Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
NovelToon tiene autorización de Fenty fuentes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
las cartas sobre la mesa
Capítulo 19:
La noche en el penthouse fue eterna. Adrián estaba ahí tirado en la cama, bocarriba, mirando el techo a oscuras mientras escuchaba la respiración de Beatriz al lado suyo. Se hacía el dormido, cerrando los ojos con fuerza cada vez que sentía que ella se movía, porque lo último que quería era ponerse a hablar o tener que dar explicaciones sobre por qué estaba tan distante. El compromiso, la llegada de los suegros, las mentiras de Julián... todo le daba vueltas en la cabeza como una licuadora. Estuvo así horas, atrapado en sus propios pensamientos, hasta que el cansancio le ganó la partida. Casi cuando ya se empezaba a ver la claridad del amanecer por los ventanales de Nueva York, el sueño por fin lo venció y se quedó profundamente dormido de puro agotamiento.
Cuando despertó, sentía que no había descansado nada. Tenía los ojos pesados y un humor de perros. Se levantó de la cama con cuidado para no despertar a Beatriz y se fue directo al baño. Necesitaba que el agua le quitara de encima esa sensación de derrota. Ya estaba metido debajo de la ducha, dejando que el chorro de agua caliente le cayera en la nuca para ver si reaccionaba, cuando de repente escuchó que la puerta del baño se abría.
Al abrir los ojos, se quedó frío. Beatriz estaba ahí, metida en la ducha con él, completamente desnuda. Ella intentó acercarse, buscándole la boca y rodeándolo con los brazos, tratando de arreglar las cosas con seducción, pero a Adrián lo que le dio fue un fastidio increíble. Se sintió invadido, como si no tuviera un solo rincón para estar solo.
—Beatriz, ¿qué haces? —soltó él, apartándola de un tirón con una cortesía que más bien parecía rechazo—. No puedo ahora. Tengo la agenda a reventar y voy tardísimo para las reuniones en la empresa. No es el momento.
Salió de la ducha sin mirarla, agarró la toalla y se fue casi huyendo para el cuarto de vestir. Estaba furioso. Se cambió rápido, eligiendo un traje elegante de esos que usa para las juntas importantes, se ajustó la corbata frente al espejo y se preparó mentalmente para lo que venía. Quería salir de esa casa lo antes posible.
Cuando iba bajando las escaleras, se encontró con su nana. Ella ya le tenía el café listo y el desayuno servido en la mesa, como lo hacía siempre que lo veía agobiado.
—Buenos días, mi niño. Siéntate aunque sea cinco minutos a comer algo, que te ves muy mal —le dijo ella con ese tono de preocupación que solo una madre tiene.
Adrián se acercó, le dio un beso tierno en la frente y le dio una sonrisa forzada.
—Nada más el café, Nana. Como algo en la oficina, de verdad que hoy voy volando y no puedo perder ni un segundo —le respondió mientras se tomaba el café caliente de un solo trago y salía disparado para el garaje.
Sacó su carro deportivo y se metió de lleno en el tráfico de Manhattan. Conducir rápido era lo único que lo hacía sentir que tenía el control de algo. Al llegar a la empresa, su entrada fue imponente. Mientras caminaba por el vestíbulo hacia el ascensor, todas las chicas se quedaban mirándolo; se veía muy sexi con ese traje y ese aire de jefe serio, pero él ni cuenta se daba de las miradas, iba concentrado en la cita que tenía pendiente. Se montó en el ascensor y, antes de abrir la puerta de su oficina, le gritó al secretario que le llevara un café cargado de inmediato.
Apenas se sentó en su escritorio, entró su asistente con una pila de carpetas. Le empezó a preguntar por los proyectos de la semana y a confirmarle las horas de las juntas, pero Adrián no tenía cabeza para eso.
—¿Y el investigador? —le preguntó de golpe.
—Ya está aquí, señor. Lo espera en la sala pequeña —respondió el asistente.
Adrián se encerró con el investigador y ahí fue donde todo explotó. El tipo no dio rodeos y puso las fotos sobre la mesa. Eran claras: Beatriz y Julián viéndose a escondidas, en lugares donde no tenían por qué estar. Adrián sintió una rabia que le quemaba el estómago, pero lo que más le dolió fue cuando el investigador le soltó la verdad sobre el pasado de Julián.
—Resulta que el tipo no es ningún millonario de familia —dijo el investigador—. Sus papás son personas comunes, gente trabajadora que hace años fueron empleados del servicio en la casa de los papás de Valeria.
Adrián se quedó mirando la foto, apretando los puños. Todo era una farsa. Julián conocía a Valeria desde siempre y se había metido en su vida con un plan bien armado para escalar, y Beatriz estaba metida
En cuanto el investigador se fue, Adrián no aguantó más. Agarró el teléfono y llamó a Valeria de una vez.
—Valeria, soy yo —dijo, tratando de sonar calmado—. Necesito que nos veamos más tarde en la cabaña. Tengo una información muy importante que decirte, algo que tienes que saber hoy mismo sin falta.
Después de colgar, Adrián sintió una urgencia desesperada por irse, pero sabía que no podía dejar la oficina hecha un desastre. Se sentó y se puso a trabajar como un loco. Firmó contratos, revisó presupuestos y adelantó todo lo que tenía atrasado de los días anteriores. Quería dejar la oficina limpia para poder irse a ver a Valeria sin que nadie lo molestara.
Ya era bien entrada la noche cuando por fin cerró la computadora y se levantó para irse. Cuando iba saliendo de la oficina, su asistente, que estaba afuera sentado con una cara de cansancio que no podía con ella, lo miró con resignación.
—Otra noche más que se me va el sueño aquí sentado —murmuró el asistente bajito, viendo cómo Adrián caminaba hacia el ascensor—. Si mi jefe se va así de apurado después de dejarme todo este trabajo listo, me toca a mí pasarme la noche aquí metido adelantando todo lo que él firmó. Me va a ganar el sueño encima del escritorio, pero no me queda de otra.
Adrián ni siquiera escuchó el lamento de su empleado. Ya iba bajando al garaje, encendiendo el motor de su carro y pensando nada más en llegar a la cabaña para destaparle toda la verdad a Valeria y terminar con ese nudo de mentiras de una vez por todas.