Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Capítulo 01: Despertar en Seda
Cuando abrí los ojos por segunda vez, la primera imagen que vi fue su sombra recortada contra la luz roja de la sala. No era el techo agrietado de mi apartamento, ni el gris monótono de la fábrica donde pasé mi vida anterior, consumida por el tedio y la rutina. Era un dosel de seda carmesí, bordado con hilos de oro que formaban patrones complejos y alienígenas, y la luz que bañaba la estancia provenía de unas lámparas de obsidiana incrustadas en las paredes, emitiendo un fulgor profundo, casi sangriento. Mi cabeza palpitaba con una punzada sorda, como si un millar de recuerdos ajenos lucharan por encontrar su lugar en mi mente.
El cuerpo en el que había despertado se sentía extrañamente… opulento. La sensación de las sábanas de seda contra mi piel era casi ofensiva, tan suave que rozaba lo irritante. Mi propio cuerpo, el que recordaba, era un nido de dolores crónicos y un cansancio perpetuo. Este, en cambio, se sentía joven, vibrante, aunque una ola de debilidad recorría mis extremidades. Levanté una mano, y en lugar de mis dedos huesudos y callosos, vi unas uñas largas y pulcras, manicuradas con un esmalte oscuro que relucía a la luz roja. Anillos pesados adornaban cada falange, con gemas que atrapaban la luz y la devolvían con destellos maliciosos.
Una verdad fría, afilada como un cristal, me atravesó el pecho. Había reencarnado. Y no solo eso, había reencarnado en el cuerpo de Aurelia, la villana de esa novela de fantasía y romance que había devorado antes de… bueno, antes de morir. La historia de la cual yo era una ferviente lectora y, a menudo, una crítica amarga de las decisiones de la protagonista. La ironía era tan cruel que casi me hizo reír, una risa histérica y sin humor. ¡Yo, una oficinista anónima, en el cuerpo de la infame Princesa Aurelia!
La sombra, que había permanecido inmóvil en el umbral, se movió. Era alta, imponente, envuelta en ropajes de terciopelo tan oscuro que absorbían la poca luz que alcanzaba su figura. No necesitaba ver su rostro para saber quién era. Su porte altivo, la forma en que el aire parecía enrarecerse a su alrededor, todo gritaba un nombre que mi nueva mente ya conocía: Sebastián. El hombre que la Aurelia original amaba con una obsesión enfermiza, el héroe trágico que ella había intentado destruir, y cuya traición finalmente la llevó a su perdición.
Mi corazón, o el de Aurelia, latió con una fuerza dolorosa. Una extraña mezcla de pánico y una punzada de reconocimiento, casi de anhelo, me inundó. Era como si mi alma gritara en protesta, una voz antigua de dolor que no me pertenecía pero que ahora residía en mí.
Sebastián avanzó un paso, y la luz roja jugó en los bordes de sus rasgos afilados. Su cabello era de un negro medianoche, sus ojos, oscuros como obsidiana pulida, me observaban con una intensidad que me hizo sentir desnuda, expuesta. Llevaba una expresión indescifrable, una mezcla de fría indiferencia y una furia apenas contenida.
—Así que has decidido despertar, *Aurelia* —dijo, su voz era profunda y resonante, como un trueno distante. No había calidez, ni preocupación, solo un matiz de cansancio y un filo que me hizo estremecer. La forma en que pronunció mi nuevo nombre, arrastrándolo, lo convirtió en una acusación.
Me esforcé por componer una respuesta, pero mi garganta se sentía seca. Mi mente corría a mil por hora, tratando de recordar la personalidad de la Aurelia original. Arrogante, temperamental, orgullosa. Se habría levantado con indignación, habría exigido una explicación, habría lanzado alguna amenaza velada. Pero yo… yo solo sentía un miedo crudo y una confusión abrumadora.
—¿Dónde estoy? —pregunté, mi voz sonaba ronca y extraña, demasiado aguda, demasiado forzada. No era mi voz.
Una ceja oscura de Sebastián se arqueó, y una sonrisa fugaz, carente de alegría, apareció en sus labios.
—¿Dónde estás? En tu habitación, mi querida princesa. ¿Acaso los vahos de alguna poción te han nublado el juicio más de lo habitual?
La alusión a pociones me dio una pista. La Aurelia original era conocida por su amor a los elixires exóticos y las pócimas para la belleza o para "mejorar" sus sentidos, a menudo con efectos secundarios desagradables. Esto era el inicio de su caída. Si había despertado aquí, en este momento, significaba que ya estaba metida hasta el cuello en alguna intriga.