"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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Capitulo 8 después del Epílogo
El día que Schrödinger aprendió a abrir la nevera, supe que nuestra vida había entrado en una nueva fase.
No fue un aprendizaje gradual, de esos que los psicólogos conductistas llamamos "moldeamiento por aproximaciones sucesivas". No. Schrödinger no era un gato que aprendiera por ensayo y error. Schrödinger era un gato que observaba, acumulaba datos y, cuando consideraba que el momento era propicio, actuaba con la precisión de un cirujano y la moral de un delincuente.
Ocurrió un martes. Los martes, por alguna razón que aún no he logrado descifrar, son los días en que el universo decide poner a prueba mi estabilidad emocional.
Andrés estaba en el estudio, encerrado desde las ocho de la mañana con su ordenador y un termo de café del tamaño de un extintor. Llevaba así tres días. La campaña para la editorial estadounidense —mi editorial, la que publicaba a V. Núñez al otro lado del Atlántico— estaba en su fase final. Bocetos, llamadas con Nueva York a horas intempestivas, correos electrónicos que llegaban en ráfagas como ametralladoras digitales.
Yo estaba en el salón, corrigiendo las galeradas de "Veintidós maneras de seguir enamorado (Sin morir en el intento)", mi nueva novela. La que había escrito en los últimos seis meses, a ratos robados al sueño y a la cordura. La que contaba nuestra historia. La de verdad. Con sus tapas de mantequilla extraviadas, sus discusiones sobre la plausibilidad anatómica de los besos y sus mañanas de café en El Psicoanálisis.
La que Netflix, para mi eterna incredulidad, había confirmado que adaptaría a serie.
—¿Ves? —me había dicho Andrés cuando recibimos la noticia—. Te dije que nuestra historia era la mejor que había leído nunca.
—Eso es muy arrogante.
—Es muy cierto.
Y no pude rebatírselo. Porque lo era.
Pero aquel martes, mientras corregía el capítulo siete (siempre el capítulo siete, el de las crisis, el de los puntos de inflexión), un ruido procedente de la cocina me heló la sangre.
Era un ruido que conocía bien. El ruido de la puerta de la nevera al abrirse. Ese thump sordo seguido de un leve silbido de succión cuando la goma se despega del marco.
Pero Andrés estaba en el estudio. Y yo estaba en el salón.
—¿Andrés? —llamé.
—¿Sí? —Su voz llegó amortiguada desde el otro lado del pasillo.
—¿Has ido a la cocina?
—No. Llevo aquí desde las ocho. ¿Por qué?
—Por nada. Sigue trabajando.
Me levanté del sofá. Despacio. Con ese sigilo que solo se aprende cuando compartes casa con un felino de inteligencia sospechosa. Avancé por el pasillo. Empujé la puerta de la cocina.
Y allí estaba.
Schrödinger. Sobre sus patas traseras. Con la pata delantera derecha enganchada en el borde de la nevera. La puerta entreabierta. La luz interior iluminando su rostro como si fuera el protagonista de una película de terror de bajo presupuesto.
Y en el estante inferior, a su alcance, el tupper con el salmón ahumado que habíamos comprado el domingo para una cena especial que nunca llegamos a hacer.
—Schrödinger —dije, con una calma que no sentía—. ¿Qué estás haciendo?
Schrödinger me miró. Su expresión no era de culpabilidad. No era de sorpresa. Era de "Humana, esto no es lo que parece. Y aunque lo fuera, no tienes pruebas."
—Andrés —llamé, sin apartar la vista del gato—. Ven a la cocina. Ahora.
Treinta segundos después, Andrés apareció en la puerta. Con el pelo revuelto, ojeras de tres días y una mancha de café en la camiseta.
—¿Qué pasa? ¿Está ardiendo algo? ¿Se ha estropeado la cafetera? Porque si se ha estropeado la cafetera, juro que...
—Mira.
Señalé a Schrödinger. Schrödinger seguía en la misma posición. Pata en la nevera. Puerta entreabierta. Ojos de "no tengo nada que declarar".
—¿Está... abriendo la nevera?
—Ha abierto la nevera. En pasado. Es la primera vez. Pero no será la última.
—¿Cómo ha aprendido?
—Observándonos. Lleva un año viéndonos abrir la nevera. Ha acumulado datos. Ha identificado el patrón. Y hoy ha decidido pasar a la acción.
—Eso es...
—Aterrador. La palabra que buscas es aterrador.
—Iba a decir "impresionante". Desde un punto de vista evolutivo.
—Andrés. Nuestro gato ha aprendido a abrir la nevera. Eso significa que puede acceder a cualquier alimento que tengamos. Significa que ya no hay barreras físicas entre él y el salmón ahumado. Significa que estamos indefensos.
Andrés se acercó a Schrödinger. El gato le sostuvo la mirada. Dos depredadores. Dos estrategas. Dos seres que, en el fondo, se respetaban.
—Schrödinger —dijo Andrés, con voz grave—. Esto cambia las cosas.
Schrödinger parpadeó lentamente. En lenguaje felino, eso podía significar "lo sé" o "me importa un comino" o "he visto el vacío del cosmos en mis sueños y tu nevera no es más que una anécdota".
—Tenemos que poner un seguro para niños —dije—. De esos que impiden abrir la puerta.
—¿Un seguro para niños? ¿Para un gato?
—Un seguro para neveras. Lo que sea. Algo que le impida abrirla.
—¿Y si en lugar de impedírselo, negociamos?
—¿Negociar con un gato?
—Negociar con Schrödinger. Él es... diferente.
Era cierto. Schrödinger no era un gato normal. Schrödinger era un gato que parecía entender cada palabra que decíamos, que nos miraba con una mezcla de desprecio y complicidad, que había aceptado a Andrés en la cama después de un exhaustivo proceso de olfateo y que, según Clara, era "la reencarnación de algún filósofo existencialista con sentido del humor".
—¿Y qué le ofrecemos? —pregunté—. ¿Salmón a cambio de no allanar la nevera?
—Exacto. Refuerzo positivo. Tú misma lo explicaste en el capítulo cuatro de "Veinte maneras de enamorarte".
—Eso era para relaciones humanas.
—El amor es el amor. Da igual la especie.
Schrödinger emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso. Como si dijera: "Trato hecho. Pero quiero el salmón ahora."
Y así, un martes cualquiera de enero, nuestra vida dio otro giro inesperado. Porque convivir con Andrés ya era un ejercicio diario de negociación, paciencia y sentido del humor. Pero convivir con Andrés y con un gato que había aprendido a abrir la nevera era otra dimensión de la experiencia.
Una que ninguna novela romántica había anticipado.
Una que, estaba segura, acabaría en el capítulo siete de la siguiente.
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Aquella noche, con la nevera asegurada con un invento casero de Andrés (una goma elástica y un clip, pura ingeniería publicitaria), nos sentamos en el sofá. Schrödinger, satisfecho con su ración negociada de salmón, roncaba en su cojín.
—¿Crees que deberíamos incluir esto en la serie? —preguntó Andrés.
—¿Lo de Schrödinger abriendo la nevera?
—Sí. Es un buen detalle. Muestra que la vida real es más extraña que la ficción.
—La vida real es un desastre. La ficción solo intenta imitarla.
—Entonces, ¿lo incluimos?
—Lo incluimos. Pero con una condición.
—Usted dirá.
—Que en la serie, Schrödinger hable. Con voz de Morgan Freeman.
Andrés rió. Esa risa. La suya. La que llevaba un año y medio siendo la banda sonora de mis días.
—Trato hecho. Pero solo si en los créditos ponen "Schrödinger se interpreta a sí mismo".
—Trato hecho.
Me besó. Allí, en el sofá de nuestro apartamento, con nuestro gato delincuente roncando a nuestro lado y el futuro extendiéndose ante nosotros como un libro en blanco.
Y supe, con la certeza de quien ha aprendido que el amor no se escribe, se vive, que aquella historia no tenía final.
Solo tenía puntos suspensivos.