Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 10
Caminé de regreso.
La comida en una mano.
La guitarra en la otra.
El peso no era mucho.
Pero algo dentro de mí…
sí lo era.
No era el camino.
No era el clima.
Ni siquiera el silencio tranquilo del parque.
Era ella.
Cris.
Exhalé lento, dejando que el aire saliera como si pudiera acomodar todo lo que llevaba en la cabeza.
No iba a decirlo todo.
Todavía no.
Pero sí iba a mostrar algo.
Algo que no pudiera esconderse detrás de una broma.
Ni disfrazarse con respuestas fáciles.
Algo real.
Algo que… se sintiera.
La vi antes de que ella me viera a mí.
Sentada sobre la sábana, con las rodillas ligeramente recogidas.
Mirando alrededor…
Pero sin ver realmente.
Como si estuviera esperando.
Como si supiera que iba a llegar.
Sonreí.
Sin darme cuenta.
Ahí estaba.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no tuve dudas.
Estaba esperando por mí.
No podía quedarme quieta.
Lo intenté.
De verdad.
Miré el parque.
La gente.
El cielo.
Cualquier cosa que no fuera él.
No funcionó.
Tenía hambre.
Sí.
Pero no solo de comida.
Había algo más.
Una inquietud ligera… constante.
Como un cosquilleo incómodo que no desaparece.
Como cuando sabes que algo va a pasar…
pero todavía no sabes qué.
Me incliné hacia adelante.
Pensando en levantarme.
Buscarlo.
Romper la espera antes de que se volviera demasiado.
Y entonces—
Lo vi.
Caminando hacia mí.
Tranquilo.
Como si nada.
Como si no tuviera idea de lo que estaba provocando.
Y fue ahí cuando lo noté.
La guitarra.
Mi corazón reaccionó antes que yo.
Un golpe seco.
Luego otro.
Bajé la mirada un segundo.
Solo para asegurarme.
Sí.
Era real.
Volví a verlo.
—¿Trajiste… una guitarra?
No pude ocultarlo.
Ni siquiera lo intenté.
Se sentó frente a mí.
Cerca.
Pero no demasiado.
Como si midiera la distancia.
Dejó la comida entre los dos, marcando un punto medio… un equilibrio frágil.
—Primero comemos —dijo, con una sonrisa leve.
Pausa.
Pequeña.
Pero intencional.
—Luego… vemos.
Ese “vemos”…
no era casual.
No sonaba improvisado.
Sonaba a algo que ya había decidido desde antes de llegar.
Y eso—
eso me puso nerviosa.
No por lo que iba a hacer.
Sino por lo que podía significar.
El sonido del papel rompe el silencio…
pero no lo disuelve.
Nos acomodamos frente a frente,
con la comida entre los dos,
como si marcara una línea invisible que ninguno cruza…
todavía.
—¿Hamburguesa o tacos? —pregunta él.
Como si fuera una decisión importante.
—Tacos —respondo.
Sin pensarlo.
Asiente, leve.
Como si ya lo hubiera sabido.
Intercambiamos cosas.
Servilletas.
Bebidas.
Y en medio de eso…
dedos que se rozan apenas.
Accidentales.
Pero no del todo.
Y cada vez…
mi cuerpo reacciona igual.
Más rápido.
Más consciente.
Empiezo a comer despacio.
No porque esté tranquila…
sino porque no quiero que esto se acabe.
Él hace lo mismo.
Pero lo noto.
No está realmente concentrado en la comida.
Está atento.
A mí.
Levanto la mirada.
Y lo encuentro mirándome.
No se esconde.
No aparta los ojos de inmediato.
Sostiene.
Y eso…
cambia algo.
—¿Qué? —pregunto.
Mitad curiosa.
Mitad a la defensiva.
Sonríe apenas.
—Nada.
Pausa.
—Solo… te ves diferente.
Mi ceja se alza.
—¿Diferente cómo?
No responde enseguida.
Me observa, con cuidado.
Como si eligiera cada palabra…
o como si no quisiera decirla completa.
—Más… tú —dice al final.
El comentario se queda.
No es un halago típico.
No es superficial.
Es directo.
Y se siente.
Bajo la mirada.
No para evitarlo…
sino porque lo hizo demasiado real.
—Creo que es tu culpa —murmuro.
Sale sin pensar.
Silencio.
—¿Mía? —pregunta, ahora sí curioso.
Asiento apenas.
—Sí… —digo— desde que llegaste…
Me detengo.
No termino.
No sé si quiero hacerlo.
Él tampoco presiona.
Y eso…
lo complica todo.
Porque me deja espacio.
Y en ese espacio…
todo crece.
Tomo un sorbo de bebida.
Necesito hacer algo.
Romper el momento.
Bajar la intensidad… aunque sea un poco.
Pero entonces—
La veo.
La guitarra.
A un lado.
Quieta.
Esperando.
Y todo regresa.
La curiosidad.
La inquietud.
Esa sensación persistente de que esto…
no es casual.
Levanto la mirada.
—Tay…
Él responde de inmediato.
—¿Sí?
—¿Sabes tocar?
Sonríe.
No es presunción.
Es algo más contenido. Más suyo.
—Desde los doce.
Mi corazón se acelera.
No por la respuesta.
Por lo que viene después.
—¿Me cantarías?
Ahí está.
La pregunta queda suspendida en el aire.
No es ligera.
No es casual.
Es importante.
Él no responde de inmediato.
Y ese segundo…
se alarga más de lo normal.
Como si estuviera decidiendo algo.
Como si supiera que esto cambia el tono de todo.
—Claro —dice al final.
Pero no suena simple.
—¿Qué quieres escuchar?
Lo miro.
Un segundo.
Dos.
Podría elegir cualquier canción.
Hacerlo fácil.
Pero no.
—Una que te guste mucho.
Silencio.
Él asiente, despacio.
Como si eso fuera exactamente lo que esperaba.
Toma la guitarra.
Sin prisa.
Como si no quisiera romper lo que ya está pasando.
La acomoda sobre sus piernas.
Ajusta apenas la postura.
Sus dedos rozan las cuerdas…
y el sonido—
es limpio.
Seguro.
Familiar.
Pero no empieza.
Levanta la mirada.
Y me encuentra.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Y en ese instante…
lo entiendo.
Esto no es solo una canción.
Baja la mirada.
Respira.
Y entonces—
empieza.
Su voz no es fuerte.
No intenta llenar el espacio.
Se queda cerca.
Cálida.
Grave.
Real.
Como si no estuviera cantando para nadie más.
Como si fuera… solo para mí.
Las primeras palabras fluyen suaves,
pero no ligeras.
Se sienten.
No exagera.
No actúa.
Solo… dice.
Y eso—
eso pesa más.
Levanto la mirada sin darme cuenta.
Y ahí está.
No me mira todo el tiempo,
pero cada vez que lo hace…
no se esconde.
Sostiene.
Y en esos pequeños momentos…
todo cambia.
Porque no es la letra.
No es la música.
Es la intención.
Hay algo en cómo canta ciertas partes…
en cómo baja la voz,
en cómo sostiene algunas palabras más de lo normal.
Como si le costara soltarlas.
Como si ahí…
hubiera algo suyo.
Algo real.
Y poco a poco…
empiezo a entender.
No porque lo diga.
Porque se siente.
Mi pecho se aprieta.
No de tristeza.
No exactamente.
Es algo más profundo.
Más directo.
Como si cada palabra encontrara un lugar preciso dentro de mí.
Recuerdo cosas.
Sin querer.
Momentos.
Miradas.
Lo que fui.
Lo que perdí.
Y luego…
vuelvo aquí.
A él.
Y la diferencia—
es imposible de ignorar.
Nada se había sentido así.
Nada había sido tan claro…
sin decirlo.
Trago saliva.
Pero no ayuda.
Porque ahora lo sé.
Esa canción…
no es casualidad.
Es una forma de hablar sin exponerse del todo.
Una forma de decir:
esto es lo que siento
sin tener que decirlo.
Mis ojos se llenan.
No quiero.
Pero pasa.
Una lágrima cae.
Silenciosa.
No me limpio.
No quiero romperlo.
Porque por primera vez…
no estoy escuchando música.
Estoy escuchándolo a él.
De verdad.
Cuando la canción termina…
no hay aplausos.
No hay palabras inmediatas.
Solo silencio.
Pero no vacío.
Denso.
Lleno.
Como si algo importante acabara de decirse…
y aún estuviera flotando entre nosotros.
Él no habla.
Yo tampoco.
Y en ese espacio…
todo queda claro sin necesidad de explicarlo.
No sé cuánto tiempo pasa.
Segundos… tal vez más.
El silencio sigue ahí.
Pero no incomoda.
Es de esos que esperan algo.
Y entonces—
me muevo.
No lo pienso demasiado.
Porque si lo hago…
no lo haría.
—Ahora tú —dice.
Su voz es suave,
pero no duda.
Levanta la guitarra
y me la ofrece.
Parpadeo.
—¿Yo?
Asiente.
—Dijiste que sabías cantar.
Bajo la mirada.
Mis manos se quedan quietas un segundo.
—Hace mucho que no lo hago…
No es una excusa.
Es verdad.
Él no se burla.
No presiona.
Solo responde:
—Entonces este es un buen momento para volver.
Y algo en cómo lo dice…
me desarma.
No suena a reto.
No suena a exigencia.
Suena a confianza.
Y eso…
es más difícil de rechazar.
Tomo la guitarra.
Despacio.
Mis dedos la reconocen antes que mi mente.
La acomodo, inhalando lento.
—Esta canción… —empiezo.
Mi voz sale más baja de lo que esperaba.
Levanto apenas la mirada.
—Siempre me ha hecho sentir identificada.
Pausa.
—Tal vez… demasiado.
No explico más.
No puedo.
Él no pregunta.
Solo escucha.
Y eso…
me da el valor que necesitaba.
Coloco los dedos.
Las primeras notas salen…
inseguras.
Como si estuviera probando el terreno.
Pero no me detengo.
No esta vez.
Mi voz entra.
Suave.
Casi frágil.
Y por un instante…
pienso que no va a sostenerse.
Pero sigue.
Y poco a poco—
algo cambia.
La duda se disuelve.
El miedo baja.
Y lo que queda…
soy yo.
No la que responde rápido.
No la que se protege antes de sentir.
Yo.
Cada palabra pesa.
No por la canción…
por lo que arrastra.
Recuerdos.
Errores.
Momentos que nunca cerré.
Cosas que no dije… cuando debía.
Todo empieza a salir.
Sin permiso.
Cierro los ojos.
Solo un segundo.
Y dejo de pensar.
Solo siento.
Mi voz se llena.
No perfecta.
Pero real.
Y eso la vuelve más fuerte.
Más difícil de ignorar.
Cuando abro los ojos…
él sigue ahí.
Pero ya no me mira igual.
No es curiosidad.
No es interés ligero.
Es algo más profundo.
Más atento.
Como si estuviera entendiendo algo…
que nunca dije en voz alta.
Mi corazón se acelera.
Pero no me detengo.
No quiero.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
no me estoy guardando nada.
Y eso…
se siente peligroso.
Pero también—
libre.
La última nota queda suspendida.
Temblando en el aire.
Y luego…
silencio.
Bajo la guitarra lentamente.
Mis manos tiemblan.
Apenas.
—Lo siento si… —empiezo.
—No.
Me interrumpe.
Su voz es firme. Clara.
Levanto la mirada.
—No te disculpes.
Pausa.
Más suave ahora.
—Fue… increíble.
No sonríe de inmediato.
Como si aún lo estuviera procesando.
Se pasa la mano por el cabello.
—No sabía que cantabas así.
Suelto una pequeña risa.
Nerviosa.
—Ni yo…
Y por primera vez…
no es una broma.
Es verdad.
El silencio no desaparece.
Se queda.
Cómodo.
Presente.
Como si ninguno quisiera apresurarlo.
Él no aparta la mirada.
Y yo tampoco.
Hay algo ahí.
No nuevo…
pero sí más claro.
—¿Sabes qué? —dice al fin.
Su voz baja apenas.
Inclina un poco la cabeza, como si probara la idea antes de soltarla.
—Deberíamos cantar juntos.
Parpadeo.
—¿Juntos?
Asiente.
Una sonrisa leve.
Pero no ligera.
—Sí… como dueto.
La palabra queda flotando.
No suena casual.
No suena improvisada.
Suena a algo que quiere repetir.
A algo que ya imaginó.
Mi corazón reacciona.
Rápido.
—Me encantaría…
La respuesta sale antes de que pueda pensarla.
Y eso—
eso cambia todo.
Porque ya no es una idea.
No es un “algún día”.
Es algo que ya empezó.
Él se inclina ligeramente hacia la guitarra.
—A ver…
Sus dedos vuelven a las cuerdas.
Esta vez no hay pausa larga.
No hay preparación.
Empieza.
Un ritmo sencillo.
Familiar.
Levanta la mirada hacia mí.
No dice nada.
Pero deja espacio.
Y lo entiendo.
Entro.
Al principio suave.
Midiendo.
Pero no tarda.
Porque algo ya está alineado.
No estamos pensando.
No estamos calculando.
Solo estamos…
siguiendo.
Su voz entra.
La mía se ajusta.
No competimos.
Encajamos.
Hay momentos en los que uno sube…
y el otro baja.
Momentos donde coincidimos exactos.
Y cuando pasa—
se siente.
No como música.
Como conexión.
Levanto la mirada.
Y lo encuentro viéndome.
No sorprendido.
No dudando.
Seguro.
Como si esto…
confirmara algo.
Mi pecho se llena.
No de nervios.
De certeza.
Esto no es casualidad.
No es coincidencia.
Es de esas cosas que…
simplemente encajan.
La canción avanza.
Pero el tiempo…
no.
Se queda suspendido.
Como si nada más importara.
Ni el parque.
Ni la gente.
Ni el mundo allá afuera.
Solo esto.
Solo nosotros.
La última nota cae.
Y esta vez…
no se siente como un final.
Se siente como un inicio.
Ninguno habla.
No hace falta.
Porque algo ya quedó dicho.
Sin palabras.
El tiempo vuelve.
Despacio.
Como si el mundo recordara que tiene que seguir girando.
Levanto la mirada.
El cielo cambió.
Naranja.
Rosa.
Dorado en los bordes.
Irreal.
Como si este momento…
mereciera algo más que lo cotidiano.
—Creo que deberíamos irnos —dice Tay.
Su voz no rompe nada.
Solo se suma.
Asiento.
No quiero.
Pero tampoco digo lo contrario.
Porque quedarme…
significaría aceptar algo que todavía no estoy lista para nombrar.
Empezamos a recoger.
Sin prisa.
Doblo la sábana.
Él recoge los vasos.
Nuestros movimientos se cruzan.
Se rozan.
Otra vez.
Pero ahora…
ya no parecen accidentales.
Mi mano toca la suya.
Y se queda.
Un segundo más.
Ninguno se aparta de inmediato.
Y ese segundo—
dice demasiado.
—¿Lista? —pregunta.
Tiene el casco en la mano.
Lo miro.
—Sí…
Pero no lo estoy.
Y creo…
que él lo sabe.
Subo a la moto.
Esta vez…
no dudo.
Mis brazos rodean su cintura.
Más cerca.
Más firme.
No como antes.
Esto ya no es por equilibrio.
Es elección.
El motor arranca.
El sonido llena el espacio…
pero no rompe lo que hay entre nosotros.
El aire cambia.
Más frío.
Al principio no lo noto.
Pero luego…
llega.
Un escalofrío recorre mi cuerpo.
Pequeño.
Involuntario.
Intento ignorarlo.
No funciona.
Él lo siente.
Siempre lo siente.
Reduce la velocidad.
Se detiene a un lado del camino.
—Oye… —dice, girando un poco— estás temblando.
Niego rápido.
—No es nada…
Mentira.
Me observa.
Un segundo.
No insiste.
No discute.
Solo actúa.
Se quita la chamarra.
—Póntela.
Lo miro.
—No, tú la necesitas—
—Cris.
Mi nombre en su voz.
No es fuerte.
No es una orden.
Pero no deja espacio.
Es cuidado.
Es decisión.
Tomo la chamarra.
Despacio.
Todavía está tibia.
Todavía huele a él.
Me la pongo.
Y algo dentro de mí…
se mueve.
No es solo calor.
Es algo más.
Más profundo.
Más cercano.
—Gracias… —susurro.
—De nada.
Pero no arranca de inmediato.
Se queda.
Mirándome.
Un segundo más de lo necesario.
Y en esa mirada…
hay algo que no dice.
Algo que aún no cruza.
Subimos otra vez.
Esta vez me acerco más.
Apoyo la cabeza en su espalda.
Cierro los ojos.
Y dejo de pensar.
Solo siento.
El camino de regreso se acorta.
O tal vez…
yo no quiero que termine.
—Sujétate bien —dice— voy a ir un poco más rápido.
—Estoy bien…
Pero lo abrazo más fuerte.
No por miedo.
Por elección.
El viento golpea.
Más fuerte ahora.
Pero ya no importa.
Porque el frío…
ya no está.
No realmente.
No con él.
La moto se detiene.
El motor se apaga…
y con él…
todo lo demás.
Silencio.
La calle.
Las luces de las casas.
La noche completamente instalada.
Realidad.
Me bajo despacio.
Me quito el casco.
El aire frío vuelve a mi cara.
Y entonces lo siento.
Ese vacío.
Pequeño…
pero claro.
Como cuando algo bueno…
está por terminar.
Empiezo a quitarme la chamarra.
—Toma—
—No.
Su voz me detiene.
Levanto la mirada.
—Quédate con ella.
Parpadeo.
—Pero…
—Me la das mañana —dice.
Una sonrisa leve.
Pausa.
—Así tengo una excusa para verte.
Mi corazón se acelera.
Otra vez.
No respondo de inmediato.
No puedo.
—Está bien…
Silencio.
Nos quedamos ahí.
Sin movernos.
Sin prisa.
Mirándonos.
Como si ninguno quisiera ser el primero en romperlo.
—Buenas noches, Tay…
Mi voz es más suave de lo que esperaba.
—Buenas noches, Cris.
Más cerca ahora.
No sé en qué momento.
Ni quién dio el primer paso.
Pero la distancia…
ya no es la misma.
Puedo sentir su respiración.
Cálida.
Cerca.
Demasiado cerca.
Mi corazón golpea fuerte.
Uno.
Dos.
Y por un segundo…
todo se detiene.
No pienso.
No analizo.
Solo estoy ahí.
Con él.
Y entonces—
se inclina.
Lento.
Sin prisa.
Y yo no me muevo.
No me alejo.
No cierro la distancia…
pero tampoco la evito.
Y en ese instante—
lo sé.
Esto podría cambiarlo todo.
Su rostro está cerca.
Demasiado.
Y por un momento…
realmente creo que va a pasar.
Que no se va a detener.
Que va a cruzar la línea.
Mi respiración se corta.
Pero no retrocedo.
Porque tampoco quiero hacerlo.
Y entonces—
el beso.
Pero no donde esperaba.
En la mejilla.
Cerca.
Demasiado cerca.
Lo suficiente para que duela un poco.
Lo suficiente para sentirse…
incompleto.
Se queda un segundo.
Y luego se aleja.
Despacio.
Como si también le hubiera costado.
Lo miro.
Y en su expresión…
hay algo.
No arrepentimiento.
No duda.
Contención.
Como si hubiera decidido parar…
aunque no quisiera.
—Nos vemos mañana… —dice.
Asiento.
Pero no hablo.
Porque si digo algo…
lo rompo.
Se sube a la moto.
Arranca.
Y se va.
Sin mirar atrás.
Y yo me quedo ahí.
Inmóvil.
Llevando la mano a mi mejilla.
Donde aún queda el calor.
Donde aún…
se siente lo que no fue.
Y es ahí…
donde lo entiendo.
Esto ya no es ligero.
Esto ya no es un juego.
Esto—
es real.