Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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1
Elena
El ruido de la calle resonaba en mi cabeza como un martillo golpeando un yunque: los autos, las voces, el movimiento frenético de la gente... todo me llegaba con una nitidez dolorosa, saturando mis sentidos.
Mi mente era un caos, incapaz de encontrar un punto de enfoque. Un pensamiento repetitivo, un zumbido tóxico, se reproducía una y otra vez en mi cabeza. Sentí cómo mis rodillas flaqueaban, traicionándome; me desplomé en medio de la carretera. Los autos esquivaban mi cuerpo con frenesí, pitando con furia, lanzándome insultos que apenas lograba registrar.
Las lágrimas brotaron sin permiso, quemando mis mejillas, mientras mi corazón se desbocaba contra mis costillas. Era una angustia visceral, desconocida. *¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?* El pánico me dejó paralizada hasta que unos brazos firmes me sujetaron con fuerza.
—¿Qué demonios crees que haces? ¡Estás en medio de la calle! —me gritó.
Su voz rompió el velo de mi crisis. Intenté enfocarme en él, pero al tratar de ponerme en pie, el mundo dio vueltas. Mi vista se nubló por completo y, vencida por el agotamiento, me desplomé, perdiendo el conocimiento en sus brazos.
### David
La casa se siente, de pronto, asfixiante. El silencio es un peso muerto en cada habitación.
Recorrí la estancia, deteniéndome ante cada fotografía. Todas son de ella con sus amigos; solo hay una de nosotros dos, tomada el día de nuestra boda. A pesar de que nuestro matrimonio fue impuesto, habíamos logrado construir una convivencia cordial, una tregua cómoda. Sin embargo, últimamente, estoy confundido.
Me descubro observándola más de lo necesario, buscando excusas para hablarle solo por el placer de escuchar su risa. La ausencia de su caos cotidiano me golpea con una soledad que no esperaba. *¿Se sentirá ella así cuando yo no estoy?*
Miré el reloj: las cinco de la tarde. Su rutina de ejercicios debió haber terminado hace tiempo. La inquietud se instaló en mi pecho, una preocupación que me tomó por sorpresa. Llevamos dos años casados, operando bajo una etiqueta de «buenos amigos», pero estos sentimientos nuevos, esta posesividad que empieza a despertar cuando imagino que podría estar con alguien más, me descolocan.
Mientras esperaba en el coche, vi a alguien cruzar la calle de forma errática. No pude distinguir quién era, así que bajé para investigar. Me congelé.
Su cuerpo estaba allí, colapsado sobre el asfalto. Tenía el cabello desordenado, ocultando parte de su rostro que ahora estaba inundado de lágrimas. Un miedo primitivo me recorrió la espalda. *Ella nunca haría algo así.* Elena siempre fue la personificación de la alegría; una mujer que se reía hasta de su propia sombra. Jamás la había visto tan vulnerable.
La alcé en mis brazos y, presa del pánico al verla tan pálida, le grité. Ella solo me lanzó una mirada vacía antes de desmayarse. La llevé al hospital con el corazón en un puño.
Todo final tiene un comienzo; empecemos por el momento exacto en el que yo me enamoré de ti.
*ATT: El futuro no siempre es buena persona.*
### Elena
Llegué al edificio con el ceño fruncido, destilando rabia. Mis padres me obligaban a casarme con un desconocido. Para colmo, su familia era el origen de todas las desgracias financieras de la nuestra; me sentía como un objeto, vendida para sellar una «paz» que no deseaba.
Subí al ascensor con los puños apretados. Dentro, un chico de mi edad me miró de arriba abajo con la misma cara de pocos amigos que yo lucía. Su curiosidad me irritó. Sabía perfectamente cómo me veía: cabello teñido de azul y rojo, maquillaje estridente, ropa negra cargada de accesorios. Era una declaración de guerra visual. *La peor impresión posible*, pensé. Mi plan para boicotear este matrimonio estaba en marcha.
Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal.
—Me veo horrible, ¿verdad? —solté, desafiante.
Él esquivó mi mirada, incómodo.
—Si es tu estilo, no.
—No, no es para nada mi estilo —respondí, dándole una sonrisa amarga—. Dime, ¿te casarías con alguien que vista así?
El chico me analizó por un segundo y me dedicó una sonrisa ladeada, casi imperceptible.
—No. Definitivamente no.
—Genial. Espero que mi prometido piense igual que tú —dije, sintiendo una chispa de alivio.
Él negó con la cabeza, manteniendo esa sonrisa burlona.
—Muy linda sonrisa —le dije, y él se cerró al instante, borrando cualquier gesto amable—. Gracias.
—Me llamo Elena. Gracias por darme la razón —dije, saliendo del ascensor antes de que me respondiera.
—Me llamo David. Fue un placer.
Nuestras miradas se cruzaron una última vez antes de que las puertas de acero se cerraran, separándonos.
Caminé hacia la sala donde mis padres me aguardaban. El restaurante era opulento, un pasillo elegante que contrastaba con mi aspecto. Al entrar, esperaba el grito de mis padres, pero me ignoraron. *¿Qué pasa? ¿No dirán nada por mi aspecto?*
—¿Ella es su hija? —preguntó una mujer.
La analicé: refinada, postura rígida, una dama de hierro. *Futura suegra.* Perfecto, tenía que lograr que me detestara.
—Buenas tardes —dije, dejándome caer en mi asiento entre mis padres.
Comencé a servirme comida con desgana, masticando ruidosamente. El mesero me miró con disgusto; incluso él sabía que este compromiso era un desastre.
—Ella es mi hija —dijo mi papá, con los dientes apretados.
—Un gusto, me llamo Elena —respondí, con la boca llena, saboreando la vergüenza de mi madre.
La señora, sin embargo, sonrió con una autenticidad desconcertante. *¿Por qué no funciona?*
De pronto, la puerta se abrió. Los suegros se pusieron en pie, indignados. Me di la vuelta y me atraganté con la comida: detrás de mí estaba el chico del ascensor, vestido con el mismo estilo rebelde que yo. Escupí la comida, provocando que mi madre se alejara de mí como si fuera contagiosa.
Me puse en pie, soltando una carcajada histérica.
—¡Oye! Te pedí una opinión, ¡no para que tú también lo hicieras! —le dije, acercándome a él.
David me miró, boquiabierto, luego a mis padres con estupefacción.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Vengo a cancelar un matrimonio —le susurré.
Él retrocedió, evitándome, y se acercó a su madre. Entendí entonces quién era: mi prometido. La pieza final del rompecabezas.
—La boda será en dos semanas. Los padres ya se conocen, así que los dejaremos solos —anunció el padre de David, retirándose con los demás.
El silencio fue absoluto.
—Así que serás mi esposo —dije. Él me lanzó una mirada cargada de desprecio.
—No sueñes. Podría darte pesadillas —dijo, chocando su hombro contra el mío con brusquedad.
La rabia me cegó. Me lancé sobre su espalda, tirándole del cabello con furia.
—¡¿Qué haces, loca?! ¡Suéltame! —gritó, intentando sacudirme.
—¡A mí no me empujas, me oyes! —le grité, golpeándolo con frustración.
Nuestros padres irrumpieron en la habitación. Mi padre me gritó, pero yo no paré; necesitaba que esto explotara. Cuando finalmente me separaron, David tenía el cabello revuelto y una rabia asesina en los ojos.
—Eres un animal, ¡¿por qué me mordiste?! —gritó, cubriéndose el cuello.
—¡Tú empezaste! —respondí con una sonrisa desafiante. Por un instante, me sorprendió lo atractivo que se veía enojado.
—No pienso casarme con una cavernícola —amenazó a sus padres.
—No es tu decisión —replicó ella.
—¡Mamá!
—¡Mamá! —lo imité con tono burlón.
David me miró como si quisiera fulminarme.
—Yo tampoco quiero casarme con un niño que necesita a su madre para defenderse —añadí, sacándole la lengua.
La señora, en la puerta, soltó una carcajada genuina. Parecía disfrutar el caos, mientras el resto de los adultos nos miraba como si quisiéramos incendiar el lugar.