Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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Un lugar diferente
El trayecto en el auto fue silencioso. Lucía miraba por la ventanilla cómo el paisaje de edificios bajos y grafitis de Culver City se transformaba en las colinas verdes y las puertas de hierro forjado de Bel-Air. A su lado, su madre, Elena, apretaba su mano con suavidad, maravillada y a la vez intimidada por el despliegue de lujo.
Cuando el coche cruzó el portón principal de la mansión Ferrer, Lucía sintió un escalofrío. La propiedad era imponente: una estructura de cristal y acero que parecía desafiar la gravedad, rodeada de jardines diseñados con una precisión casi quirúrgica. No había una hoja fuera de lugar, ni un juguete tirado en el césped. Era una casa de revista, pero carecía de lo más importante: rastro de vida.
—Llegamos, señorita —anunció el chofer, abriendo la puerta.
Alejandro ya las esperaba en el vestíbulo de doble altura. El suelo era de un mármol tan blanco y pulido que Lucía tuvo miedo de caminar sobre él con sus botas desgastadas. El techo se perdía en las sombras y una lámpara de cristal colgaba como una cascada de hielo sobre ellos.
—Bienvenidas —dijo Alejandro. Su voz, aunque educada, resonaba con un eco metálico en aquel espacio tan vasto—. Dejen que el personal se encargue de sus maletas. Lucía, Emma está en el solárium. No ha querido moverse de allí desde que le dije que vendrías.
Lucía asintió, sintiendo el peso de la mirada de Alejandro. Era una mirada analítica, como si estuviera tratando de descifrar qué clase de magia poseía ella para haber cautivado a su hija.
El reencuentro
Caminaron por pasillos decorados con obras de arte moderno que a Lucía le parecieron frías y distantes. Al final del corredor, unas puertas de vidrio se abrieron hacia una estancia inundada por la luz del atardecer. Allí, sentada en un sillón de cuero demasiado grande para ella, estaba Emma. Llevaba puesto un vestido azul marino y, sobre sus hombros, la bufanda de colores, que resaltaba como una mancha de pintura rebelde en un lienzo gris.
Al oír los pasos, la niña se giró. Sus ojos, apagados durante días, se encendieron como si alguien hubiera encendido una hoguera en su interior.
—¡La chica de la bufanda! —gritó Emma.
No hubo protocolo. La pequeña saltó del sillón y corrió con todas sus fuerzas, lanzándose contra las piernas de Lucía. La joven se agachó de inmediato, recibiendo el impacto con un abrazo que envolvió a la niña por completo.
—Hola, princesa —susurró Lucía, hundiendo el rostro en el cabello de Emma—. Te dije que nos volveríamos a ver, ¿verdad?
Emma no respondía con palabras, solo sollozaba bajito mientras escondía la cara en el cuello de Lucía, aferrándose a su abrigo azul como si fuera su única ancla en el mundo.
La mirada de Alejandro
Desde el umbral, Alejandro observaba la escena sin decir una palabra. Se sentía como un intruso en su propia casa. Él le había comprado a Emma los mejores juguetes, le había dado la habitación más grande y la educación más costosa, pero nunca la había visto correr hacia él de esa manera.
Observó las manos de Lucía: eran manos trabajadoras, de uñas cortas y piel curtida por el frío, pero se movían con una delicadeza que él había olvidado que existía. Lucía no se limitaba a sostener a la niña; la acunaba, le hablaba al oído con una cadencia que parecía calmar los latidos acelerados de Emma.
—¿Ves, papá? —dijo Emma de repente, separándose un poco para mirar a Alejandro con orgullo—. Te dije que ella olía a flores.
Alejandro dio un paso hacia ellas, sintiendo una extraña opresión en el pecho.
—Lo veo, Emma. Lo veo.
—Señor Ferrer —dijo Lucía, poniéndose en pie pero sin soltar la mano de la niña—, Emma necesita cenar algo caliente. Y no me refiero a algo preparado por un chef de cinco estrellas, sino algo que sepa a casa. ¿Me permite usar la cocina?
Alejandro arqueó una ceja. Nadie entraba en su cocina profesional sin autorización.
—El personal se encarga de eso, Lucía.
—Con todo respeto, señor Ferrer —insistió ella, mirando los ojos ahora brillantes de la niña—, seguramente su personal hace muy bien su trabajo, pero hoy Emma necesita que alguien le prepare algo especial ¿Verdad, Emma?
La niña asintió con entusiasmo, por primera vez en una semana. Alejandro suspiró, sintiendo que las reglas de su mansión empezaban a desmoronarse bajo los pies de esta muchacha.
—Está bien —cedió él—. Emma te acompañará a la cocina y Lucas te mostrará dónde está todo.
Mientras las veía alejarse, Lucía caminando con Emma de la mano y contándole una historia sobre un "reino de lana", Alejandro se quedó solo en el solárium. El silencio de la casa ya no le pareció pacífico, sino vacío. Se dio cuenta de que Lucía Morales no era solo una niñera; era una fuerza de la naturaleza que acababa de traer luz a su mausoleo de mármol.
Después de que el alboroto inicial del reencuentro se calmara, Alejandro le pidió a una de las amas de llaves que acompañara a Elena a su habitación, mientras él mismo guiaba a Lucía hacia la que sería su nueva estancia.
La habitación de Lucía no se parecía a nada que ella hubiera imaginado. Estaba ubicada en el ala este, lo suficientemente cerca de la habitación de Emma para escucharla si lloraba, pero con la privacidad necesaria. Al entrar, Lucía se quedó sin aliento. Era un espacio amplio, decorado en tonos crema y arena, con una cama King size vestida con sábanas de hilo egipcio que se sentían como nubes al tacto.
—Este lugar es... demasiado —susurró Lucía, caminando hacia el gran ventanal—. Es más grande que toda mi sala.
—Es lo estándar en esta casa —respondió Alejandro, de pie junto a la puerta, observando cómo ella parecía empequeñecerse ante tanto lujo—. Tiene un baño privado y un vestidor. Además, la habitación contigua ha sido preparada para su madre. He dado órdenes de que se instale todo el equipo de monitoreo necesario para que esté cómoda mientras se organizan los traslados.
Lucía se giró hacia él, conmovida. La luz del atardecer entraba por el ventanal, iluminando su rostro y haciendo que sus ojos brillaran con una mezcla de cansancio y esperanza.
—Gracias, señor Ferrer. No sé cómo voy a pagarle todo esto.
—Lo estás pagando cada vez que mi hija sonríe —respondió él, con una brevedad que intentaba ocultar cuánto le afectaba su mirada—. Pero hablando de pagos y salud...
Alejandro sacó un sobre de cuero de su saco y se lo entregó.
—Mañana a primera hora, un coche las llevará a la Clínica Saint Jude. Es el mejor centro especializado en la ciudad. Ya he hablado con el director médico. El tratamiento de tu madre empezará de inmediato. No quiero que te preocupes por facturas, medicamentos o traslados. Tu único trabajo es Emma. Del resto, me encargo yo.
Lucía tomó el sobre, sintiendo el peso de la responsabilidad. La Clínica Saint Jude era un lugar con el que ella solo podía soñar; era el sitio donde los milagros ocurrían para quienes podían pagarlos. Al mirar a Alejandro, vio al hombre poderoso y decidido, pero también vio a un padre que estaba usando todo su imperio para comprar un poco de paz para su hija.
—Es usted un hombre muy eficiente, señor Ferrer —dijo ella con una media sonrisa.
—La eficiencia es lo que mantiene este mundo girando, Lucía.
Mientras Alejandro la dejaba para que se instalara, Lucía se tomó un momento para observar los detalles de su entorno. La mansión era una obra maestra de la arquitectura, pero cada rincón estaba cargado de una perfección casi dolorosa. Las molduras del techo eran impecables, las alfombras eran tan densas que amortiguaban cualquier sonido de vida, y el aire olía a una fragancia costosa que eliminaba cualquier rastro de humanidad.
Caminó hacia el ventanal y vio el jardín iluminado por pequeñas luces LED escondidas entre los arbustos. A lo lejos, la piscina de borde infinito parecía un espejo negro bajo el cielo estrellado de California. Todo era estático, frío y silencioso.
Sin embargo, en su cama, Lucía encontró un pequeño detalle que no encajaba con la rigidez de Alejandro: sobre la almohada, Emma había dejado un dibujo hecho con crayones. Eran dos figuras de palito tomadas de la mano: una niña pequeña y una mujer con una bufanda de colores desproporcionadamente larga.
Lucía apretó el papel contra su pecho. La casa podía ser de mármol y cristal, pero en esa habitación, gracias a ese dibujo, finalmente se sentía el calor de un hogar.
Poco después, Alejandro, que caminaba por el pasillo hacia su despacho, se detuvo frente a la puerta entreabierta de Lucía. La vio de espaldas, contemplando el dibujo de la niña. Se quedó allí unos segundos más de lo necesario, observando cómo ella se soltaba el cabello y suspiraba. Por un momento, el CEO implacable sintió el impulso de entrar y decirle que él también se sentía aliviado de que ella estuviera allí, pero se obligó a seguir caminando.
El destino ya había echado los dados, y en esa mansión silenciosa, el tic-tac del reloj marcaba el inicio de una historia que ninguno de los dos podría detener.
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