Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 13
La cirugía fue un infierno.
El bisturí cortaba carne viva. Las pinzas buscaban el proyectil. La sangre no dejaba de brotar, por más que los enfermeros presionaran con gasas. Y Renata, la agente más fría que había tenido la DEA, la mujer que había visto morir compañeros y había seguido adelante sin derramar una lágrima, estaba a punto de romperse.
El dolor era inmenso.
No había forma de describirlo. No había entrenamiento que la preparara para esto. Cada corte era un latigazo de fuego que le recorría la columna. Cada respiración era un cuchillo en el pecho.
—Aguanta —dijo Sloan, a su lado, con la voz rota—. Aguanta, Renata.
Ella quiso responder. Quiso decirle que no podía. Que era demasiado. Que prefería morir.
Pero sus labios solo emitieron un gemido ahogado.
Su mano temblorosa buscó algo a qué aferrarse. Algo sólido. Algo real. Encontró la mano de él, y la apretó con una fuerza que ni ella misma sabía que le quedaba.
Sloan respondió al instante. Entrelazó sus dedos con los de ella. Apretó con la misma intensidad, como si pudiera transferirle su propia fuerza a través de ese contacto.
—Falta poco —mintió él, mientras con la otra mano le limpiaba el sudor de la frente, las lágrimas que ella no había podido contener, la sangre que le escurría por la comisura de los labios—. Falta poco, ¿me oyes? Ya casi.
Pero no faltaba poco. El doctor seguía buscando la bala. Los enfermeros intercambiaban miradas preocupadas. La sangre no se detenía.
Renata sintió que el mundo se alejaba. Los bordes de su visión se oscurecieron. Los sonidos se volvieron distantes, como si alguien estuviera apagando el volumen de la realidad.
—Sloan... —susurró.
Y luego, nada.
Sus ojos se cerraron. Su mano se aflojó. Su cuerpo se fue quedando inerte sobre la camilla.
Sloan sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Doctor? —dijo, al principio en voz baja, como si temiera confirmar lo que ya sabía—. Doctor.
El hombre de blanco no respondió. Seguía trabajando, con el ceño fruncido, las manos dentro de la herida.
—DOCTOR —gritó Sloan, y su voz rompió el silencio del quirófano como un martillazo.
En un movimiento que pareció durar una eternidad y un segundo al mismo tiempo, soltó la mano inconsciente de Renata, llevó la mano a su cintura, desenfundó su arma y la apretó contra la sien del doctor.
El hombre enmudeció. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, ensangrentadas, temblorosas.
—Si ella muere —dijo Sloan, y cada palabra era un veneno—, mueres con ella. ¿Me entendiste?
El doctor tragó saliva. Asintió con un movimiento mínimo, apenas perceptible.
—La bala... la tengo casi... casi está...
—Entonces sácala. Ahora. Y que no sangre más. ¿Me oíste? ¡AHORA!
Vargas, que estaba en la puerta, dio un paso al frente.
—Jefe, cálmese —dijo, con la voz medida de quien sabe que está pisando un campo minado—. El doctor está haciendo lo que puede. Si le disparas...
Sloan giró la cabeza hacia él. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad.
—Cierra la maldita boca —exclamó, y el eco de sus palabras rebotó en las paredes del quirófano—. O te juro por Dios que te arranco la lengua y la clavo en la puerta.
Vargas levantó las manos. Dio un paso atrás. No dijo nada más.
Sloan volvió a mirar al doctor. El arma seguía presionada contra su cabeza.
—Trabaja —ordenó—. Y reza. Reza a quien sea que creas que te escucha. Porque si ella no abre los ojos, tú no vuelves a abrir los tuyos.
El doctor se volvió hacia la herida con manos temblorosas. Pero trabajó. Con la precisión del miedo. Con la urgencia de quien sabe que su vida pende de un hilo rojo.
Y Sloan se quedó allí, con el arma en una mano y la mano inerte de Renata en la otra, esperando que el mundo no se acabara.