En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 4— Cuando la luna vuelva a recordarla
Mi padre permaneció unos segundos en silencio, como si intentara decidir si debía marcharse o quedarse un poco más. Finalmente dejó la lámpara sobre la mesa junto a mi cama y se acomodó en el sillón que había junto a la ventana. Aquello me sorprendió. Normalmente, cuando terminaba de asegurarse de que yo estaba bien, volvía inmediatamente a su despacho. Siempre tenía documentos que revisar, reuniones con caballeros o asuntos del ducado que atender. Era un hombre ocupado. Sin embargo, aquella noche parecía no tener prisa por irse.
—¿Ya no tienes trabajo? —pregunté con curiosidad.
Él levantó la vista del fuego de la chimenea y sonrió.
—Siempre hay trabajo.
—Entonces... ¿por qué estás aquí?
—Porque a veces mi hija necesita más a su padre que el ducado a su duque.
No respondí enseguida, no porque no quisiera. Sino porque aquella respuesta hizo que una sensación cálida recorriera mi pecho.
Había escuchado a muchas personas decir que mi padre era un hombre severo. Los comerciantes le tenían un enorme respeto. Los soldados enderezaban la espalda apenas lo veían pasar. Incluso algunos nobles parecían ponerse nerviosos cuando él hablaba durante las reuniones.
Yo nunca conseguía imaginarlo de esa forma, para mí era simplemente mi padre.
El hombre que me enseñó a montar a caballo sujetando las riendas junto a las mías porque yo tenía miedo de caer.
El mismo que una vez pasó toda una tarde ayudándome a construir una casita para un erizo que encontré herido en los jardines, aunque el pequeño animal decidiera marcharse esa misma noche.
Y también el hombre que fingía no darse cuenta cuando yo robaba galletas de la cocina antes de la cena.
—¿En qué piensas? —preguntó al verme tan callada.
Sonreí.
—En que eres menos aterrador de lo que todos dicen.
Margaret dejó escapar una risa que intentó disimular tosiendo.
Mi padre arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
Asentí con energía.
—El jardinero Thomas dice que cuando te enojas hasta las rosas dejan de florecer.
—Thomas exagera.
—El cocinero también dice que una vez miraste tan serio a un comerciante que el pobre olvidó cuánto dinero iba a pedir.
Mi padre lanzó una mirada divertida hacia Margaret.
—¿Y quién le cuenta todas esas historias?
Margaret levantó ambas manos.
—Yo no he sido.
—Fue la señora Beatrice, la cocinera —respondí rápidamente.
—Esa mujer habla demasiado.
—Pero cocina muy rico.
—En eso tienes razón.
Volvimos a reír.
La tensión de la pesadilla parecía haberse desvanecido por completo.
Mi padre se levantó del sillón y caminó lentamente hasta la enorme estantería donde guardaba todos mis libros. Pasó los dedos por algunos lomos hasta sacar uno bastante viejo, con la cubierta azul desgastada y dibujos plateados casi borrados por el tiempo.
Lo reconocí enseguida, era mi cuento favorito.
—¿Otra vez ese? —pregunté ilusionada.
—¿No te cansas de escucharlo?
Negué con tanta fuerza que algunos mechones de cabello cayeron sobre mi rostro.
—Nunca.
Él tomó asiento junto a mi cama mientras abría el libro con muchísimo cuidado.
—Entonces será la última historia de la noche.
Margaret apagó algunas velas, dejando únicamente la luz de la chimenea y la lámpara.
Mi padre comenzó a leer.
—"Hace mucho, mucho tiempo, cuando la magia todavía caminaba libre entre los hombres, existía un árbol tan antiguo que sus raíces abrazaban el corazón del mundo..."
Cerré los ojos unos segundos para imaginar aquella escena.
Conocía el cuento casi de memoria,sin embargo, jamás me aburría.
"...Dicen que, una vez cada mil años, el árbol florecía bajo la luna más brillante del invierno. Quien contemplara aquellas flores recibiría un regalo. Algunos obtenían fortuna. Otros, sabiduría. Y unos pocos recibían algo mucho más valioso..."
Abrí un ojo.
—¿Qué recibían?
Mi padre sonrió.
Sabía perfectamente que siempre interrumpía en la misma parte.
—Paciencia.
Hice una mueca.
—Qué regalo tan aburrido.
Él soltó una carcajada.
—Lo dices porque todavía tienes seis años.
—Si yo pudiera elegir...
—¿Sí?
—Pediría un dragón.
Margaret negó con la cabeza.
—Lady Seraphine...
—¿Qué?
—Los dragones no pueden vivir dentro de un castillo.
—Entonces haría uno más pequeño.
—¿Del tamaño de un gato?
—¡Sí!
Mi padre cerró el libro mientras nos observaba a las dos discutir sobre si un dragón diminuto seguiría siendo un dragón o simplemente un lagarto con alas.
Era una discusión completamente absurda y precisamente por eso terminamos riendo durante varios minutos.
Cuando el silencio volvió a instalarse en la habitación, mi padre me cubrió mejor con la manta.
—Ahora sí.
—¿Qué?
—A dormir.
Resoplé exageradamente.
—Los adultos siempre arruinan la parte divertida.
—Es nuestro trabajo.
Margaret soltó otra risita.
Mi padre apagó la última lámpara.
La habitación quedó iluminada únicamente por el tenue resplandor de la luna que entraba por la ventana.
Permanecí observando el techo, sabía que él seguía allí, podía escuchar sus pasos dirigiéndose hacia la puerta.
Entonces recordé algo.
—¿Padre?
Se detuvo.
—¿Sí, pequeña?
Dudé unos segundos.
—¿Alguna vez has sentido que extrañas a alguien... aunque nunca lo hayas conocido?
El silencio que siguió fue tan largo que pensé que no había escuchado mi pregunta, finalmente respondió.
Pero no se giró para mirarme.
—Sí.
Aquella única palabra hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.
—¿Y qué hiciste?
Su mano permaneció apoyada sobre el picaporte.
—Esperar.
—¿Esperar qué?
Su respuesta llegó en un susurro.
—A que el destino decidiera volver a cruzar nuestros caminos.
La puerta se cerró con suavidad.
Yo permanecí despierta mucho tiempo después de que Margaret también abandonara la habitación, no podía dejar de pensar en sus palabras. Porque, por primera vez... Tuve la extraña sensación de que mi padre no estaba hablando de sí mismo.
Sino de mí.
Y sin que nadie pudiera verlo, la luna volvió a asomarse entre las nubes, bañando mi habitación con una luz plateada que parecía detenerse exactamente sobre el viejo libro de cuentos que mi padre había olvidado sobre la cama.
El libro se abrió solo, muy despacio, como si una mano invisible pasara sus páginas.
Hasta detenerse en una ilustración que yo nunca había visto.
Una joven de largo cabello plateado sostenía una espada frente a una luna inmensa y debajo del dibujo había una frase escrita con una tinta tan desgastada que apenas podía leerse.
"Ella regresará cuando la luna vuelva a recordarla."
Contuve la respiración.
Yo estaba completamente segura... De que esa página no existía la última vez que leí aquel cuento.