¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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En busca de respuestas.
Caminar hacia el centro de la ciudad se sentía como avanzar hacia el epicentro de una tormenta. Isela trataba de mantener un paso constante, pero cada vez que una sirena sonaba a lo lejos, sus hombros se tensaban por instinto.
—¿Te pasa algo? —preguntó Hades. Caminaba a su lado, aunque para el resto del mundo, ella simplemente avanzaba sola con los auriculares puestos, una adolescente más perdida en sus pensamientos.
—Estoy entrando en una zona donde mi madre patrulla seguido, Hades. Si me ve aquí, cuando debería estar en el instituto, no voy a tener forma de explicarlo —susurró ella, bajando la mirada para evitar cualquier contacto visual con los transeúntes.
—No te va a ver. Conozco los puntos ciegos de las cámaras de esta calle —respondió él con una seguridad gélida que contrastaba con su estado espectral—. Gira a la derecha en el próximo callejón. Es un atajo hacia mi edificio.
Isela obedeció. El edificio de Hades era una torre moderna de concreto y vidrio, de esas que parecen frías incluso bajo el sol de la tarde. Al llegar a la esquina, se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en un punto exacto del asfalto, justo debajo del balcón del cuarto piso. No había cintas amarillas ya, pero para ella, la mancha de la tragedia seguía allí, grabada en su memoria.
—Ahí es donde te vi —dijo ella, con la voz apenas audible—. Estabas tan quieto...
Hades se quedó mirando el suelo. Por un segundo, el hilo rojo vibró con un tono oscuro.
—No mires hacia abajo, Ela —le dijo él por primera vez, usando ese diminutivo con una suavidad que la obligó a levantar la vista.
Isela parpadeó, sorprendida por la confianza.
—¿Cómo me llamaste?
—Ela. Isela es demasiado formal para alguien que está arriesgando su cuello por un extraño que ni siquiera recuerda cómo terminó en el suelo —Hades desvió la mirada, un poco incómodo—. Escucha, no podemos entrar por la puerta principal. Hay una entrada de servicio en el lateral.
Isela se pegó a la pared sombreada, siguiendo las instrucciones de su guía invisible. Logró entrar sin ser vista, subiendo las escaleras de emergencia con el corazón en la garganta. Cada crujido de los escalones la hacía saltar.
—En el pasillo del cuarto piso, justo al lado de la manguera contra incendios —indicó Hades cuando llegaron al rellano—. Hay una moldura suelta en el techo. Sé que hay un pendrive ahí. Necesito saber qué tiene, Ela. Siento que si lo encuentro, las piezas de mi cabeza van a empezar a encajar.
Con las manos temblorosas, Isela se subió a un pequeño peldaño y tanteó la moldura. Sus dedos rozaron algo frío y metálico. Lo tomó con fuerza y lo guardó en el fondo de su mochila.
—Lo tengo —susurró, sintiendo una mezcla de alivio y terror.
Bajaron por las escaleras tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Al salir por la puerta lateral hacia la calle, Isela se ajustó la mochila y trató de caminar con naturalidad. Fue entonces cuando lo vio.
Un auto negro de vidrios polarizados estaba estacionado frente a la entrada principal del edificio. Un hombre alto, de chaqueta de cuero oscura y caminar firme, estaba saliendo del lobby tras hablar con el portero. Isela se quedó helada y bajó la cabeza, acelerando el paso para alejarse en dirección contraria.
Era Miller. Un oficial de alto rango, compañero de su madre y alguien que solía cenar en su casa de vez en cuando. Isela sintió un escalofrío. Bajó la mirada, temiendo que él la viera y le avisara a su madre que no estaba en clases.
—¿Quién es ese? —preguntó Hades, notando cómo el hilo rojo se tensaba por los nervios de ella.
—Un amigo de mi madre —respondió Isela cuando estuvieron a un par de cuadras—. Si me llega a ver, estoy en problemas. Vámonos de acá, por favor.
Una vez que llegaron a la seguridad de la casa de Isela, ella sacó el pendrive y lo conectó a su vieja computadora. La pantalla se encendió, pero en lugar de archivos, apareció un cuadro de texto en negro con letras blancas:
"INGRESE CONTRASEÑA DE ENCRIPTACIÓN"
Isela miró a Hades, esperanzada, pero él solo negó con la cabeza, mirando la pantalla con la misma confusión que ella.
—No la recuerdo —dijo él, con la voz cargada de frustración—. Está bloqueado. Es como mi mente, Ela. Está todo ahí, pero no tengo la llave para entrar.