Abuso de poder, robo de un hijo, venganza de un vengativo hermano.
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El que Obra mal, termina mal
El nombre cayó como una sentencia de muerte. Carmen cayó sentada en una silla, sin aire, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo, el remordimiento y la culpa que había guardado por dieciocho años salieron de golpe. Entendió entonces quién era Daniela. Entendió por qué esos ojos le resultaban tan aterradoramente familiares. Entendió que no habían venido por negocios, ni por amor... habían venido a cobrar la vida.
Carmen corrió a buscar a Mauricio, llorando, histérica:
—¡Son ellos! ¡Son los Colonna! ¡Dylan es hermano de ella! ¡Esa chica... esa chica es hija de Catalina! ¡Nos van a matar, Mauricio! ¡Nos van a destruir como nosotros destruimos a esa pobre niña!
Pero ya era demasiado tarde.
Mientras tanto, Paulo, totalmente enamorado y manipulado, convencido por Daniela de que su padre le tenía miedo y le ocultaba cosas, decidió dar el golpe final. Reunió a todos los socios, a la prensa y a la familia, y anunció que él tomaba el mando absoluto de todo el imperio Smith, expulsando a su propio padre de la dirección, siguiendo al pie de la letra lo que Daniela le había sugerido.
Mauricio, viejo, cansado, arruinado por los negocios perdidos, desprestigiado y ahora traicionado por el hijo por el que había cometido todos sus crímenes, cayó de rodillas. Todo lo que construyó con mentiras, robos y sangre, se le desmoronaba en las manos en apenas unos meses.
Y Daniela, desde un balcón alto, mirando el caos que había provocado, vio cómo Paulo, el hermano que no sabía que era su hermano, celebraba estúpidamente su "victoria", sin saber que ahora estaba al frente de una empresa en quiebra, rodeado de enemigos y sin ninguna habilidad para defenderse.
Dylan se acercó a su hija, poniéndole una mano en el hombro, orgulloso.
—Lo has hecho perfecto, hija. Ya no les queda nada. Dinero perdido, reputación perdida, familia destruida, el heredero convertido en un títere inútil... y ellos saben ahora quiénes somos y por qué hemos venido.
Daniela no quitó la vista de Mauricio, que caminaba cabizbajo y derrotado por el jardín, pareciendo veinte años más viejo, con Carmen llorando y agarrada de su brazo, destrozada por la culpa.
—Aún no hemos terminado, papá —dijo ella con voz firme, brillando con la misma fuerza de su madre, pero con la inteligencia de su padre—. Les quitamos el poder, les quitamos el dinero... pero nos debían la vida de Catalina. Y eso... eso solo se paga con la verdad absoluta y la ruina total. Mañana, todo el mundo sabrá lo que hicieron. Mañana, el apellido Smith será sinónimo de maldad, de robo y de crimen. Y Paulo... Paulo sabrá quién soy. Sabrá que yo soy lo único bueno que salió de todo esto. Y sabrá que yo soy la que decidió su destino.
La venganza estaba casi completa. Solo faltaba el momento final, el enfrentamiento cara a cara con Mauricio, donde todo saldría a la luz.
Justo cuando Mauricio y Carmen estaban en el suelo, viendo cómo su mundo se desmoronaba, cuando Paulo acababa de traicionar a su propio padre creyendo que ganaba poder, llegaron los refuerzos que cerraban la trampa para siempre.
Llegaron dos coches deportivos de edición exclusiva, veloces y ruidosos, que se detuvieron frente a la mansión Smith llamando la atención de todos. De ellos bajaron dos personas que no eran desconocidas para Daniela, pero que para los Smith eran la llegada del infierno mismo.
El primero en bajar fue Alexis Ferrari Miller. Era el heredero del imperio Miller, una fortuna aún más grande que la de los Colonna, un joven apuesto, elegante, inteligente y peligroso. Él y Daniela habían crecido juntos, criados casi como hermanos en los años que vivieron fuera del país. Eran prometidos desde adolescentes, una unión pactada por sus familias, pero sobre todo un amor nacido de la confianza absoluta. Se sabían todo el uno al otro. Alexis conocía la historia de Catalina, conocía el dolor, conocía la venganza que planeaban. Él no solo amaba a Daniela, él admiraba su fuerza y su inteligencia, y estaba allí para asegurar que nada saliera mal.
Al verla, Alexis sonrió, esa sonrisa tranquila que solo él tenía, y caminó hacia ella ignorando por completo a todos los demás. La tomó de la mano y le besó el dorso de los dedos con ternura.
—Hola, mi Esmeralda. Sabía que no necesitabas ayuda, pero no me iba a perder el momento en que se cae el último ladrillo de esta fachada falsa. Lo estás haciendo perfecto, como siempre.
Daniela le devolvió la sonrisa, una sonrisa que solo él podía sacarle, y le respondió bajito:
—Llegas justo a tiempo, Alexis. Ya casi hemos terminado.
Pero detrás de él, bajando del otro coche con un salto ágil y gritando de emoción, llegó Nicol Miller, su hermana menor. Y vaya que era todo un personaje.