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Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Cap 11: Asistente del director

El correo de Emilio llegó a las 8:30 de la mañana a la bandeja de todos los empleados del departamento creativo. Asunto: "Programa piloto de rotación interdepartamental." El cuerpo del mensaje explicaba, en un tono corporativo que no se parecía en nada a la forma en que Emilio hablaba, que Grupo Austral estaba implementando un sistema de rotación para que los empleados nuevos conocieran todas las áreas de la empresa. El primer turno: Valentina Reyes Mora, asignada durante un mes a la oficina de dirección general.

Camila leyó el correo en voz alta, se giró hacia Valentina y le agarró las manos.

—¡Amiga! ¡Vas a estar en el piso de arriba! ¡Con él! Yo quiero el turno del mes que viene, ¿a quién le escribo?

Valentina sonrió con la mitad de la cara que no estaba paralizada por la culpa. Camila había venido a Grupo Austral en parte porque Santiago le parecía el hombre más guapo de la Ciudad de México, y ahora era Valentina —que ni siquiera sabía quién era él antes de electrocutarlo en un elevador— la que iba a trabajar a tres metros de su puerta.

—Es solo un mes —dijo Valentina—. Y seguro es aburridísimo. Archivar papeles, llevar café...

—Llevarle café a Santiago Montero Castellanos es una experiencia que debería estar en TripAdvisor. —Camila suspiró—. Suerte, Val. Cuéntame todo.

Diego, en su escritorio, no levantó la vista del monitor. Pero sus dedos se detuvieron sobre el teclado durante exactamente dos segundos antes de seguir escribiendo. Valentina lo notó. Diego notó que lo notaba. Ninguno de los dos dijo nada.

Andrea pasó por el área camino a su oficina. Se detuvo un instante frente al escritorio de Valentina.

—Que le vaya bien —dijo, con una sonrisa que no movía los ojos.

Desapareció por el pasillo. Valentina se quedó mirando el espacio donde había estado, sintiendo algo entre la admiración y el instinto de supervivencia.

---

La oficina de Santiago a las 9:00 de la mañana de un viernes era un lugar donde el silencio tenía peso físico. Valentina dejó su bolsa en el escritorio del asistente —un mueble de cristal pulido que estaba vacío salvo por un teléfono fijo, una computadora nueva y un post-it que decía "Contraseña: te la dará Emilio"— y tocó la puerta entreabierta.

—Pasa.

La oficina olía a cuero y a nada. Literalmente a nada —ningún perfume, ningún aromatizante, ningún rastro de comida o café viejo. Era un espacio diseñado para no producir estímulos, como una cámara anecoica pero para la nariz. Las paredes blancas no tenían cuadros. El escritorio no tenía fotos. El sofá italiano no tenía cojines. El único objeto personal visible era el reloj Junghans en la pared, cuyo tic-tac llenaba el vacío como un metrónomo esperando una melodía que nunca llegaba.

Santiago estaba de pie junto al ventanal, revisando documentos. Era la primera vez que Valentina lo veía en ropa que no fuera abrigo negro de invierno: camisa negra, dos botones abiertos en el cuello, las mangas enrolladas hasta la mitad del antebrazo. Los antebrazos tenían venas marcadas y un bronceado uniforme que sugería ejercicio regular, no playa.

"Es... objetivamente atractivo. Como dato empírico. Como observación neutral de una profesional de comunicación que sabe apreciar la estética sin que eso signifique nada."

Su smartband vibró. 96 lpm. Valentina apretó la muñeca contra su pierna como si pudiera silenciarla por presión.

Santiago levantó la vista de los papeles. La miró. La comisura de su boca se movió un milímetro —no hacia arriba, no hacia abajo, sino hacia algún lugar intermedio que Valentina no supo interpretar.

—Tu corazón está a punto de salírsete por la boca —dijo—. Contrólate.

La sangre le subió a Valentina desde el cuello hasta las orejas con la velocidad de un termómetro en agua hirviendo.

—¡No estaba pensando en nada! —Demasiado rápido. Demasiado agudo. La smartband vibró más fuerte.

Santiago volvió a los documentos sin comentar. Pasó una hoja. Al hacerlo, su mano izquierda giró y la manga enrollada dejó al descubierto la parte interior de su muñeca.

Valentina lo vio.

Una cicatriz. Vertical. Cinco o seis centímetros de longitud, justo sobre el trazado de las venas, con el tejido ligeramente elevado y más claro que la piel circundante. No era reciente —los bordes estaban suavizados por años de curación—, pero su posición, su dirección, su precisión, contaban una historia que Valentina entendió antes de que su cerebro terminara de procesarla.

Santiago bajó la mirada. Vio los ojos de Valentina fijos en su muñeca. Con un movimiento fluido, tiró de la manga hacia abajo y la abotonó en el puño.

No dijo nada. Valentina no dijo nada. El Junghans siguió haciendo tic-tac.

El silencio duró cuatro segundos que contuvieron más información que cualquier conversación que hubieran tenido. Luego Santiago dejó los papeles sobre el escritorio y se sentó.

—Tu trabajo aquí es simple —dijo, como si los últimos treinta segundos no hubieran ocurrido—. No tienes que hacer nada. Tu sueldo no cambia. Quédate cerca y mantente tranquila. De vez en cuando, Emilio te dará tareas menores.

Valentina asintió. Su cerebro seguía atrapado en la imagen de esa cicatriz —blanca, limpia, vertical— como una fotografía que no podía dejar de mirar aunque hubiera cerrado los ojos.

"Él se..."

No. No iba a terminar esa frase. No le correspondía. No sabía la historia. No tenía derecho a suponer nada.

Tragó saliva.

—Entendido, señor Montero.

Se sentó en la silla del asistente. La computadora estaba encendida, la pantalla mostrando el logo de Grupo Austral sobre un fondo azul corporativo. La contraseña que Emilio le mandó por WhatsApp era "AustralTemp2026!" —genérica, temporal, como ella misma en ese escritorio. Valentina abrió el correo corporativo. Cero mensajes. Abrió el calendario compartido. Vacío. Abrió el sistema de tareas. Nada asignado.

"Me están pagando por sentarme en una silla bonita al lado de un hombre que siente todo lo que yo siento. Este es literalmente el trabajo más raro del planeta."

Una parte de ella —la parte que cada mes contaba los pesos para llegar a la quincena, la que comía medio bolillo con leche cuando el refrigerador estaba vacío, la que sabía exactamente cuánto cuesta cada estación de metro entre Ecatepec y Reforma— esa parte sentía un alivio salvaje que no podía contener. El sueldo no cambió, pero el trabajo sí: de la presión de producir campañas creativas bajo la mirada de Andrea a... esto. Nada. Silencio. Café gratis.

La felicidad secreta le llenó el pecho como agua tibia.

Santiago abrió su laptop. El brillo de la pantalla le iluminó la mandíbula. Sin levantar la vista, añadió:

—Esta tarde vas a conocer a todos los directivos de Grupo Austral.

La smartband enloqueció.

—¿A los... a todos?

—Es una junta de rutina. Quiero que conozcas a las personas con las que voy a interactuar durante el mes que estés aquí. No tienes que hablar. Solo siéntate y respira.

"Solo siéntate y respira. Como si fuera fácil. Como si sentarse y respirar en una sala llena de ejecutivos que ganan en un mes lo que yo gano en un año fuera algo que se hace sin que el cuerpo te recuerde que no perteneces ahí."

Valentina miró por el ventanal. La Ciudad de México se extendía hasta donde alcanzaba la vista: edificios, tráfico, smog, y en algún lugar allá abajo, Ecatepec, donde su departamento con gotera esperaba su regreso como el único lugar del mundo donde nadie le pedía que respirara con normalidad.

—Estaré lista —dijo, y solo mintió un poco.

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Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
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