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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

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CAPÍTULO 15

El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando Kassandra ajustó el bolso sobre su hombro, los dedos apretando el cuero como si eso pudiera darle fuerza. Había dormido menos de tres horas, el cuerpo tenso como un resorte listo para dispararse. El plan con Jennifer estaba claro: encontrarse en el estacionamiento del centro comercial a las nueve, tomar el coche alquilado y desaparecer antes de que Fabián sospechara. Pero el destino, como siempre, parecía tener otros planes.

El teléfono vibró en el fondo de su bolso, un zumbido sordo que le heló la sangre. Lo sacó con manos que de repente parecían ajenas, la pantalla iluminándose con el nombre de Fabián. Por un segundo, consideró ignorarlo, dejar que cayera al buzón de voz y seguir caminando hacia su libertad. Pero conocía ese instinto demasiado bien, era el mismo que la había mantenido callada durante años, el que le susurraba que desobedecer sería peor. Respiró hondo, los labios secos, y deslizó el dedo sobre la pantalla.

—Kassandra.— Su voz llegó suave, casi melódica, como si estuviera comentando el clima. Pero ahí estaba, ese dejo helado bajo las palabras, como el filo de un cuchillo envuelto en seda. —Necesitamos hablar. Ahora.—

El estómago se le cerró. No era una petición. Nunca lo era. Era una orden disfrazada de cortesía, y ella sabía exactamente qué pasaría si la desafiaba. Las imágenes de la noche anterior—Fabián con esa mujer de vestido rojo, sus manos sobre ella, sus labios devorándola—le quemaban detrás de los párpados. Tenía las pruebas, sí, pero ¿de qué servían si no lograba escapar? La cámara oculta en su armario, las fotos en la nube, todo sería inútil si él decidía encerrarla en la mansión para siempre.

—Estoy ocupada —logró decir, forzando a su voz a mantenerse firme, aunque el pulso le martillaba en la garganta—. Tengo que comprar cosas para cuando mi abuela regrese del hospital.

Otro silencio. Más largo esta vez. Podía imaginarlo al otro lado de la línea, los ojos entrecerrados, la mandíbula tensa bajo esa máscara de calma. Fabián no se enojaba. Fabián calculaba.

—No me importa —respondió, y cada sílaba era un clavo en su ataúd—. Compra después. Quiero verte.— Una pausa. Luego, más bajo, más íntimo, como si estuviera susurrándole al oído: —Y créeme, cariño… no habrá lugar al que puedas ir que te salve de mí.

El aire se le escapó de los pulmones. No era una amenaza vacía. Era una promesa. Una que él había cumplido antes, cada vez que ella había intentado rebelarse, cada vez que había creído, aunque fuera por un segundo, que podía ser libre. El bolso se le resbaló del hombro, pero lo atrapó antes de que cayera, los nudillos blancos. Miró hacia el estacionamiento, donde Jennifer la esperaba en un coche discreto, el motor al ralentí. Podía verla a través del parabrisas, los ojos fijos en ella, las manos apretando el volante. Aguanta, parecía decirle su mirada. No te rindas ahora.

Pero el destino ya había decidido por ella. Un Porsche negro dobló la esquina con una elegancia letal, las llantas crunchando sobre la grava del arcén. Kassandra no necesitaba ver el logo en la puerta para saber que era uno de los hombres de Fabián. El coche se detuvo frente a ella, el cristal tintado ocultando al conductor, pero no su intención. La puerta trasera se abrió como una boca esperando tragársela.

—No —murmuró, más para sí misma que para nadie—. No.—

Jennifer bajó la ventanilla, el rostro pálido.

—¡Kassandra! —su voz era un susurro urgente—. ¡Sube al coche! ¡Ahora!

Pero ella ya sabía que era demasiado tarde. Fabián no dejaba cabos sueltos. Si la había encontrado, era porque siempre había sabido. El hombre al volante—uno de los guardias de seguridad de la mansión, un tipo de rostro impasible y manos grandes—asomó la cabeza.

—Señora—dijo, con una cortesía que hacía el momento aún más grotesco—. El señor Fabián la espera.

Jennifer apretó los dientes, los nudillos blancos sobre el volante.

—¡No vayas! —susurró, desesperada—. ¡Tenemos un plan! ¡Podemos…

—¡Basta! —Kassandra la interrumpió, la voz quebrándose—. No puede ser. No ahora.—

Se volvieron a mirar, y en ese instante, Kassandra supo que Jennifer entendía. No había escapatoria. No hoy. Con un suspiro que le quemó los pulmones, se acercó al Porsche, las piernas pesadas como plomo. Antes de subir, miró una última vez a Jennifer. No dijo nada. No hacía falta. Sus ojos ya lo decían todo: Lo siento. No me rindo. Esto no ha terminado.

El  guardia no dijo una palabra mientras arrancaba, pero Kassandra sintió su mirada en el espejo retrovisor, fría, evaluadora. Como si ya supiera que era culpable.

El trayecto hasta la mansión fue un borrón de luces y sombras. Kassandra mantuvo las manos apretadas sobre el regazo, las uñas clavándose en las palmas. Cada semáforo, cada curva, era un recordatorio de que se alejaba de su única oportunidad. Pero también era un recordatorio de algo más: Fabián no gana. No todavía.

Cuando el coche se detuvo frente a la puerta principal de la mansión, el corazón le latía tan fuerte que le dolía. No había sirientes, no había gritos. Solo el silencio opresivo de una casa que era una prisión disfrazada de palacio. El guardia abrió su puerta, y ella salió con las piernas temblorosas.

Fabián la esperaba en el vestíbulo. No estaba sentado. No estaba gritando. Estaba de pie, con las manos relajadas detrás de la espalda, el traje negro impecable, la corbata tan perfectamente anudada que parecía un lazo alrededor de su propio cuello. Los ojos café la recorrieron con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando el momento.

—No te cambiaste —observó, la voz tan tranquila que era peor que un grito—. Qué… desconsiderado de tu parte, después de lo que hiciste anoche.

Kassandra levantó la barbilla, aunque por dentro se estaba desmoronando.

—No sabía que tenía que pedirte permiso para usar mi propio armario —respondió, y odió lo temblorosa que sonaba.

Fabián sonrió. No era una sonrisa feliz. Era el tipo de sonrisa que un depredador le da a su presa cuando ya la tiene acorralada.

—Claro que no —dijo, acercándose un paso. Luego otro. El olor a whisky y a perfume barato—el de esa puta de vestido rojo—la envolvió—. Pero ya sabes cómo me gusta que mis cosas… estén en su lugar.

El dedo de Fabián se deslizó por su mejilla, lento, posesivo. Kassandra contuvo el aliento, el cuerpo rígido. No la había tocado así en meses. No desde que había decidido que ya no le interesaba, que solo le servía como adorno. Pero esto no era deseo. Era una marca. Una manera de recordarle que, pase lo que pase, ella seguía siendo suyo.

—Vamos —murmuró, tomando su muñeca con una suavidad que era peor que un golpe—. Tenemos mucho de qué hablar. En privado.

La arrastró—no con fuerza, no había necesidad—hacia las escaleras. Cada paso era una rendición. Cada respiración, una traición a su propia rebeldía. Pero mientras subían, mientras sentía el peso de su mano como un grilletes, Kassandra apretó los dientes y hizo algo que Fabián no esperaba.

Ella sonrió, porque en el fondo de su bolso, escondido entre el forro y la tela, seguía estando el teléfono desechable. Y en ese teléfono, las pruebas. Y en su mente, un juramento: Esto no ha terminado.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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