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El Precio De Tu Amor

El Precio De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.

Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.

NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Misión En Cuba

CAPÍTULO 17: La Misión en Cuba

El avión despegó desde Miami hacia Santa María, Cuba. El rugido de los motores ahogaba los susurros de los pocos pasajeros que viajaban en esa ruta poco concurrida. Laura miraba por la ventanilla el mar turquesa que se extendía hasta el horizonte, ese color imposible que solo tienen las aguas del Caribe, cuando el sol las besa desde lo alto. Sentía una mezcla de nostalgia y adrenalina. Debajo de ella, muy abajo, estaba la isla que la había visto nacer, la que la había moldeado y había abandonado por seguir a un amor que se convirtió en fracaso.

Alfred iba a su lado con un traje nuevo —demasiado nuevo, pensó Laura, todavía con las arrugas de la maleta— y una carpeta de cuero negro llena de documentos falsos. Sus manos descansaban sobre la carpeta con una rigidez que delataba sus nervios. Cada vez que el avión temblaba por una turbulencia, Alfred apretaba los dedos.

— ¿Nerviosa? —preguntó él, inclinándose hacia ella para que no los escuchara el pasajero de la fila de atrás.

—No —respondió Laura, sin apartar la vista de la ventanilla—. Es mi tierra y la conozco. Eso me da cierta ventaja. Sé cómo se mueve la gente, cómo piensan, cómo negocian. Tú no, así que sígueme a mí y no hagas nada sin que yo te lo indique.

—También existe el peligro de que alguien te reconozca —insistió Alfred, bajando aún más la voz—. Viviste aquí muchos años, y alguien por casualidad podría recordar tu cara, tu nombre…

—Eso no va a pasar —cortó Laura, y por primera vez giró la cabeza para mirarlo a los ojos—. Por cuestiones típicas de mi país, que ahora no vas a entender. Digamos que la gente aquí aprende a no ver lo que no le conviene ver. Y yo aprendí a no ser vista cuando no quiero que me vean.

Alfred quiso preguntar más, porque el avión comenzó el descenso. Las ruedas del tren de aterrizaje se desplegaron con un ruido metálico, y la presión cambió en la cabina. Laura apretó la mano de Alfred con fuerza, no por miedo, sino por certeza.

—A partir de ahora —dijo, con la voz fría y precisa de una cirujana—, somos inversionistas americanos interesados en el negocio de los contenedores. Nada de nombres reales, nada de historias verdaderas, nada de miradas largas a nadie. ¿Entendido?

—Entendido —respondió Alfred, tragando saliva.

El avión tocó tierra con un golpe seco, y Laura sintió algo en el pecho. No era miedo. Era el reconocimiento de que estaba pisando su tierra con una misión, que podía costarle más de lo que estaba dispuesta a perder.

El Meliá Santa María era un oasis de lujo, en medio de una isla que había olvidado lo que era el lujo, desde hacía décadas. Palmeras perfectamente alineadas flanqueaban la entrada. Piscinas de agua turquesa que parecían postales. Mármol italiano en los pisos del vestíbulo, tan brillante que Laura podía ver su propio reflejo invertido mientras caminaba. El aire olía a coco y a desinfectante, una combinación extraña que olía a dinero extranjero.

Laura y Alfred se registraron como "Sra. y Sr. Anderson, de Milwaukee". Sus pasaportes falsos —confeccionados por Margaret con una precisión casi obsesiva— y las tarjetas de crédito corporativas fueron chequeados en la carpeta del hotel. La recepcionista, una joven de unos veinticinco años con el uniforme impecable y la sonrisa entrenada, no preguntó nada. Solo deslizó las tarjetas, devolvió los documentos y entregó las llaves.

—Habitación cuatrocientos doce con vista al mar —dijo, señalando el ascensor con un gesto elegante—. Que tengan una estancia agradable.

En el ascensor Alfred iba tenso, miraba los botones, el techo, el espejo, sus propios dedos. Todo le parecía sospechoso.

—Relájate —le susurró Laura, tocándole el brazo—. Pareces un agente encubierto en su primera misión. Y a los agentes encubiertos en su primera misión, siempre los descubren.

—Lo soy —respondió él, con una sonrisa forzada—. Y tú también.

—Sí, pero yo tengo experiencia —dijo Laura, mientras el ascensor se detenía en el cuarto piso—. Por eso te recuerdo ahora que somos Raquel y Roy Anderson. Y Raquel no se pone nerviosa porque sí. Raquel es una mujer de negocios, acostumbrada a mover grandes cantidades de dinero. Así que compórtate como si tuvieras una cuenta suiza con varios ceros. Alfred asintió y enderezó los hombros. Laura sonrió para sus adentros. Aún tenía mucho que enseñarle a su marido.

En la tarde del segundo día, Laura estaba sola en el vestíbulo del hotel, fingiendo leer una revista que había comprado en un estanquillo —una revista que mostraba cómo decorar el hogar, con un mínimo de gastos— cuando lo vio a Gonzalo Chávez Pulido que bajaba las escaleras, flanqueado por dos hombres de traje oscuro. Era un hombre de unos sesenta años, pero bien conservado: barba canosa recortada, un reloj de oro que brillaba bajo la luz del vestíbulo, zapatos italianos que habían costado más del salario mensual de cualquier empleado del hotel. Caminaba con la seguridad de quien sabe que tiene el poder, y con la sonrisa de un depredador que acaba de oler la sangre.

Laura no lo miró directamente, siguió hojeando la revista como si el artículo sobre cortinas de lino, fuera lo más interesante del mundo. Pero lo siguió con el rabillo del ojo, registrando cada detalle: la forma en que miraba a las mujeres que pasaban, el gesto autoritario con el que señaló el bar, la manera en que sus dos escoltas se quedaron a una distancia respetuosa pero vigilante.

Chávez Pulido se sentó en el bar y pidió un ron añejo. El barman lo sirvió con una rapidez que indicaba que no era su primera vez allí. Laura cerró la revista con calma, se levantó del sillón de cuero y caminó hacia el ascensor con paso tranquilo, sin mirar atrás. Entró, pulsó el botón del cuarto piso y solo cuando las puertas se cerraron, permitió que sus hombros se relajaran.

—Está en el bar —dijo, cerrando la puerta de la habitación detrás de ella—. Bajó hace unos diez minutos. Anda solo, pero tiene dos hombres de seguridad cerca, y eso no se nos puedo olvidar.

Alfred estaba sentado en la cama, repasando los documentos falsos por quinta vez. Levantó la vista.

— ¿Lo viste bien? ¿Estás segura de que es él?

—Lo suficiente —respondió Laura, sentándose frente a él—. Barba canosa, reloj de oro, escoltas. Y esa forma de caminar… como si el mundo le debiera algo. Es él. Estoy segura.

— ¿Cuál es el plan?

Laura se recostó en la silla y cruzó los brazos.

—El plan es que no hay plan. Nos sentamos cerca, hablamos de negocios en voz alta, y esperamos que pique. Los hombres como él no pueden resistirse a una oportunidad de negocio. Son como tiburones: huelen la sangre a kilómetros.

— ¿Y si no pica? —preguntó Alfred, con una ceja levantada.

Laura sonrió con picardía.

—Entonces improvisamos. Y si hay algo que sé hacer bien, es improvisar.

A las siete de la tarde, Laura y Alfred bajaron al bar. Se sentaron a dos metros exactos de la mesa de Chávez Pulido. Laura pidió un daiquirí. Alfred, una copa de vino tinto que no pensaba beber.

— ¿Crees que haya oportunidades reales en esta isla? —preguntó Alfred, en voz lo suficientemente alta para que los cercanos lo escucharan—. He oído que el gobierno está abriendo el mercado de logística. Y ahí podemos entrar nosotros para invertir sin riesgo ninguno. El momento es ahora o nunca.

—Eso he oído yo también —respondió Laura, jugando con el borde de su copa—. Pero necesitamos un socio local que nos conecte con los puertos, con los proveedores, con la gente que realmente mueve los hilos. Sin eso, estamos navegando a ciegas.

Hubo un silencio de apenas tres segundos. Luego, el sonido de una silla arrastrándose contra el mármol. Chávez Pulido se levantó, tomó su copa de ron, y se acercó a ellos con una sonrisa que parecía amable pero que Laura sabía que era todo lo contrario.

—Perdonen que me entrometa —dijo, con una voz grave y pausada—. Pero los he escuchado hablar de negocios. ¿Están interesados en el negocio de contenedores?

Laura lo miró de arriba abajo, sin prisas. Luego, con una lentitud calculada, dejó la copa sobre la mesa y cruzó una pierna sobre la otra.

—Depende —respondió, con la frialdad de quien está acostumbrada a negociar—. ¿Quién pregunta?

Chávez Pulido extendió la mano.

—Gonzalo Chávez. Y puedo ser el socio que están buscando. Conozco cada puerto de esta isla, cada aduana, las puertas que debemos tocar, y los funcionarios que debemos evitar. Llevo cinco años en esto señores, y no he perdido un solo cargamento.

Alfred se levantó y estrechó su mano con firmeza.

—Roy Anderson —dijo, con la mejor de sus sonrisas de vendedor—. Y ella es Raquel, mi esposa y mi socia. La inteligencia del negocio, por si no lo ha notado.

Chávez Pulido miró a Laura con atención, y le hizo una pregunta que logró sorprender a Alfred.

— ¿Usted es cubana? —Preguntó, frunciendo el ceño—. Su acento es cubano, y le aseguro que tengo oído para eso.

Laura no pestañeó, ni dio ningún indicio de sentirse incómoda con la pregunta.

—No —respondió, sin inmutarse—. Soy puertorriqueña. Pero mi madre era cubana, y por eso la gente me confunde. El acento se pega, ya sabe.

—Ah, ya —dijo Gonzalo, rascándose la barba con un gesto que pretendía ser casual—. Bueno, mi propuesta sigue en pie. Necesito socios con capital. Ustedes necesitan un socio con contactos. Podemos ayudarnos mutuamente.

— ¿Y por qué deberíamos confiar en usted? —preguntó Alfred, llevándose la copa de vino a los labios sin beber realmente—. En los negocios la confianza se gana, no se regala.

Chávez Pulido sonrió. Era una sonrisa ancha que mostraba una dentadura blanca, casi perfecta.

—Porque llevo cinco años en este negocio, señor Anderson. Porque conozco cada puerto de la isla, desde La Habana hasta Santiago. Y porque tengo contactos que ustedes no pueden ni imaginar. Contactos en Miami, en Panamá, incluso en México y Estados Unidos. No soy un principiante.

Laura lo miró fijamente durante varios segundos. Luego, como si hubiera tomado una decisión, asintió.

—Hablemos de negocios —dijo—, pero no aquí. Estos temas tan delicados se conversan en privado, con las puertas cerradas y sin testigos.

Chávez Pulido asintió, claramente satisfecho.

—Mañana a las diez en mi suite —dijo, sacando una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta—. La quinientos dos. Vengan solos y no le digan a nadie de esta reunión, porque en este país las paredes tienen oídos.

Y tal como los había interrumpido, Chávez Pulido se levantó de la mesa sin despedirse, sin dar las buenas noches, sin un gesto de cortesía. Simplemente se fue, seguido por sus dos sombras oscuras, y desapareció escaleras arriba. Laura suspiró profundamente, y sintió un alivio momentáneo. Pero también una punzada de inquietud.

—Picó —dijo Alfred, con una sonrisa de triunfo.

—Picó demasiado fácil —respondió ella, con la mirada fija en la escalera por la que se había ido Chávez Pulido—. Eso me preocupa.

— ¿Por qué? Logramos lo que queríamos. Mañana nos reunimos, cerramos el trato, entregamos la información y nos vamos.

Laura negó con la cabeza.

—Esto no funciona así, porque los peces grandes no muerden cualquier anzuelo. Y este hombre es un pez muy grande. Algo no cuadra. Es demasiado confiado, demasiado dispuesto a asociarse con desconocidos que aparecen de la nada. Eso no es normal. En este negocio, la gente como él desconfía hasta de su propia sombra.

— ¿Entonces qué estás pensando?

Laura se quedó en silencio un momento.

—Tengo la impresión de que Chávez Pulido está ocultando algo. Y creo que vamos a descubrirlo mañana, para bien o para mal.

En la habitación, Laura no podía dormir. Alfred roncaba suavemente a su lado, agotado por la tensión del día. Pero ella miraba el techo blanco del hotel, y repasaba mentalmente cada detalle, cada palabra, cada gesto de Chávez Pulido.

Era demasiado confiado. Demasiado dispuesto. Y eso no era normal.

Sacó su teléfono y le escribió un mensaje a Margaret: "Contacto establecido, pero algo huele mal. Investiga a Chávez Pulido a fondo. Puede que tenga un socio que no estamos viendo. Algo me dice que esto es más grande de lo que pensamos."

Margaret respondió a los treinta segundos. Siempre respondía en treinta segundos, como si estuviera esperando.

"Ya lo sé. No confíes en nadie, ni siquiera en los cubanos. Tengo información que no puedo enviarte por aquí. Llámame mañana antes de la reunión."

Laura guardó el teléfono bajo la almohada y cerró los ojos. Afuera, el mar de Santa María brillaba bajo la luna llena, las olas rompían contra la orilla con un ritmo hipnótico. Todo parecía tranquilo. Pero en la suite quinientos dos, Gonzalo Chávez Pulido bebía ron solo, sentado en un sillón frente a la ventana. Miraba el techo con una sonrisa que Laura no podía ver. Una sonrisa de quien sabe algo que los demás ignoran. Tenía escondida una carta bajo la manga. Una carta que llevaba años guardando. Y estaba esperando el momento oportuno para sacarla. Ese momento, pensó mientras apuraba la copa, estaba a punto de llegar.

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BsB
Hola Beatriz ! Soy el escritor de la novela y te adelanto que ya tengo listos el ochenta por ciento de las capítulos. Te agradezco mucho que hayas leído algunos de los que están publicados, y aunque no lo manifestaste abiertamente, que esperes a que esté termina significa que tal vez te gustó. Me complacería muchísimo saber tu opinión de lo que has leído, y si tienes alguna sugerencia que hacerme. Fue un placer interactuar con usted.
Beatriz
Cuando esté terminada la leo. Está inconclusa
Saily Smith
me en
Sarai Smith
Me encanta esta novela!! Que sucederá con Laura?
BsB: Laura es una mujer luchadora, una guerrera dispuesta a enfrentarse a todos, por defender a su familia y a la empresa. La mafia la amenaza y la coacciona para que forme parte de su nómina, pero ella se resiste. Laura cederá ante la mafia, o trabajará con el FBI para acabar con los mafiosos? Qué tu harías si fueras la escritora de la novela? Tu opinión es muy importante para mí. Gracias por leer y apreciar mi obra.
total 2 replies
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