El amor entra por el estómago y los ojos
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
18
La conversación entre las amigas se extendió hasta que la última luz de la calle se apagó, dejando la cafetería en una penumbra cálida. Jazmín intentaba procesar la revelación que Mirna acababa de soltar con tanta naturalidad. Ser "mercancía no tocada" sonaba a algo antiguo, casi sagrado, pero en la boca de su amiga parecía una tragedia nacional.
—No me mires así, Mirna —dijo Jazmín, guardando los trapos con una energía nerviosa—. No es que sea una monja, simplemente... la vida no me ha dado tregua. Mientras tú fantaseas con asaltos en la barra de fríos, yo fantaseaba con tener para el recibo de la luz. Mis prioridades eran sobrevivir, no derretirme en los brazos de nadie.
Mirna se cruzó de brazos, apoyando la cadera contra el mostrador.
—Ya, pero ahora la luz está pagada y el destino te mandó un cargamento de testosterona rusa en camionetas blindadas. Eso no es coincidencia, Jaz. Es el universo diciéndote que ya es hora de que alguien te quite el envoltorio. Y ese Sergei... —Mirna soltó un suspiro dramático—. Ese hombre no pide permiso, él toma posesión. Si yo fuera tú, ya estaría practicando cómo no desmayarme cuando vuelva a entrar por esa puerta.
—No va a volver, Mirna. Solo vino por dulces para su hija —replicó Jazmín, aunque su propio corazón la traicionaba con un latido desbocado cada vez que recordaba la mano del gigante rozando la suya.
—¿Ah, sí? ¿Y por eso se te quedó mirando como si fueras el postre principal? —Mirna soltó una carcajada que resonó en el local vacío—. Amiga, ese tipo tiene ojos de cazador. Y tú, con esa carita de "no rompo un plato" y ese delantal manchado de harina, eres exactamente lo que un lobo como él quiere merendar.
Jazmín prefirió no contestar. Se imaginó a Sergei, con su metro noventa y esa presencia que llenaba cualquier habitación, y sintió un cosquilleo que nada tenía que ver con la repostería. La idea de ser descubierta por un hombre así, de ser la "primera" para alguien que seguramente lo había visto y tenido todo, le provocaba un vértigo aterrador y excitante a la vez.
Se quedaron un momento en silencio, solo acompañadas por el zumbido de los refrigeradores. Jazmín dejó el trapo sobre la barra y miró a Mirna, que seguía con la mirada perdida, seguramente repasando mentalmente los músculos del de gafas oscuras. De pronto, una duda compartida, una de esas que nacen de la curiosidad femenina más básica y peligrosa, flotó en el aire.
Las dos se miraron fijamente a los ojos, conectadas por la misma intriga. Ya no importaba si una era "mercancía no tocada" o si la otra estaba en abstinencia; había una pregunta vital que ninguna de las dos había resuelto mientras los escaneaban en el mostrador.
Se inclinaron la una hacia la otra sobre el mármol, como si fueran a compartir el secreto mejor guardado de la repostería, y al unísono, con el mismo tono de urgencia y duda, soltaron la pregunta:
—¿Y si es casado?
Se quedaron congeladas tras pronunciar las palabras. Jazmín pensó en la niña, en la calidez con la que él hablaba de su "reina", y el corazón se le apretó un poquito. Si había una esposa, una mujer a la altura de ese demonio azul, ellas no tenían nada que hacer ahí.
—Si tiene esposa, espero que sea una santa —murmuró Mirna rompiendo el trance—, porque con esos ojos y ese dinero, yo no lo dejaba salir ni a comprar pan, mucho menos a una pastelería llena de solteras desesperadas.
—No lo sé —susurró Jazmín, sintiéndose de pronto tonta por preocuparse—. Pero algo me dice que ese hombre no tiene dueña... o que la que tenía ya no está.
Mientras tanto, en la mansión Románov, Sergei apuraba su vodka. No había ninguna alianza en su mano izquierda, solo el peso de un imperio y el recuerdo de una pastelera que, sin saberlo, acababa de despertar al monstruo.