Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto I: La Pieza
Capítulo 11: El portazo
—
El lunes después de la cena, llegué a la oficina con el corazón en un puño y tres horas de sueño a cuestas.
No había pegado el ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía su casa, su colección, mi escultura iluminada como una reliquia.
Sentía su cuerpo cerca del mío en esa última habitación.
Y luego me odiaba por pensar en eso.
—Tienes cara de haber dormido mal —dijo Encarna nada más verme.
—Gracias, tú siempre tan diplomática.
—No es diplomacia, es la verdad. ¿Pasó algo el fin de semana?
—Nada. Todo normal.
Mentira. Pero Encarna no necesitaba saberlo.
Me senté en mi mesa, encendí el ordenador, y esperé.
¿Qué esperaba? No lo sabía. ¿Un mensaje? ¿Una mirada? ¿Que él apareciera en la máquina de café como siempre, con su agua y su sonrisa contenida?
A las diez, sonó mi teléfono. Llamada interna.
—¿Sí?
—Irene, soy Sergio. El señor Moncada necesita unos informes. ¿Puedes subirlos a su despacho?
—Sí, claro. Ahora mismo.
Colgué. El corazón se me aceleró. Subir a su despacho. Verlo. Decir algo, aunque no supiera qué.
Busqué los informes, los puse en orden, y tomé el ascensor al piso veintinueve.
Las puertas se abrieron.
Y ahí estaba.
Pero no solo.
Una mujer lo acompañaba. Rubia, alta, elegantísima, con un vestido rojo que parecía costar más que mi alquiler de un año. Reían juntos junto a la ventana del recibidor. Él tenía una mano en su hombro. Ella le tocaba el brazo mientras hablaba.
Me quedé paralizada.
—Irene —dijo Sergio, apareciendo a mi lado—. Puedes dejar los informes en mi mesa. Luego los firmo yo.
—Pero el señor Moncada...
—Está ocupado. Yo me encargo.
Dejé los informes. Miré hacia la ventana. Él no me había visto. O fingía no haberme visto.
Salí del despacho sin hacer ruido.
—
En el ascensor, de bajada, me apoyé contra la pared y respiré hondo.
—Idiota —me dije—. Idiota, idiota, idiota.
¿Qué esperabas? ¿Que fuera especial? ¿Que una cena significara algo? Es tu jefe. Solo es tu jefe. Y los jefes cenan con sus empleadas cuando les apetece y luego siguen con su vida.
Pero dolía. Dolía más de lo que debería.
—
El martes fue igual.
Él no apareció por la máquina de café. No pasó por mi mesa. No hubo mensajes, ni miradas, ni nada.
El miércoles, lo vi de lejos en el vestíbulo. Iba con la misma mujer del vestido rojo, ahora con un conjunto gris igual de caro. Salían juntos. Ella reía. Él le sostenía la puerta.
No me vio. O no quiso verme.
El jueves, ya no podía más.
—
Esa noche, Laura vino al estudio con comida china y cara de interrogatorio.
—¿Qué pasa? Llevas toda la semana rara.
—Nada.
—No me mientas.
—Es que no sé qué contarte.
—Empieza por el principio.
Se lo conté. La cena, la colección, la escultura. Y luego el portazo.
La rubia. El silencio. La nada.
—¿Y tú qué esperabas? —preguntó Laura.
—No lo sé. ¿Que pasara algo? ¿Que me mirara? ¿Que al menos... no sé, fingiera que existo?
—Pero existes. Trabajas para él.
—No es lo mismo.
—Claro que no es lo mismo. Tú querías que fuera algo más.
—No.
—Sí.
—No.
—Irene.
—Vale, sí. Pero ya no. Ya se me ha pasado.
—Mentirosa.
Cogí un trozo de rollito de primavera y lo mordí con rabia.
—Lo peor es que no entiendo nada —dije—. Me invita a su casa. Me cocina. Me habla de su madre, de su infancia, de sus obsesiones.
Me mira como si yo fuera... no sé, alguien importante. Y luego, nada. Como si no existiera.
—Los tíos son así.
—No todos.
—Los ricos, sí.
—
El viernes, por fin, ocurrió.
Yo estaba en la máquina de café, sola, esperando que el vaso se llenara. No había dormido bien. Otra vez.
—Irene.
Me giré.
Él estaba ahí. Solo. Traje oscuro, camisa blanca, ojos azul oscuro mirándome como siempre.
—Señor Moncada.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
—Bien.
Pausa. El café seguía cayendo. Él no pedía su agua.
—La semana ha sido complicada —dijo—. Disculpe si no he podido...
—No tiene que disculparse.
—Sí, sí tengo.
El café terminó. Cogí el vaso. Él no se movía.
—La mujer del vestido rojo —dijo—. Es una inversora. De Bilbao.
Estuvimos negociando toda la semana.
—No es asunto mío.
—Lo sé. Pero quería que lo supieras.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que pienses...
—No pienso nada.
—Irene.
—De verdad. No pienso nada. Es su vida.
Sostuve su mirada. Por primera vez, no aparté la vista.
—Gracias por la cena —dije—. Fue... interesante.
Y me fui.
—
Esa noche, en el estudio, me senté frente al lienzo vacío.
Blanca saltó a mis rodillas. La acaricié en silencio.
—No voy a pensar en él —le dije—. Tengo una exposición que preparar. Tengo una vida.
La gata ronroneó. No parecía muy convencida.
Empecé a pintar. Horas. Sin parar.
Cuando levanté la vista, había pintado una espalda. Una espalda ancha, fornida, con luz de ventanal.
Su espalda.
—Mierda.