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El Hombre Equivocado

El Hombre Equivocado

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?

NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La grieta

Los días en las Bahamas dejaron de ser una vacación para convertirse en un asedio. No había rutina, solo desgaste.

Samira despertaba cuando el sol ya estaba alto e hiriente. Ignoraba las llamadas de Elena, que buscaba detalles románticos para alimentar el chisme social de Orlando, y borraba los correos de su padre sobre estados financieros. Salía. Siempre salía. Se refugiaba en playas exclusivas y bares de techos de paja donde el alcohol era caro y las preguntas inexistentes. Buscaba el ruido para no escuchar el silencio que la esperaba en la suite.

Y él… siempre estaba.

No invadía su mesa, no le pedía bailes, ni intentaba tomar su mano para las cámaras. Pero Dominic era una constante en la periferia de su visión. Al tercer día, Samira aprendió a identificarlo: era la silueta inmóvil en la barra, el hombre que leía un periódico en una mesa apartada o la sombra que la esperaba, apoyada en un muro de piedra, cuando ella salía del club de madrugada.

Esa vigilancia silenciosa la irritaba más que un insulto. La hacía sentirse custodiada, como una joya que su padre había dejado en manos de un guardaespaldas barato.

La cuarta noche, el aire pesaba con una humedad eléctrica. Samira se encontraba en un local más ruidoso de lo habitual, donde la música retumbaba en las paredes y el discernimiento se perdía entre copas de ginebra. Bebió para olvidar el nombre de Antuan, pero solo logró invocar su fantasma.

De pronto, una mano se cerró sobre su brazo con una firmeza que no conocía la cortesía.

—Tranquila, hermosa —le susurró un tipo al oído, desprendiendo un aliento agrio a mezcal—. No tienes que irte tan rápido. La noche apenas empieza para alguien como tú.

Samira intentó zafarse, pero el agarre era una tenaza.

—Suéltame. Ahora mismo —ordenó, intentando invocar el orgullo de los Johnson, pero su voz sonó pastosa, traicionada por el alcohol.

El hombre no se inmutó. La atrajo más hacia él, con una sonrisa depredadora. A su alrededor, la gente bailaba, ajena, sumergida en su propio trance. Nadie miraba. Nadie intervenía. El miedo, frío y real, comenzó a treparle por la columna.

Y entonces, la presión desapareció.

El sujeto fue arrancado de su lado con una violencia controlada. Dominic se había materializado entre ellos, interponiendo su cuerpo como un muro de contención.

—¿Cuál es tu problema, imbécil? —ladró el tipo, intentando recuperar su postura.

Dominic no gritó. No hizo un escándalo. Pero dio un paso adelante, y bajo la luz de neón, su cicatriz en el cuello pareció brillar con una advertencia antigua.

—El problema es que ya te dijo que no —respondió Dominic. Su voz era un hilo de acero—. Y yo soy el problema que no quieres tener esta noche. Vete.

Hubo una pausa eterna. El agresor evaluó la mirada de Dominic —esos ojos color miel que no parpadeaban— y comprendió que estaba frente a alguien que no jugaba bajo las reglas de los clubes de playa. Soltó una maldición entre dientes y se perdió entre la multitud.

El silencio regresó entre ellos mientras caminaban hacia el hotel bajo las palmeras agitadas por el viento. El aire nocturno ayudó a despejar la niebla en la cabeza de Samira, pero solo para darle espacio a su furia.

—No necesitaba tu ayuda —escupió ella, aunque sus manos aún temblaban.

—No —respondió él, caminando un paso por detrás—. Pero eres mi esposa ante el mundo, y dejar que un tipo te manosee me hace quedar mal a mí.

—¿A ti? —Samira se detuvo en seco y se giró—. Me sigues a todas partes supuestamente para cuidarme. ¡Deja de seguirme!

—No te sigo. Coincidimos —replicó él con una ironía gélida que la hizo estallar.

—¡Esto no es un juego! Déjame en paz, no te soporto. Tu apellido no vale nada, Dominic, al igual que tú. Eres un simple empleado de mi padre.

Llegaron a la suite. Samira se arrancó los tacones, lanzándolos contra la alfombra con violencia.

—¡Deja de hacerlo! —gritó, enfrentándolo en medio de la estancia—. ¡Deja de actuar como si te importara lo que me pase!

Dominic cerró la puerta y la miró de frente. Sus hombros estaban tensos.

—¿Actuar? ¿Crees que para mí es satisfactorio tener que vigilar a una niña adulta que no sabe cuándo dejar de beber para olvidar a un cobarde?

—¡Te están pagando por hacerlo! —rugió ella, con lágrimas de frustración quemándole los ojos—. ¡Deberías estar agradecido de que mi padre te sacara del hueco de porquería donde vivías! Estás en un paraíso que con tu sueldo miserable jamás podrías conocer.

—Insultarme solo demuestra tu inmadurez, Samira —dijo él, con una calma que fue el combustible final para el incendio de ella.

—¿Y por qué sigues aquí si soy tan insoportable? ¿Qué haces aquí si me odias? —lo desafió, acercándose.

—Estoy aquí porque acepté —dijo él.

—¡Eso no responde nada!

Dominic dudó. Una sombra de vulnerabilidad cruzó su rostro antes de endurecerse de nuevo.

—Porque no tenía nada más —confesó. La verdad cayó seca, sin adornos. Un hombre que no esperaba nada, cansado quizás de vivir.

—Eso no es razón para casarte con una extraña —murmuró ella, buscando herirlo una última vez.

—Tampoco es razón para casarte con alguien que se escapa por la puerta trasera antes de decir "sí" —replicó él.

El golpe fue directo al corazón. Samira sintió que el aire se volvía ácido.

—No sabes nada de mí —susurró ella.

—No eres difícil de entender, Samira Johnson. Eres caprichosa, grosera e increíblemente ingenua. Crees que el mundo te debe algo solo por tu apellido, vives en un cuento irreal, eres más una carga que una compañera por eso te dejo ese idiota.

El calor subió por el rostro de Samira en una ola incontrolable. Antes de que su mente pudiera procesarlo, su mano se movió. El sonido de la bofetada resonó en la suite como un disparo.

El rostro de Dominic se giró por el impacto. El silencio que siguió fue absoluto. Él no devolvió el golpe, ni gritó. Se llevó la mano a la mejilla, donde la marca roja de los dedos de Samira empezaba a florecer, y la miró con una decepción tan profunda que ella sintió ganas de desaparecer.

—Así es como quieres que sean las cosas, Samira —dijo él en un susurro que le heló la sangre—. Entendido.

Dominic dio media vuelta y caminó hacia su habitación. Cerró la puerta sin hacer ruido, dejándola sola en la inmensidad de la suite de lujo.

Esa noche, por primera vez, Dominic no volvió a salir al salón. No hubo botellas de agua esperándola, ni miradas de vigilancia en la madrugada. Samira se quedó sentada en la cama, mirando hacia la puerta de él, sintiendo que el silencio era ahora un enemigo real.

Había una grieta. Pequeña, pero definitiva. Samira se dio cuenta de que había logrado lo que quería: alejarlo. Pero al hacerlo, se sintió más sola que el día que Antuan la dejó en el altar. Porque ahora sabía que, si volvía a caer, ya no habría nadie allí para recoger sus pedazos.

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Eneida Acosta
para cuando los otros capítulos gracias
Andre
Hay contradicción. Primero habla del silencio en el despacho donde no se defendió de los golpes y luego de ella creyendo que no le hicieron nada
Yaya García: lo mejor de esta autora es que sus novelas están conectadas, y así se entera uno de la vida de los personajes secundarios.
por ejemplo la novela tropezando con el amor está vinculada con dinastía brekman, heredero enamorado y la nueva que es sediento de venganza🥰
total 1 replies
Susana Damiano
/Drool//Drool//Rose//Rose/
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