Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 7: Tarta de cumpleaños
Las semanas se deslizaban como arena entre los dedos, monótonas y cargadas de una extraña pesadez que yo, como estudiante de filosofía. Mi vida se había convertido en un grabado de líneas repetitivas: la facultad, el análisis de la ética platónica, el aroma a café recién molido por las tardes y las calles empedradas de vuelta a casa. Sin embargo, bajo esa superficie de normalidad, los sueños persistían. Eran visiones fragmentadas, ecos de vidas que no recordaba haber vivido, llenas de vestimentas de otras épocas, olor a incienso antiguo y el mismo par de ojos oscuros observándome a través de los siglos.
No podía entenderlos, pero de alguna manera me sentía cómoda en mi rutina. En estas últimas semanas, Dagmar se había convertido en mi acompañante habitual, el guardián silencioso que me esperaba fuera de la cafetería para escoltarme hasta el umbral de mi hogar. A pesar de su hermetismo casi patológico y su economía de palabras, sentía con Dagmar una conexión que desafiaba cualquier teoría de la causalidad. Estar cerca de él se sentía como recordar una canción que nunca había escuchado en esta vida. Me hacía preguntarme si estaba empezando a sentir algo más que una simple curiosidad, aunque él mantenía una distancia física infranqueable. Ahora que lo analizaba, nunca habíamos rozado siquiera nuestras manos. Dagmar evitaba mirarme directamente a los ojos de forma prolongada, como si temiera que, al hacerlo, el peso de su secreto terminara por consumirme.
Aquel día, al salir de la cafetería bajo la luz dorada del atardecer, allí estaba él, puntual como un latido.
—Dagmar —dije, tratando de sonar casual mientras ajustaba mi bolso—. Hoy es mi cumpleaños. A las ocho daremos una pequeña cena en mi casa, algo sencillo... me gustaría mucho que fueras.
Él guardó silencio un segundo. Sus ojos, profundos como pozos de tinta, buscaron un punto indefinido en el horizonte antes de aterrizar brevemente en los míos.
—Sí... —respondió con una voz que pareció un susurro de otra era—. Feliz cumpleaños, Rose.
—Te espero a esa hora entonces. Nos vemos.
Me alejé sintiendo un cosquilleo extraño, una mezcla de triunfo y ansiedad. Poco después me reuní con Leslie para las compras de último minuto. Ella, con su energía inagotable y su pragmatismo, era el contrapunto perfecto para mis cavilaciones existenciales.
—¿Entonces invitaste al "Señor Misterio"? —soltó Leslie mientras revisaba unas velitas de colores en la tienda.
—Sí, invité a Dagmar —respondí con una sonrisa tímida, intentando ocultar el entusiasmo.
—¿Y todavía no ha confesado su amor eterno? ¿Ni un poema? ¿Ni una mirada de esas que derriten el pavimento?
—Qué dices, Leslie. Somos amigos solamente.
—Claro, "amigos". Rose, el hombre está en todos los sitios a donde vas. Eso tiene dos nombres: o es el novio más dedicado de la historia, o es un acosador de manual —se rió ella, aunque sus ojos buscaban mi reacción—. Pero hay algo en él... no sé, parece que viera cosas que los demás no vemos.
—No seas exagerada, deja la locura —le contesté, aunque por dentro la descripción de Leslie me caló hondo. Dagmar a veces parecía estar escuchando voces en el viento que yo no podía percibir.
—Por cierto —continuó Leslie, cambiando de tema—, invité a Marcos. ¿Hay algún problema?
—Ninguno, me encantará verlo. Por cierto, ¿cómo les fue en su primera cita oficial?
Leslie soltó un suspiro dramático y se llevó las manos a las mejillas, casi dejando caer las bolsas.
—¡Me pidió ser su novia! ¿Puedes creerlo? Lo esperaba desde hace tanto que pensé que mis oídos me engañaban. Me siento tan, tan feliz, Rose.
—Se te nota en la cara, amiga. De verdad me alegro mucho por ti.
—Solo espero que tú al fin des ese paso con tu chico de ojos de tormenta.
—No va a pasar —sentencié, sintiendo una punzada de melancolía—. Además, él no estará aquí por mucho tiempo. Siento que es alguien que pertenece a otro lugar…
—Eso vamos a ver... —dijo ella con un guiño—. Por cierto, ayer me besó. Rose, fue fenomenal. Es el rey de los besos, sentía que me derretía en su boca, como si el mundo se detuviera...
—¡Leslie, ya! —la interrumpí riendo y tapándome los oídos—. Demasiada información para una tarde de compras.
Llegamos a casa entre risas. Mis tías, Egle y Clarisa, estaban en un estado de euforia doméstica. Ellas siempre habían sido las guardianas de las tradiciones familiares y cualquier evento era motivo para sacar la mejor vajilla de porcelana y decorar con flores frescas. Sus sonrisas eran amplias. Marcos ya estaba allí, saludando con la amabilidad deportiva que lo caracterizaba. La cena transcurría con normalidad; yo servía el vino, disfrutando del calor del hogar, cuando el timbre rasgó el aire con una urgencia eléctrica.
—Yo voy, cariño —dijo la tía Egle, levantándose con una agilidad que no correspondía a sus años—. Debe ser tu invitado.
Me quedé en la cocina un momento, pero el silencio que siguió a la apertura de la puerta fue demasiado prolongado. No se escuchaban risas de bienvenida, sino un murmullo sordo y gélido. Intrigada y con un nudo en el estómago, caminé hacia la entrada.
En el umbral, la figura de Dagmar recortaba la luz de la calle. Parecía más imponente que nunca, envuelto en su abrigo oscuro. La tía Egle estaba plantada frente a él, con los hombros rígidos y el rostro pálido.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella, con una voz cargada de un veneno antiguo, una mezcla de miedo y odio que nunca le había escuchado.
—Sabes que siempre podré encontrarla —respondió Dagmar. Su voz no era la de un invitado, sino la de alguien que reclama un derecho ancestral—. A pesar de lo que intenten, deberían dejar de evitarlo. El ciclo no se detiene por su voluntad.
—Jamás permitiremos que pase de nuevo —sentenció mi tía.
Me quedé helada en el pasillo. Aquello no era una conversación entre desconocidos. Había una familiaridad terrible en su hostilidad.
—¿Ocurre algo? —intervine, dando un paso al frente—. ¿Hay algún problema?
La tía Egle se giró hacia mí, transformando su expresión en una máscara de amabilidad forzada en un abrir y cerrar de ojos.
—No, cariño, ninguno. Al parecer tu amigo se ha dado cuenta de que tiene un compromiso urgente y debe irse...
—Disculpe —interrumpió Dagmar, dando un paso firme hacia el interior, ignorando la barrera física de mi tía—. Ya recordé que no tengo ningún compromiso. No hay problema en quedarme, si Rose lo desea.
—Qué bueno, adelante —dije, aunque la confusión me nublaba el juicio.