silvestres.
Sonreí.
—Aquí podrían verse bien más jardines.
Mateo levantó una ceja.
—¿Tulipanes?
—Sí.
—No me gustan.
—¿Por qué?
—Son delicados.
—Eso no tiene nada de malo.
—Se marchitan rápido.
Tomé una de las flores entre mis dedos.
—Solo cuando no saben cuidarlas.
Armando soltó una carcajada.
—Eso fue personal.
Mateo sonrió de lado.
—Tal vez.
Me acerqué.
Le tendí el tulipán.
—Las cosas bonitas duran cuando alguien decide conservarlas.
Mateo tomó la flor.
La observó unos segundos.
Luego me miró.
Directamente a los ojos.
—Y las personas fuertes sobreviven aunque nadie las cuide.
—Eso también es cierto.
Durante unos segundos ninguno apartó la mirada.
Hasta que Saúl rompió el silencio.
—Bueno, antes de que empiecen a filosofar sobre flores...
Todos rieron.
—Tenemos un hotel que diseñar.
Y por alguna razón, mientras volvía a guardar mis notas, tuve la sensación de que aquella no sería la última conversación entre Mateo Escalante y yo.
Ni de cerca.