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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 18: Las Entrañas de la Tierra
El túnel bajo la Fortaleza de Hierro no era un pasaje construido para la comodidad; era una herida abierta en la roca viva de la montaña, un camino de fantasmas que olía a humedad estancada, a tierra vieja y al miedo de quienes lo habían transitado siglos atrás. La oscuridad era tan densa que se sentía como una sustancia física, algo que intentaba meterse en los pulmones de Isolde con cada respiración agitada. La única barrera contra ese vacío absoluto era la antorcha que Alaric sostenía al frente, cuya llama vacilante proyectaba sombras grotescas y alargadas sobre las paredes cubiertas de musgo negro y goteo constante de agua helada.
Isolde caminaba justo detrás de él, intentando mantener el ritmo de las zancadas de su esposo. Para ella, cada paso era un esfuerzo; sus pies, calzados con las nuevas botas de cuero, se hundían en el barro fangoso que cubría el suelo del túnel. El agua fría ya se había filtrado por sus calzas, subiendo por sus piernas con un escalofrío entumecedor. Sin embargo, no se quejó. Apretó los dientes y mantuvo la vista fija en la espalda masiva de Alaric.
Desde esa perspectiva, él parecía un gigante de leyenda. Sus hombros, anchos como el marco de una puerta, casi rozaban las paredes del túnel en los tramos más estrechos. Su metro noventa y cinco de altura lo obligaba a caminar ligeramente encorvado, una postura que lo hacía parecer una bestia acechando en su propia madriguera. El sonido de sus botas pesadas golpeando el suelo rítmicamente era lo único que mantenía a Isolde conectada a la realidad, evitando que el pánico de la claustrofobia la devorara.
—El techo se vuelve más bajo en los próximos cien metros —dijo Alaric, sin girarse. Su voz, profunda y ronca, resonó en las paredes de piedra como un trueno contenido—. Si sientes que el aire te falta, agárrate a mi cinturón. No te detengas por nada, Isolde. Si te detienes, el frío de la piedra te robará el calor antes de que te des cuenta.
—Estoy bien —respondió ella, aunque su voz sonó más pequeña de lo que pretendía en ese eco infinito.
Alaric se detuvo de golpe, provocando que Isolde chocara contra su espalda dura como el mármol. El impacto le recordó la inmensidad física de él; era como chocar contra una muralla de músculo y cuero. Alaric se giró lentamente, bajando la antorcha para iluminar el rostro de ella. Sus ojos café, usualmente fríos y distantes, la recorrieron con una intensidad abrasadora. Vio el morado en su mejilla, resaltado por la luz anaranjada, y la palidez de sus labios.
Sin previo aviso, Alaric soltó un gruñido y la agarró por la cintura con una sola mano, atrayéndola hacia él. La cercanía fue eléctrica. Isolde pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo a pesar del frío del túnel. Él se inclinó, su cara de malo a centímetros de la de ella, su barba rozándole la frente.
—Mientes —le siseó él—. Estás temblando como una hoja al viento. Tu cuerpo es pequeño, Isolde, y este túnel devora a los que no tienen reservas.
—Dije que no me quedaría atrás y lo cumpliré —desafió ella, clavando sus ojos azules en los de él. En ese momento, a pesar de la fragilidad de su cuerpo, su espíritu brillaba con una fuerza que desarmó al Carnicero por un segundo.
Alaric apretó los dedos sobre la cintura de ella, una presión que bordeaba la brutalidad pero que ocultaba una desesperación por mantenerla a salvo.
—Tu terquedad será tu muerte... o la mía —murmuró él.
Se giró de nuevo y continuaron la marcha. El túnel se volvió más angosto y el agua empezó a subirles hasta los tobillos. El frío era ahora un dolor constante, una mordida que les recordaba que estaban huyendo de una muerte por acero hacia una posible muerte por hielo. Detrás de ellos, Cédric y Genevieve mantenían un silencio sepulcral, solo roto por el chapoteo del agua. Isolde sabía que su amiga también estaba sufriendo, pero el orgullo de las mujeres de Aethelgard las mantenía erguidas.
Después de lo que parecieron horas de agonía física, el aire cambió. Ya no olía a encierro, sino a nieve fresca y a pino. Alaric aceleró el paso y, finalmente, llegaron a una pesada puerta de madera reforzada con hierro, oculta tras una cortina de hiedra congelada en la ladera sur de la montaña.
Alaric apagó la antorcha contra la pared y empujó la puerta con el hombro. El chirrido de los goznes oxidados fue ocultado por el rugido del viento exterior. Salieron a la libertad, pero no era la libertad que esperaban.
Desde la saliente de la montaña, Isolde miró hacia atrás y hacia abajo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. La Fortaleza de Hierro, su hogar de los últimos meses, estaba envuelta en llamas. El resplandor naranja iluminaba la noche, dibujando la silueta del desastre. Pero lo peor estaba más cerca.
En el valle, a menos de una legua de distancia, cientos de antorchas se movían como una procesión de hormigas de fuego. El ejército de Valerius no estaba solo asediando la fortaleza; ya habían rodeado la base de la montaña. Estaban en el camino del Sur.
—Nos han cortado el paso —susurró Cédric, asomándose al borde con la ballesta lista.
Alaric se mantuvo inmóvil, mirando el despliegue enemigo. Sus manos se cerraron en puños sobre el pomo de su espada. Su cara de malo, iluminada por el incendio lejano, era la de un demonio que planeaba su venganza. Se giró hacia Isolde, y esta vez no hubo burla en su voz.
—La cacería ha empezado —dijo él—. Valerius cree que nos tiene acorralados en la nieve. No sabe que un lobo es más peligroso cuando no tiene dónde esconderse.
Agarró a Isolde por la nuca, obligándola a mirarlo mientras el viento agitaba su cabello dorado y el oscuro de él.
—A partir de ahora, no habrá fuego, no habrá comida caliente y no habrá descanso. Solo caminaremos. Y si alguien se acerca, morirá antes de que pueda ver mi rostro. ¿Entendido?
Isolde asintió, sintiendo el peso de la daga de acero negro en su cadera. Ya no era la niña que esperaba ser rescatada; era la mujer que caminaría por el infierno al lado del hombre que amaba.