"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 9
La oficina de Yaneth ya no olía a muebles nuevos, sino al perfume de determinación. Frente a ella, sentada con una tablet y una mirada clínica, estaba la doctora Arrieta, la nutricionista más prestigiosa —y temida— de la ciudad. A un lado, Fabián observaba la escena como si fuera el juez de un concurso de belleza, mientras Thiago, desde el umbral de la puerta conectada a su despacho, escuchaba en silencio con los brazos cruzados.
—Bien, Yaneth —dijo la doctora, ajustándose las gafas—. He revisado tus análisis de sangre y tu ficha. Mides 1,60. Para tu estatura y tu edad, efectivamente tienes varios kilos de más que están empezando a afectar tu presión arterial y tus niveles de energía. No es solo estética, es que tu cuerpo está gritando auxilio bajo el peso de la ansiedad que has estado comiendo.
Yaneth no bajó la mirada. Ya no dolía.
—Lo sé, doctora. Estoy lista para hacer lo que sea necesario.
—¡Eso, mi guerrera! —exclamó Fabián, lanzando un beso al aire—. Prepárate, porque a partir de mañana el único carbohidrato que vas a ver será en tus sueños. ¡Vamos a dejar a la nutricionista como si fuera una aprendiz!
Thiago observaba la escena sintiendo una extraña punzada de culpa. Ver a Yaneth aceptar sus fallas con tanta dignidad lo hacía sentirse pequeño. Sin embargo, en cuanto ese sentimiento de calidez intentaba subir por su pecho, el hielo de su pasado lo congelaba de inmediato.
"No te dejes engañar, Thiago", se repetía a sí mismo mientras volvía a su escritorio. Recordó a Lucía. Recordó cómo ella también se mostraba dulce y vulnerable antes de que la encontrara en su propia cama con el que llamaba su "mejor amigo". Si alguien en quien confió desde la infancia pudo apuñalarlo por la espalda, ¿qué podía esperar de una mujer que conocía hace menos de una semana? Para él, Yaneth era solo otro contrato, otra cara que, tarde o temprano, mostraría su verdadera intención. El hecho de que fuera hermosa ahora solo la hacía más peligrosa.
—Todas son iguales —murmuró Thiago para sí mismo, apretando la mandíbula hasta que le dolió—. No importa cuánto cambie por fuera, la ambición o la traición siempre están ahí.
Se arrepentía amargamente de haber bajado la guardia por un segundo en la mañana. Se prometió volver a ser el iceberg de siempre.
En ese momento, la puerta principal de la presidencia se abrió de par en par. Beatriz, la madre de Thiago, entró como un torbellino de elegancia y alegría, ignorando por completo a Sandra.
—¡Yaneth! ¡Hija! —Beatriz pasó de largo la oficina de su hijo y se metió directamente en la de Yaneth, interrumpiendo la consulta—. No pude aguantar las ganas de venir a verte en tu primer día. ¡Sofía me dijo que estabas hecha una reina y se quedó corta!
Yaneth se levantó con una sonrisa, sorprendida por el afecto genuino de su suegra.
—Beatriz, qué sorpresa. Estaba terminando con la doctora.
—¡Ay, qué maravilla! Cuidarse es el mejor regalo que una puede hacerse —Beatriz le tomó las manos—. Pero mírate, tienes una luz diferente.
Thiago, viendo que su madre ni siquiera se había dignado a asomarse a su oficina, caminó hacia ellas con una mueca que intentaba ser una sonrisa.
—Gracias, mamá. Yo también soy tu hijo, por si se te olvidó en el ascensor —soltó Thiago.
El silencio que siguió fue absoluto. Beatriz se quedó congelada, parpadeando varias veces como si no reconociera al hombre frente a ella. Yaneth y la doctora compartieron una mirada de asombro. Sandra, desde su escritorio afuera, casi se cae de la silla.
—¿Thiago? —Beatriz se llevó una mano al pecho—. ¿Acabas de... hacer un chiste? ¿Tú? ¿El hombre que no sonríe ni cuando gana un billón de dólares?
—No exageres, mamá —respondió él, volviendo instantáneamente a su tono frío, arrepentido de haber dejado salir ese comentario—. Solo recordaba mi existencia.
—¡Por favor! —intervino Fabián, rompiendo la tensión con su habitual falta de filtro—. ¡El cubo de hielo tiene una fisura! ¡Pidan un deseo, señoras, que esto pasa una vez cada eclipse solar! Beatriz, querida, qué gusto verla. Aquí estamos, planeando el renacimiento de Yaneth mientras su hijo intenta recordar cómo se siente el sentido del humor.
Beatriz soltó una carcajada sonora y abrazó a Fabián como si lo conociera de toda la vida.
—Me encanta este chico, Yaneth. Tienes que traerlo a cenar a la mansión más seguido.
—Bueno, si hay champán del caro y chismes de la alta sociedad, yo me mudo hoy mismo —replicó Fabián, guiñándole un ojo a la doctora Arrieta—. Doctora, no se me distraiga con el drama familiar. Díganos, ¿cuándo empezamos con la dieta de la lechuga y el agua bendita?
—Mañana mismo —dijo la doctora, retomando la profesionalidad—. Yaneth, aquí tienes el plan. Es riguroso. Habrá días en los que quieras mandarme al diablo, días en los que el cansancio te haga llorar, pero si cumples, en tres meses no vas a reconocer a la mujer que ves al espejo. No por el peso, sino por la fuerza que vas a ganar.
Yaneth tomó el papel con manos firmes. Sabía que el camino sería duro, especialmente teniendo a un esposo que la miraba con sospecha cada vez que ella intentaba acercarse. Ella podía sentir el muro de Thiago. Sabía que él la comparaba con alguien más, que su frialdad era un escudo contra un dolor que aún no sanaba.
"Él sigue amando a esa mujer", pensó Yaneth con una punzada de tristeza mientras veía a Thiago alejarse de nuevo hacia sus papeles pues su cuñada le contó algo . "Y cree que yo soy igual a ella".
—Bueno, ya basta de caras serias —sentenció Beatriz—. Yaneth, he venido porque quiero llevarte a almorzar. Y tú también vienes, Fabián. Thiago, tú quédate aquí con tus números, ya veo que estás muy bien acompañado por tu amargura.
—Tengo reuniones, mamá —dijo Thiago sin levantar la vista, aunque por dentro sentía una extraña molestia al verlas irse.
—¡Perfecto! Más comida para nosotros —Fabián agarró su bolso y le ofreció el brazo a Yaneth—. Vamos, nena. Hoy es la última cena antes de que nos convirtamos en conejos a dieta de zanahoria. ¡Hagamos que valga la pena!
Mientras salían, Yaneth se detuvo un segundo en la puerta y miró a Thiago. Él estaba allí, rodeado de lujo y poder, pero se veía más solo que nunca.
—Hasta luego, Thiago —dijo ella suavemente.
Él no respondió con palabras, solo con un breve asentimiento de cabeza. Pero en cuanto la puerta se cerró y el eco de la risa de Fabián se desvaneció, Thiago dejó caer la pluma sobre el escritorio. Su oficina, que siempre había sido su refugio, de repente se sentía demasiado grande y demasiado fría.
—Maldita sea —susurró, golpeando la mesa—. No es igual a ella. No puede ser igual a ella.
Pero el miedo a ser lastimado de nuevo era un monstruo más grande que su sentido común. Mientras tanto, Yaneth bajaba por el ascensor lista para enfrentar el hambre, el ejercicio y la mirada del mundo, con la esperanza de que, algún día, el hombre de hielo se diera cuenta de que ella era la única que no buscaba romperle el corazón, sino reconstruir el suyo propio.
Me encantó, gracias querida escritora 💕