Hace tres mil años, nueve cultivadores legendarios crearon la técnica de cultivación definitiva: la Orquestación de los Nueve Dragones. Se decía que esta técnica podía llevar a quien la dominara más allá de los límites del Reino del Ascenso Eterno —un umbral que ningún cultivador había logrado cruzar jamás, porque la Tribulación Celestial siempre destruía a quienes se atrevían a intentarlo.Pero al comprender el peligro que entrañaba, los fundadores dividieron la técnica en nueve pergaminos y los repartieron entre los nueve clanes que ellos mismos habían fundado. Cada pergamino representaba un aspecto del dragón: Trueno, Fuego, Agua, Tierra, Viento, Luz, Sombra, Espacio y Caos.Durante milenios, estos nueve clanes se impusieron como las fuerzas dominantes del mundo de la cultivación. Sin embargo, ninguno se atrevió jamás a reunir los pergaminos, porque la leyenda advertía: «Quien una a los Nueve Dragones se alzará como Soberano de los Cielos… o será quien destruya el mundo.»
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Capítulo 11
La arena fue despejada. La formación protectora se reforzó: iba a enfrentarse a los dos cultivadores más poderosos de la generación de discípulos internos.
El Anciano Shen se plantó en el centro de la arena.
—¡Por fin el torneo ha llegado a la final! —Su voz retumbó en todo el recinto—. ¡Bai Yun se enfrentará a Zhang Kun! ¡Quien gane hoy obtendrá la Píldora de Fundamento Dorado y el título de Discípulo Interno más Fuerte!
Los vítores ensordecieron la arena. Era el momento que todos habían esperado.
Bai Yun y Zhang Kun subieron desde lados opuestos. Se detuvieron frente a frente e intercambiaron una reverencia de respeto.
—Que sea un buen combate —dijo Bai Yun.
—Que sea un buen combate —repitió Zhang Kun.
El Anciano Shen retrocedió fuera de la arena.
—¡Comiencen!
Ninguno de los dos atacó de inmediato. Se estudiaron, evaluaron, buscaron la grieta en la defensa del otro.
Entonces Zhang Kun se movió primero.
Estrelló el puño contra el suelo y envió una onda de Qi de tierra a través de la arena. El piso se agrietó y se levantó al instante, convirtiendo la superficie en terreno irregular.
*Está transformando el campo de batalla*, comprendió Lin Feng. *Quiere evitar que Bai Yun aproveche su velocidad al máximo sobre un suelo inestable.*
Pero Bai Yun no se alteró en lo más mínimo. Ejecutó el "Paso de la Nube" para flotar sobre el terreno destrozado, moviéndose como una sombra y acercándose a Zhang Kun por el flanco.
Zhang Kun levantó un "Muro de Tierra" para bloquearla, pero ella ya lo había anticipado. Saltó muy alto por encima de la barrera y atacó desde arriba con el "Tajo de la Nube Caída".
Zhang Kun alzó ambas manos y una formación de Qi de tierra conformó un escudo sobre su cabeza.
¡CLANG!
La espada de Bai Yun chocó contra el escudo con violencia, pero no logró penetrarlo.
Bai Yun retrocedió a toda velocidad antes de que Zhang Kun pudiera contraatacar, aterrizando a varios metros de distancia.
Volvieron a medirse.
*Bai Yun tiene velocidad y técnica extraordinarias*, analizó Lin Feng sin perder detalle. *Pero la defensa de Zhang Kun es casi impenetrable, y sus reservas de Qi son muy superiores. Si el combate se alarga, Zhang Kun ganará por resistencia.*
Bai Yun pareció llegar a la misma conclusión. Cambió de estrategia al instante.
En lugar de ataques directos, empezó a golpear desde múltiples ángulos en ráfagas sucesivas. Izquierda, derecha, arriba, abajo —sin darle a Zhang Kun un segundo para respirar.
Zhang Kun resistía con sus formaciones de tierra, pero cada arremetida de Bai Yun erosionaba un poco más su guardia. Claro que eso también consumía el Qi de ella a gran velocidad.
El combate se convirtió en una carrera contra el tiempo. ¿Lograría Bai Yun romper la defensa de Zhang Kun antes de quedarse sin Qi? ¿O Zhang Kun aguantaría hasta que ella se agotara?
Cinco minutos. Diez. Quince.
Ambos empezaban a mostrar fatiga. El sudor les bañaba la cara y la respiración se les entrecortaba.
Entonces Bai Yun tomó una decisión.
Retrocedió hasta el borde de la arena y respiró hondo. Concentró todo el Qi que le quedaba en un único ataque final.
Su espada empezó a brillar con una luz azul intensa. El Qi fluía hacia la hoja entera.
—¡Tajo Celestial!
La técnica definitiva de Bai Yun. Un golpe que volcaba casi todo su Qi en una sola estocada capaz de partir el aire.
Zhang Kun vio venir el ataque y supo que no bastaba con defenderse. Él también reunió cada gota de Qi restante.
La tierra a su alrededor tembló. Piedras pequeñas flotaron en el aire. Su Qi de tierra brotó hacia fuera y formó una armadura gruesa que le cubrió el cuerpo entero.
—¡Fortaleza de Montaña Eterna!
La técnica definitiva de Zhang Kun. Una defensa absoluta capaz de resistir incluso el ataque de un cultivador un nivel por encima, al precio de todo su Qi.
Bai Yun se lanzó al frente a velocidad vertiginosa, la espada resplandeciente en la mano. Zhang Kun se plantó firme, la armadura de tierra cubriéndolo de pies a cabeza.
Espada contra armadura.
¡BOOOM!
La explosión de energía sacudió la arena entera. La formación protectora vibró con fuerza y estuvo a punto de resquebrajarse. Polvo y escombros salieron disparados en todas direcciones.
El público contuvo la respiración.
Cuando el polvo se fue asentando, vieron a Bai Yun de pie, la espada clavada en la armadura de Zhang Kun... pero sin haberla atravesado del todo.
Zhang Kun seguía firme. Su armadura estaba cuarteada en múltiples puntos, pero intacta en lo esencial.
Ninguno de los dos se movía. No podían moverse: ambos habían agotado su Qi.
Entonces Bai Yun esbozó una sonrisa débil.
—Me... rindo.
Retiró la espada y dio un paso atrás, tambaleándose al borde del desplome. Un Anciano saltó a la arena de inmediato para sostenerla.
Zhang Kun, cuya armadura de tierra se deshizo en polvo, también cayó de rodillas. Seguía consciente, pero apenas podía mantenerse erguido.
El Anciano Shen levantó el brazo de Zhang Kun.
—¡El ganador del torneo es Zhang Kun!
La ovación fue atronadora. El público vitoreó a los dos: a Bai Yun por pelear con elegancia hasta el final, y a Zhang Kun por resistir con su defensa inquebrantable.
Lin Feng observó con sentimientos encontrados.
Por un lado, admiraba la fuerza de ambos. Eran los cultivadores más poderosos del Reino de Reunión de Qi: no solo tenían poder, sino técnica, estrategia y determinación.
Por otro, no podía evitar el cálculo: *Con el Pergamino del Dragón del Caos y la combinación de elementos, podría vencer a los dos. No sería fácil, pero es posible. Aunque eso solo se debe a la singularidad del pergamino. Sin él, jamás habría alcanzado su nivel.*
Pero eso ahora no importaba.
Lo que importaba era que el torneo había terminado. Todas las miradas estaban fijas en Zhang Kun, que pronto recibiría su premio.
*Es ahora.*
Lin Feng se apartó de la tribuna con sigilo. Nadie lo notó; todo el mundo tenía los ojos puestos en la arena, donde el Anciano Shen preparaba la ceremonia de entrega.
Caminó con naturalidad hacia la parte trasera de la tribuna principal, donde estaba la escalera que conducía a la sala de premios. Dos discípulos externos montaban guardia en la puerta, tal como había previsto.
Lin Feng se acercó con una bandeja vacía en las manos, fingiendo ser un sirviente en busca de provisiones.
—Disculpen —les dijo con cortesía—. Necesito traer más bandejas del almacén.
Uno de los guardias le echó un vistazo.
—El almacén está por allá, no aquí.
—Ah, perdón. Soy nuevo. —Lin Feng esbozó una sonrisa boba y giró como si fuera a irse.
Pero al dar la vuelta, su mano lanzó algo al piso con un movimiento imperceptible.
Una pequeña bomba de humo, fabricada con ingredientes que había reunido de la cocina de la academia durante los últimos días.
¡PUF!
Una densa humareda blanca se expandió al instante y llenó el pasillo angosto.
—¡¿Q-qué es esto?! —gritó el otro guardia.
En la ceguera del humo, Lin Feng ejecutó el "Paso Sombra del Viento". Desapareció de la vista de ambos guardias y reapareció frente a la puerta de la sala de premios.
La formación protectora en la puerta brilló en rojo al detectar una presencia no autorizada.
Pero Lin Feng estaba preparado. Canalizó su Qi de Caos hacia la formación. El Qi se infiltró en la estructura, distorsionando su configuración poco a poco.
La formación parpadeó. Rojo. Amarillo. Verde. Se apagó.
La puerta cedió. Lin Feng entró a toda velocidad y cerró tras de sí.
La sala de premios era pequeña y oscura. Pero en el centro, sobre un altar reducido, reposaba una caja de jade que emitía un brillo tenue.
Lin Feng la abrió. Adentro había una píldora del tamaño de una canica, dorada, con un patrón de dragón enroscado en la superficie.
La Píldora de Fundamento Dorado.
Lin Feng la tomó, y en ese preciso instante escuchó voces afuera.
—¡El humo se está disipando!
—¡Revisen la sala de premios! ¡Rápido!
*¡Maldición!*
Lin Feng se guardó la píldora en el bolsillo y examinó la habitación buscando una salida. No había ninguna. Solo una puerta.
Las pisadas se acercaban rápido.
No había tiempo para escapar.
Lin Feng canalizó de inmediato Qi de Caos por todo su cuerpo y activó la "Cortina de Niebla del Caos", generando una ilusión que difuminaba su presencia.
La puerta se abrió de golpe.
Los dos guardias irrumpieron con las espadas desenvainadas, escudriñando cada rincón.
—¡¿Quién anda ahí?!
Vieron el altar. Vieron la caja de jade abierta.
—¡La caja del premio está abierta! —gritó uno—. ¡Verifica si la píldora sigue ahí!
El otro se acercó a la caja y miró dentro.
Estaba vacía.
—¡La píldora desapareció!
Al instante sonó la alarma. Un gong grave retumbó por toda la academia.
¡GONG! ¡GONG! ¡GONG!
Lin Feng seguía inmóvil en un rincón de la sala, su ilusión de Caos ocultando su presencia.
Ahora llegaba más gente. Ancianos, discípulos de núcleo, todos convergían en la sala de premios.
El Anciano Shen apareció con el rostro endurecido.
—¡¿Qué sucedió?!
—¡Anciano! ¡La Píldora de Fundamento Dorado fue robada!
Un silencio mortal.
Luego el Anciano Shen bramó:
—¡Cierren todas las puertas de la academia! ¡Que nadie salga! ¡Registren a todos!
*No, no, no.*
Lin Feng comprendió su error. Había calculado que podría robar la píldora y huir antes de que nadie se diera cuenta. Pero no previó una reacción tan rápida.
Ahora la academia estaba en cierre total. Y la píldora estaba en su bolsillo. Si registraban a todos —incluidos los sirvientes—, lo atraparían.
*¡Idiota! ¡Idiota!*
Pero ya era tarde para lamentarse.
Tenía que decidir rápido: deshacerse de la píldora y salvar su pellejo, o conservarla y asumir el riesgo.
Metió la mano en el bolsillo y palpó la pequeña esfera.
La píldora que podía fortalecer sus cimientos. La píldora que podía aumentar sus probabilidades de sobrevivir a la tribulación.
La píldora que quizá marcara la diferencia entre vivir y morir durante el avance.
Lin Feng cerró el puño.
*No. No voy a tirarla. Ya fui demasiado lejos. Solo necesito encontrar la forma de salir de aquí.*
¿Pero cómo?
La academia estaba sellada. Todas las puertas, vigiladas. Las formaciones de detección se activarían en cualquier momento. Y tarde o temprano, su ilusión de Caos se debilitaría y lo descubrirían.
Lin Feng cerró los ojos. Su mente giraba a toda velocidad, buscando una salida.
Y de pronto, los abrió.
Sí. Le quedaba una última opción.
Una opción arriesgada. Una opción que revelaría su secreto. Pero tal vez la única forma de salir con vida.
Tenía que avanzar de nivel. Ahora.
La Tribulación del Reino de Formación de Fundamento provocaría un caos lo bastante grande como para que todo el mundo se concentrara en el fenómeno celeste, dándole la oportunidad de huir en el desorden.
Pero el avance requería un lugar seguro. Y él estaba en medio de una academia en pleno cierre total.
A menos que...
Lin Feng recordó un lugar.
La sala oculta debajo de la biblioteca. El sitio donde encontró el pergamino por primera vez.
Si lograba llegar hasta allí sin ser detectado, podría intentar el avance bajo tierra. La tribulación ocurriría de todas formas, pero la profundidad bastaría para atenuar la detección... aunque no para ocultarla por completo. Y cuando todos salieran corriendo a buscar el origen de la tribulación, él podría escapar en medio del caos.
¿Arriesgado? Tremendamente.
Pero mejor que ser atrapado con la píldora en el bolsillo.
Lin Feng respiró hondo.
*Bien. No existe un plan perfecto. Es hora de improvisar.*