Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
NovelToon tiene autorización de maite lucía para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo: 12
El tercer día en Resfriado amaneció con la promesa de un sol brillante y un calor apacible. Alejandra se despertó en los brazos de Francis, envuelta en la calidez de su piel y el aroma familiar de su perfume.
Las dudas que la habían asaltado en la capital parecían haberse disipado bajo el cielo abierto y la autenticidad de su pueblo. Francis, en este entorno, se sentía más suyo que nunca, más real, más cercano.
—Buenos días, mi amor —susurró él, besando su hombro.
—Buenos días —respondió ella, girándose para mirarlo, sus ojos brillando con una felicidad genuina—. No quiero que nos vayamos de aquí nunca.
Francis sonrió, su pulgar acariciando su mejilla. —Podríamos quedarnos aquí para siempre, si quisieras. Pero la vida nos llama. Aunque te prometo que volveremos muy pronto.
Después de un desayuno con Doña Elena, donde Francis ya se desenvolvía con una naturalidad asombrosa, ayudando a poner la mesa y conversando animadamente, Alejandra decidió que era hora de mostrarle a Francis más de los rincones del pueblo que habían marcado su infancia.
—¿Qué te parece si vamos a la plaza principal? —sugirió Alejandra—. Hay una iglesia antigua muy bonita y algunas tienditas de artesanías donde venden cosas preciosas.
—Me encantaría —dijo Francis, besándole la mano.
****************
Caminaron de la mano por las calles de tierra, saludando a los vecinos que Alejandra conocía desde niña. Francis respondía a cada saludo con una sonrisa, su presencia elegante contrastando amablemente con la sencillez del entorno. En la plaza, la vida bullía. Mujeres vendiendo dulces caseros, hombres jugando dominó bajo la sombra de un árbol centenario y niños correteando.
Entraron en una pequeña tienda de artesanías, donde la señora María, una anciana con ojos vivaces y manos expertas, tejía sombreros de paja y confeccionaba collares de semillas. Alejandra le presentó a Francis.
—Ella es la señora María, Francis. Sus artesanías son las mejores del pueblo.
—Es un placer, señora María —dijo Francis, con su encanto habitual.
Mientras Alejandra admiraba unos aretes de coco, Francis se acercó a un exhibidor de collares. Su mirada se detuvo en una cadena de plata sencilla, con un pequeño dije en forma de corazón que parecía hecho a mano, con una pequeña incrustación de una piedra semipreciosa azul.
—Este es precioso —murmuró Francis, tomándolo con delicadeza. —Alejandra, ven a ver esto.
Ella se acercó y miró la cadena. —Es muy bonito, mi amor.
—Lo quiero para ti —dijo él, sin dudarlo—. Es perfecto. Simboliza la pureza de tu corazón y la inmensidad de nuestro amor.
Alejandra sintió un escalofrío de emoción. Francis le compró la cadena y le pidió a la señora María que se la pusiera. El dije de corazón se posó justo sobre su pecho, cálido contra su piel.
—Es el regalo más bonito que me han hecho —dijo ella, besándolo con ternura.
Justo en ese momento, un joven apuesto y musculoso, con una piel morena y el cabello rizado, se acercó a la tienda. Era Roberto, el mejor amigo de la infancia de Alejandra, con quien había compartido juegos y travesuras.
—¡Alejandra! ¡No puedo creer que estés aquí! —exclamó Roberto, su rostro iluminándose al verla. La abrazó con familiaridad, levantándola del suelo en un torbellino de alegría.
Francis observó la escena, su sonrisa, antes tan abierta, se tensó ligeramente. Alejandra, feliz de ver a su viejo amigo, no se percató al principio.
—¡Roberto! ¡Qué alegría verte! —dijo Alejandra, riendo—. Has crecido un montón.
—Y tú sigues tan bella como siempre —respondió Roberto, sus ojos fijos en ella, con una admiración evidente. Fue entonces cuando sus ojos se posaron en Francis. Su expresión cambió, pasando de la alegría a una ligera hostilidad.
—¿Y este quién es, Alejandra? —preguntó Roberto, soltándola y poniéndose un poco a la defensiva.
Francis, que había estado observando la escena con atención, se adelantó, estrechando la mano de Roberto con una firmeza que no pasó desapercibida. —Soy Francis, el novio de Alejandra. Un placer.
Roberto apretó la mano de Francis con la misma fuerza, su mirada desafiante. —Roberto. Amigo de toda la vida de Alejandra.
Alejandra sintió la tensión en el aire. —Roberto, Francis está de visita. Es de la capital.
—Ah, de la capital —murmuró Roberto, un tono de desprecio apenas velado en su voz—. Ya veo. Vienes a llevarte a nuestras muchachas, ¿eh?
Francis mantuvo la compostura, su sonrisa imperturbable, aunque Alejandra pudo sentir la tensión en su mano que aún sostenía la de ella. —Vengo a pasar tiempo con la mujer que amo.
El ambiente se volvió denso. Alejandra, incómoda, intentó mediar. —Roberto, por favor. Francis es mi invitado.
Roberto no cedió. —Solo espero que la trates como se merece, Alejandra es una buena mujer, no como otras que conoces en la ciudad. Si le haces daño, te las verás conmigo.
Francis soltó una risa seca, pero sus ojos permanecieron fríos. —Tus advertencias están anotadas. Ahora, si nos disculpas, queremos seguir disfrutando del pueblo.
Alejandra, avergonzada por la situación, se despidió rápidamente de Roberto, y tiró de Francis para sacarlo de la tienda. Una vez fuera, Francis la soltó de la mano, su rostro un mascarón de enojo apenas contenido.
—¿Quién es ese patán? —preguntó Francis, con la voz baja y tensa.
—Es solo Roberto, un amigo de la infancia —respondió Alejandra, sorprendida por su reacción—. No es nadie importante.
—Parece bastante importante para él abrazarte de esa forma —dijo Francis, sus ojos oscuros brillando con celos—. Y mirarte como si fueras suya.
—No seas ridículo, Francis —dijo Alejandra, intentando suavizar la situación—. Roberto siempre ha sido así. Es mi amigo, nada más. Y a ti te tengo a ti.
Pero Francis no parecía convencerse. Los celos, un rasgo que Alejandra no había visto en él antes, le dieron una nueva perspectiva de su carácter. La idea de que Francis, el hombre tan seguro de sí mismo, pudiera sentir celos, la dejó un poco desconcertada.
—No me gusta que nadie te mire así —sentenció Francis, su voz aún cargada de posesividad—. Eres mía.
Alejandra lo abrazó, besándolo con ternura. —Y tú eres mío. Solo tuyo.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.