"Lo soñé mil veces antes de conocerlo. Ahora, él es mi única salvación... o mi perdición."
Bibiana siempre soñó con un hombre misterioso y con el sabor de la sangre. Al mudarse a Finlandia, el hombre de sus sueños se vuelve real. Adam es protector, letal y oculta un secreto que podría matarla.
Mientras su padre huye de un pasado oscuro, el cazador está cada vez más cerca. En un mundo donde los vampiros dominan las sombras, Bibiana descubrirá que no es una humana común: ella está Destinada a un Amor Inmortal.
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Capítulo 11 - Entre cielo y tierra
Casa de los Anderson – Habitación de Bibiana
Elena observaba a su hermana con una mezcla de lástima y escepticismo.
—No tengo nada que aclarar, Elena —sentenció Bibiana, evitando la mirada de su hermana—. A quien amo es a Matt.
—¿Estás segura, hermanita? Ayer me dijiste que sentiste una atracción eléctrica con ese tal Adam.
—¡Olvida lo que dije! Apenas lo conocí ayer, es absurdo. Ya me voy a dormir, buenas noches —cortó Bibiana, cerrando la puerta de su habitación.
Elena suspiró en el pasillo. —Aunque lo niegue, se está enamorando. Pobre Matt... no sabe contra qué está compitiendo.
Bar del Pueblo – Media noche
Matt ahogaba su frustración en una jarra de cerveza. David, su compañero de trabajo, se sentó frente a él.
—Fui un verdadero imbécil, David. No debí dudar de ella —confesó Matt con voz pastosa—. Pelear con Bibi es lo último que quería.
—Llévale flores mañana y pídele perdón —aconsejó David—. A las mujeres les encantan los detalles. Un buen ramo arregla cualquier desconfianza.
El Reino de los Sueños
En la cabaña del bosque, Adam cerró los ojos. No podía dejar las cosas así. Necesitaba que Bibiana entendiera que él no era su enemigo. Usando su poder, proyectó su consciencia hasta encontrar la mente de ella.
Bibiana caminaba por un sendero infinito, rodeada de flores silvestres que parecían vibrar bajo una luz irreal. La paz del lugar se rompió en un instante cuando una voz familiar la llamó desde la espesura.
—Bibi…
Ella se giró de golpe, con el ceño fruncido y los puños apretados.
—¿Qué haces en mis sueños? —espetó, dejando que la rabia reemplazara al miedo.
—Tenemos que hablar —respondió Adam, apareciendo frente a ella con una expresión cargada de calma y tristeza.
—¡No tenemos nada de qué hablar! —gritó ella, retrocediendo—. Todo quedó claro. Siempre has manipulado mi mente, me has observado desde las sombras, tal como lo estás haciendo ahora.
Adam negó con la cabeza, manteniendo la voz baja.
—Una vez más, estás equivocada. Yo nunca he manipulado tus sueños. ¿Cómo podría hacerlo si ni siquiera te conocía antes de encontrarte en el bosque?
—¿Entonces por qué siempre apareces tú? ¿Por qué estás en cada rincón de mi subconsciente?
—No lo sé —confesó él—. Tal vez mi esencia entró en tus sueños de forma inconsciente, atraída por la tuya.
—¡Sal de aquí ahora mismo, Adam! —le ordenó, con la voz quebrada por la frustración—. ¡Vete!
—Ya me voy —respondió él, comenzando a desvanecerse como el humo—. Pero piensa en esto: si yo hubiera querido manipularte, jamás te habría contado la verdad. No te habría dicho que soy un vampiro ni que poseo este poder. Solo quería que supieras quién soy realmente. Adiós, Bibi… me gustó conocerte.
Su figura se disolvió en el aire, dejando la pradera en un silencio sepulcral.
—¡Adam! —gritó ella, extendiendo la mano hacia la nada.
Bibiana se incorporó de golpe en su cama, con la respiración entrecortada y el corazón martilleando contra sus costillas. El silencio de su habitación era absoluto, pero en su mente las palabras de Adam seguían resonando, dejando una duda que no la dejaría volver a dormir.
Al día siguiente – Casa de los Anderson
Matt esperaba afuera con un enorme ramo de flores frescas. Cuando Bibiana salió, él se acercó con humildad.
—Bibi, perdóname por lo de ayer. Fui un tonto por desconfiar —dijo entregándole el ramo—. Sé que nunca me engañarías. Te amo.
Bibiana sintió una punzada de culpa al recordar su encuentro con Adam, pero aceptó las flores y lo abrazó. —Está bien, Matt. Te perdono, pero no vuelvas a dudar de mí.
Se fundieron en un beso, pero mientras Matt cerraba los ojos con felicidad, Bibiana miraba hacia la línea del bosque, sintiendo el llamado de lo prohibido.
El Bosque – Atardecer
El sol de la tarde comenzaba a descender, tiñendo el bosque de tonos dorados. Adam caminaba entre los árboles, luchando contra una inquietud que no lo abandonaba.
—¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? —susurró para sí mismo, frustrado por la intensidad de su propia fijación.
—Hola, Adam —una voz suave rompió su monólogo.
Él se giró de golpe, sorprendido.
—Bibi… pensaba que seguías enojada conmigo.
—Lo estaba —admitió ella, acercándose lentamente—. Pero me quedé pensando mucho en lo que me dijiste en el sueño. En que tenías razón: si de verdad estuvieras manipulándome, jamás habrías sido tan honesto sobre lo que eres.
Adam dejó escapar un suspiro de alivio. —¿Entonces lo entiendes?
—Sí. Y quiero pedirte perdón por haber sido tan grosera contigo.
—No te preocupes por eso, Bibi —respondió él con una sonrisa cálida—. Lo único que importa es que ya no hay secretos entre nosotros.
—¿Amigos otra vez? —preguntó ella, devolviéndole la sonrisa.
—Amigos, por supuesto.
Bibiana lo observó con curiosidad, dejando que su mente volara hacia las posibilidades de su naturaleza. —¿Es verdad que puedes volar?
—Sí —Adam arqueó una ceja, divertido—. ¿Te gustaría verlo por ti misma?
—Me encantaría. Jamás he sentido algo así.
—Ven, súbete a mi espalda —le indicó, agachándose un poco para facilitarle el movimiento.
Bibiana se acomodó, rodeando su cuello con los brazos. Sintió la firmeza de sus hombros y la frescura de su piel.
—Sujétate muy fuerte —advirtió Adam—. ¿Lista?
—Lista —respondió ella, con el corazón latiendo de pura emoción.
Adam comenzó a levitar, despegando los pies del suelo hasta que, con un impulso poderoso, se lanzó hacia el cielo. Bibiana soltó una pequeña exclamación de asombro mientras ascendían sobre las copas de los árboles, atravesando la brisa fresca de la tarde.
—¡Esto es increíble! —gritó ella, estirando una mano para rozar la blancura de las nubes que flotaban sobre ellos.
Adam, al sentir la risa y la felicidad de Bibiana vibrando contra su espalda, sonrió con una plenitud que no había sentido en siglos.
Cafetería del Pueblo
Matt trabajaba con una sonrisa radiante, ajeno a que su novia estaba cruzando el cielo en brazos de un vampiro.
—Me fue de maravilla, David. Bibi me perdonó —le contó a su amigo—. Amo tanto a esa mujer... estoy seguro de que, aunque mil hombres se crucen en su camino, yo siempre seré el único para ella.
Cima de la Gran Roca – Bosque
Adam y Bibiana estaban de pie sobre una formación rocosa gigante que se alzaba sobre el bosque. Desde allí, el mundo parecía infinito, cubierto por un manto verde y el aire fresco de las montañas.
—El paisaje es hermoso… —susurró Bibiana, dejando que el viento le acariciara el rostro.
—¿Te gustan los paisajes así? —preguntó Adam, observándola a ella más que al horizonte.
—Me encantan. Siento que aquí arriba nada malo puede pasar.
—Yo también los amo —confesó él, dando un paso más cerca—. Es el único momento en el que me siento realmente libre.
Bibiana se giró hacia él, intrigada por algo que llevaba tiempo rondando su mente.
—Adam, hay algo que no entiendo… ¿Cómo haces para que no te queme el sol?
Adam miró sus propias manos, bañadas por la luz del atardecer.
—Bebo una fórmula especial. Es un brebaje que me permite caminar bajo el día, aunque su efecto se desvanece por completo al caer la noche.
—¿De verdad existe algo así? —preguntó ella, asombrada.
—Yo tampoco lo creía hasta que mi abuela me lo entregó. Ella misma lo preparó en secreto.
—Ella te ayudó a escapar, ¿verdad?
Adam asintió, y una sombra de gratitud cruzó su mirada.
—Sí. Gracias a ella estoy viviendo esta vida feliz y tranquila, lejos de la oscuridad de mi familia.
—Te entiendo —respondió Bibiana con sinceridad—. Yo, en tu lugar, habría hecho lo mismo. También habría huido de una familia que no me dejara ser quien soy.
Adam se giró por completo hacia ella, acortando la distancia. El aire entre ambos pareció volverse más denso, cargado de una electricidad nueva.
—Aunque solo hace tres días que nos conocemos… siento que ya eres alguien muy especial para mí —dijo con voz ronca, buscando sus ojos.
Bibiana no retrocedió. Al contrario, sostuvo su mirada con valentía, sintiendo que su corazón latía al ritmo del de él.
—Yo también siento lo mismo, Adam —confesó en un susurro.
Adam acunó su rostro con una mano y comenzó a inclinarse lentamente. Sus respiraciones se mezclaron y, justo cuando sus labios estaban a punto de sellar aquel vínculo, el tiempo pareció detenerse sobre la roca gigante.