En un pequeño taller lleno de historia y sencillez vive Liam: un joven trabajador, responsable y honrado, que cuida de su madre enferma y lleva una vida alejada de los reflectores. Todo cambia cuando llega Demián: un hombre imponente, dueño de una gran corporación, poderoso, dominante y acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Demián encarga que solo Liam repare su valioso coche antiguo y empieza a visitar el taller cada día. Se unen dos mundos opuestos: la humildad de Liam frente al control y la influencia de Demián. Nace una relación llena de tensión y sentimientos, donde el poder y la entrega se entrelazan en una historia que cambiará sus vidas para siempre.
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El motor que vuelve a la vida
Pasaron varios días desde aquella visita en la que Valentino di Luca había dejado el aire cargado de palabras y dobles sentidos. El taller había recuperado su rutina, pero para Liam nada era igual; cada vez que levantaba la vista, veía a Demián, y la presencia de aquel hombre lo llenaba todo, imponiéndose por sí sola, sin necesidad de que hiciera nada en especial. Demián estaba allí porque quería estarlo, porque se le había antojado, y esa era la única razón que importaba para él.
Lo único que había logrado sacar un mínimo de satisfacción, aunque fuera momentánea, a Demián, era el trabajo que Liam había estado realizando con dedicación absoluta: el coche, aquel vehículo que llevaba semanas parado, ya estaba terminado.
Liam pasó el trapo por última vez sobre la carrocería oscura, dejándola impecable. Se apartó un paso y se giró hacia donde estaba Demián. Él no estaba simplemente esperando; estaba recostado contra una estantería, con los brazos cruzados, mirándolo todo con esa expresión suya, inescrutable y altiva, como si todo lo que veía fuera puesto allí únicamente para su entretenimiento o utilidad. No había amabilidad en su mirada, solo evaluación y dominio.
—Ya está listo —anunció Liam, con voz contenida, sintiéndose siempre pequeño bajo esos ojos oscuros que parecían ver hasta lo que él no decía.
Demián no contestó con palabras dulces ni felicitaciones efusivas. Simplemente, se separó de la pared y caminó hacia él con pasos lentos y pesados, imponiendo su ritmo y su espacio. Al llegar al coche, pasó una mano grande y fuerte sobre la chapa, comprobando la suavidad y el acabado, pero lo hizo con la actitud de quien revisa algo que ha pagado o que le pertenece por derecho propio. Luego se giró hacia Liam y lo miró de arriba abajo, sin una sola sonrisa.
—Por fin —dijo Demián, y su voz fue grave, seca, sin rastro de calidez—. Ya era hora. He perdido demasiados días sin moverme como se debe. Pero… —lo señaló con un dedo, una señal de posesión clara y fría— hiciste bien tu trabajo. Se nota. Eres útil, eso te lo reconozco. Me gusta que las cosas que me pertenecen estén en perfecto estado, y tú te has encargado de ello. Bien.
No hubo abrazo, ni gesto afectuoso, ni nada que pudiera confundirse con ternura. Era el jefe hablando, el dueño valorando a quien le sirve bien, marcando que Liam estaba ahí para cumplir sus deseos y necesidades, y que al hacerlo, cumplía con su propósito.
—Gracias… —murmuró Liam, bajando la vista, acostumbrado ya a esa forma de tratarlo: respetuosa sí, pero siempre desde una posición de superioridad absoluta.
Demián abrió la puerta del conductor, pero antes de subir, se giró de nuevo hacia él, ordenando, no invitando.
—Sube. Vas conmigo. Ahora mismo. Quiero probarlo y no voy a ir solo. Tú vienes conmigo porque yo lo digo.
No había opción, ni elección, ni "¿te apetece?". Era una orden directa. Liam asintió y dio la vuelta para subir al asiento del copiloto. En cuanto ambos estuvieron dentro, el espacio se sintió más pequeño, lleno de la presencia magnética y autoritaria de Demián. Este arrancó el motor, y el sonido potente hizo que una sombra de satisfacción cruzara su rostro, pero nada más.
—Conduce bien —murmuró Demián para sí mismo, ajustando el volante como si estuviera sujetando las riendas del mundo—. Y tú, no hagas preguntas innecesarias, solo quédate ahí.
Salieron del taller y dejaron atrás las calles polvorientas y los almacenes. A medida que se adentraban en la ciudad, el entorno cambiaba: calles amplias, árboles podados a la perfección, edificios modernos y lujosos. Este era el mundo de Demián, el lugar donde él reinaba, y se notaba en cada movimiento que hacía al volante. Conducía rápido, seguro, ocupando su carril sin ceder terreno, mirando a los demás conductores con la indiferencia de quien sabe que está muy por encima de ellos.
Liam miraba por la ventanilla, sintiendo el peso de la diferencia entre ambos. Demián no le hablaba, no le contaba nada, simplemente estaba ahí, y Liam era llevado a donde él decidiera. Demián redujo la velocidad al llegar a una gran avenida y detuvo el coche junto a una plaza ajardinada, apagando el motor bruscamente.
—Aquí nos quedamos un momento —dijo, más por informar que por pedir opinión.
Pero apenas habían detenido el vehículo cuando la ventanilla del lado de Demián bajó de golpe desde fuera. Allí estaba Valentino di Luca, sonriente y elegante, asomando la cabeza.
—¡Vaya, qué magnífica imagen! —exclamó Valentino, pero su sonrisa se borró un poco al instante al encontrarse con la mirada que le dedicó Demián.
Demián no se alegró, ni sonrió, ni se mostró amable. Al contrario, al ver a Valentino, su cuerpo se tensó aún más, se irguió en el asiento y clavó sus ojos negros en su amigo, con una expresión dura y cortante. Su postura cambió al instante: ocupó más espacio, cerró el paso visualmente, dejando claro que aquel era SU coche y que él mandaba dentro de él.
—Valentino —lo saludó Demián, frío y directo, sin ningún entusiasmo—. ¿Qué haces aquí? Interrumpes.
—Solo pasaba por aquí y vi el coche —respondió Valentino, encogiéndose de hombros, acostumbrado al carácter de su amigo—. Y reconozco que es una maravilla. —Miró hacia Liam y asintió con educación fingida—. Buen trabajo, chico. Pero… —volvió a mirar a Demián, bajando la voz con falsa preocupación— Demián, mírate. Llevas semanas encerrado aquí, fuera de todo. Entiendo que te entretiene esto, que te gusta tener a gente trabajando para ti y satisfaciendo tus caprichos, pero un hombre como tú no puede vivir solo entre madera y polvo. Te estás alejando de lo que realmente importa, de tu vida, de tu nivel. Estás perdiendo el tiempo con cosas que… bueno, que no están a tu altura, ni por asomo.
Las palabras de Valentino eran veneno puro, sugiriendo que todo lo que Demián había hecho, y por extensión todo lo que Demián había elegido tener a su lado, era basura comparado con su grandeza.
Y ahí fue donde Demián estalló, pero a su manera: fría, contundente y aterradora.
Se giró completamente hacia Valentino, sus facciones se endurecieron hasta parecer de piedra, y su voz bajó de tono, volviéndose cortante y autoritaria, dejando claro que no admitía ni una sola palabra más en esa dirección.
—Cierra la boca, Valentino —ordenó Demián, tajante y arrogante, señalándolo con el dedo índice—. Escúchame bien, porque no voy a repetírtelo. Yo no pierdo el tiempo. Yo decido en qué lo invierto, y lo que yo elijo, automáticamente vale la pena y está a mi altura. ¿Me entiendes?
Hizo una pausa, llenando el aire con su ira contenida y su orgullo herido. Miró a Valentino con desprecio absoluto.
—Tú no vienes aquí a decirme qué es bueno para mí y qué no. Yo tengo el criterio, yo tengo el poder y yo tengo la autoridad para decidir qué entra en mi vida y qué se queda fuera. Y este chico, y todo lo que tiene que ver con él, está aquí porque YO LO HE QUERIDO. Y si yo digo que es importante, que es bueno y que me sirve, entonces lo es. Porque nada de lo que es mío puede ser mediocre o inferior. Yo no acepto nada que no valga la pena.
Miró de reojo a Liam por un segundo, ni cariñoso ni amable, sino reafirmando su propiedad sobre él, dejando claro que Liam era una extensión de su propio criterio.
—Así que te prohíbo —continuó Demián, implacable— insinuar siquiera que lo que yo hago o con quién estoy es un error o algo menor. Lo que está a mi lado es intocable y es perfecto, porque yo lo he elegido. Y tú, como mi amigo, deberías saber que cuando yo reclamo algo, es porque vale más de lo que tú crees.
Valentino se quedó callado, tragando saliva, comprendiendo que había tocado el punto exacto, pero también sabiendo que eso era lo que buscaba: ver hasta dónde llegaba la posesividad de Demián.
—Tienes razón, Demián, perdóname —dijo Valentino, alzando las manos—. Conozco tu carácter, sé que nadie discute tus decisiones. Solo me preocupaba por tu ritmo.
—Mi ritmo lo marco yo —cortó Demián, seco—. Y ahora, ya que el coche funciona a la perfección y parece que tienes tanto interés en que vuelva al mundo… vamos a la oficina. Ahora mismo.
Arrancó el motor de nuevo con brusquedad. Miró a Liam, una mirada que era una orden.
—Tú vienes conmigo. Vas a ver dónde me muevo realmente, y vas a ver cómo todo funciona gracias a mí. Y te aseguro que allí te comportarás como yo espero, porque representas mi elección, y no voy a permitir que nadie piense que tengo mal gusto. ¿Entendido?
—Sí, Demián —respondió Liam, con el corazón latiéndole desbocado, sintiendo el peso de pertenecer a alguien tan poderoso y tan duro.
—Entonces, sube, Valentino. Guíame. Pero recuerda: tú me acompañas, yo no te sigo.
Valentino rodeó el coche y subió, ocultando su sonrisa triunfal. Demián puso el coche en marcha, agresivo y seguro, y Liam supo que, aunque no eran pareja, era propiedad suya, y eso era una cadena mucho más fuerte que cualquier anillo o promesa. Demián lo llevaba a su mundo, no para compartir, sino para mostrarle quién era él y recordarle a todos que lo que era suyo, se hacía respetar por encima de todo.