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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.6k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: La novia que nadie esperaba.

La semana pasó entre avena aguada y pan duro que parecía horneado en la era de la Prohibición, lo cual era irónico considerando que Vincent había comido cosas peores en esa época y al menos entonces el pan venía acompañado de whisky.

Valentina no apareció ni una sola vez. Patricia tampoco. La única presencia humana era la empleada silenciosa que dejaba la bandeja en la mesita dos veces al día, recogía la anterior y se iba sin cruzar una palabra, como si Vincent fuera un animal en cuarentena al que había que alimentar pero no tocar. El padre se asomó una sola vez, el segundo día, para verificar que seguía ahí. La miró desde la puerta con la nariz hinchada y un moretón violeta que el maquillaje no terminaba de disimular, y se fue sin decir nada.

Bonita nariz, viejo. Te queda bien el color.

El silencio y la soledad, que para Emilia habrían sido un castigo devastador, para Vincent fueron un regalo. Porque Vincent Moretti había pasado noches enteras encerrado en sótanos esperando el momento exacto para actuar, y sabía que el encierro solo destruye a los que no saben qué hacer con su cabeza. Y él sabía exactamente qué hacer con la suya.

Pensó.

Pensó durante horas, días, con la meticulosidad de un hombre que planificaba asaltos a cargamentos de whisky calculando cada variable, cada riesgo, cada posible salida. Y la conclusión a la que llegó, después de darle vueltas a cada ángulo, fue la que menos esperaba.

Tal vez casarse no era el peor escenario.

La lógica era simple, fría, criminal: si Antonov tenía poder —y claramente lo tenía, porque la sola mención de su nombre hacía que el padre de Emilia se cagara encima—, entonces casarse con él significaba acceder a ese poder. Usarlo. Tener un escudo contra la familia Mendoza y, eventualmente, una plataforma desde la cual devolverle a Emilia cada golpe, cada insulto, cada noche en el sótano y cada lágrima que escribió en ese diario que nadie leyó.

El problema era que Vincent conocía a los tipos peligrosos. Él había sido uno. Y los hombres así no se manipulaban con sonrisas y palabras bonitas. Eran paranoicos por naturaleza, desconfiados por supervivencia, y cualquier movimiento en falso terminaba con una bala o algo peor. Un error, uno solo, y esta segunda vida se acababa tan rápido como la primera.

Pero hay algo que funciona con los tipos duros. Siempre funcionó, en todas las épocas, desde que el mundo es mundo.

Lo había visto mil veces en su vida anterior. Los capos más despiadados, los asesinos más fríos, los hombres que hacían temblar calles enteras se convertían en idiotas cuando una mujer sabía cómo manejarlos. No con fuerza, no con inteligencia, sino con algo más básico, más primitivo: el cuerpo. Una mujer que supiera moverse en la cama podía conseguir más en una noche que un ejército en un mes. Eso era una verdad vieja como el crimen mismo.

El problema era que Emilia no era sexy, ni sexual, ni diestra en absolutamente nada que tuviera que ver con seducción. Los recuerdos lo confirmaban con una tristeza que le apretaba el pecho: Emilia nunca tuvo una cita, nunca recibió un beso que no fuera forzado, nunca conoció su cuerpo como algo que pudiera darle placer a ella o a nadie. Era virgen en todos los sentidos posibles de la palabra, incluyendo algunos que Vincent no sabía que existían.

Y luego estaba el otro asunto. El grande. El que Vincent llevaba evitando desde que despertó en este cuerpo.

Si me caso con un hombre, tarde o temprano voy a tener que acostarme con un hombre.

Se sentó en la cama y se quedó mirando la pared durante un buen rato.

Yo soy un hombre. Por dentro, donde importa, soy un hombre. Y la idea de que otro hombre me toque...

El recuerdo del borracho en el callejón le volvió como un latigazo: la mano subiéndole el vestido, la boca en su cuello, la náusea instantánea y el rodillazo que le salió del alma.

No. No soy marica. Nunca lo fui. La idea me da...

Pero entonces algo se movió en su cabeza, un pensamiento incómodo que se coló entre las certezas como agua por una grieta.

Ya no soy un hombre. Físicamente, biológicamente, en todo lo que el mundo puede ver y tocar, soy una mujer. Y si una mujer se acuesta con un hombre eso no es... eso es...

Se frotó la cara con las manos de Emilia y soltó un gruñido de frustración que retumbó en la habitación vacía.

Esto es demasiado complicado para un tipo que resolvía todo a balazos.

La idea le siguió dando vueltas durante días, como una mosca que no podía espantar. No llegó a ninguna conclusión definitiva, porque hay preguntas que no se responden pensando sino viviendo, pero sí llegó a una decisión práctica: fuera lo que fuera que pasara con Antonov, iba a necesitar un cuerpo que respondiera mejor que este.

Y eso sí podía arreglarlo.

Al tercer día de encierro empezó a entrenar.

La habitación no era un gimnasio, pero Vincent había entrenado en espacios peores: celdas, sótanos, camarotes de barcos que se movían tanto que mantenerte de pie ya era ejercicio. Usó el colchón duro como saco de boxeo y empezó a practicar golpes, primero despacio para entender cómo se movían los brazos de Emilia, dónde estaba la fuerza y dónde fallaba. Los primeros puñetazos fueron patéticos, blandos, con la muñeca torcida. Pero el cerebro de Vincent recordaba la mecánica aunque los músculos no, y poco a poco los golpes empezaron a sonar como golpes y no como caricias agresivas.

Hizo sentadillas. Las primeras diez casi lo matan. Las rodillas crujían, los muslos ardían y el aire se le acababa como si alguien le estuviera apretando los pulmones con las manos. Pero siguió, porque Vincent Moretti nunca dejó nada a medias y no iba a empezar con unas malditas sentadillas.

Flexiones fueron imposibles. Literalmente imposibles. Se acostó boca abajo, puso las manos en el piso, empujó, y el cuerpo de Emilia no se movió ni un centímetro. Se quedó ahí, pegado al piso como una tortuga boca abajo, durante diez segundos que fueron los más humillantes de sus dos vidas, hasta que se rindió y decidió que las flexiones podían esperar.

Roma no se construyó en un día. Y este cuerpo no se va a arreglar en una semana. Pero algo es algo.

Para el final de la semana no había bajado ni un kilo, eso estaba claro porque el vestido le seguía apretando igual y el espejo seguía mostrando la misma mujer redonda de siempre. Pero algo había cambiado: se cansaba menos subiendo las escaleras imaginarias que hacía en la habitación, los golpes al colchón sonaban más firmes, y cuando se levantaba de la cama las rodillas ya no crujían como puertas de iglesia abandonada. No era una transformación, era un susurro de progreso, pero Vincent sabía que los susurros se convierten en gritos si les das suficiente tiempo.

El séptimo día la puerta se abrió temprano y en lugar de la empleada con la bandeja de avena apareció un hombre de traje que Vincent no conocía.

—Señora, venga conmigo.

No dijo a dónde. No dijo por qué. Vincent bajó las escaleras detrás de él y cruzó la mansión sin ver al padre, ni a Patricia, ni a Valentina. La casa estaba en silencio, como si la familia se hubiera evaporado o como si alguien les hubiera ordenado desaparecer mientras sacaban a la mercancía.

La metieron en un auto negro y la llevaron a un hotel del centro de Manhattan que no se parecía en nada al agujero del Bronx donde había pasado su primera semana en esta vida. Este era de los otros, de los que tienen lobby de mármol y gente en uniforme que te abre la puerta con una sonrisa que cuesta más que tu alquiler.

La subieron a una suite donde la esperaba un ejército de mujeres armadas con cepillos, brochas, secadores, planchas, pinzas y un arsenal de frascos y tubos que Vincent miró con la misma desconfianza con la que habría mirado una bomba sin desactivar.

Lo que siguió fueron cuatro horas de lo que solo podía describirse como una reconstrucción total.

Le lavaron el pelo, se lo cortaron, se lo secaron y se lo peinaron de una manera que Vincent no sabía que era posible: ondas suaves que le caían sobre los hombros y le enmarcaban la cara en lugar de colgarle como una cortina muerta. Le depilaron partes del cuerpo que prefería no pensar demasiado. Le pusieron cremas, bases, polvos, sombras, delineadores, y cada capa que añadían parecía transformar la cara de Emilia en algo que Vincent no había visto ni en el espejo ni en los recuerdos: una mujer con rasgos, con estructura, con ojos que de repente parecían el doble de grandes y labios que de repente existían.

Así que esto es lo que hace el maquillaje. En mi época las mujeres usaban un poco de rouge y ya. Esto es ingeniería.

Y luego el vestido.

Una de las mujeres trajo una caja enorme, la abrió con cuidado, y sacó un vestido de novia que hizo que Vincent se detuviera en seco. No porque fuera bonito, que lo era, sino porque era de su talla. De la talla de Emilia. No una talla menos para humillarla, no un vestido genérico que le quedara como una bolsa. Un vestido diseñado para un cuerpo como el suyo, con un corte que no intentaba esconder las curvas sino trabajar con ellas, que abrazaba donde tenía que abrazar y caía donde tenía que caer, en una tela blanca que no era barata ni pretendía serlo.

Antonov mandó a hacer un vestido de mi talla sin haberme visto nunca. Este tipo tiene información. Y un tipo con información es un tipo peligroso.

Se lo pusieron. Le ajustaron los detalles. Le pusieron los zapatos, que por primera vez en esta vida eran de su número y no le destrozaban los pies. Y cuando terminaron, cuando el ejército de mujeres se apartó y la dejaron sola frente al espejo de cuerpo entero de la suite, Vincent se quedó mirando lo que vio sin poder moverse.

Era Emilia. Pero no la Emilia de los recuerdos tristes, no la del vestido apretado y el moño torcido, no la que se miraba en el espejo del sótano con ojos que habían dejado de buscar algo bueno en el reflejo hacía mucho tiempo. Esta Emilia tenía presencia. Tenía peso, sí, pero un peso que el vestido convertía en volumen y el volumen en algo que llenaba la habitación de una manera que no pedía disculpas por existir.

La cara era la misma y a la vez era otra: los ojos grandes de color miel ahora eran lo primero que veías, enmarcados por un maquillaje que sabía exactamente lo que hacía. Los labios tenían un color que los hacía parecer más llenos, más definidos. El pelo caía con una suavidad que Vincent no creía posible en esa melena que llevaba semanas peleando.

Maldita sea.

No era una modelo. No era una actriz. No era ninguna de esas mujeres flacas que salían en las pantallas brillantes de esta época. Pero era algo, algo que Vincent reconoció con el ojo de un hombre que había visto a muchas mujeres en su vida y que sabía distinguir entre las que pasaban desapercibidas y las que no.

Tal vez sí pueda funcionar. Tal vez este cuerpo tiene más armas de las que pensaba.

Se alisó el vestido con las manos. Se miró una última vez.

Voy a casarme con un mafioso desfigurado al que todo el mundo le tiene miedo, usando el cuerpo de una mujer que no conozco, en una época que no entiendo, sin más plan que sobrevivir y devolver cada golpe que esta familia le dio a una niña que escribía en un diario que nadie leyó.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la suite, y por primera vez los tacones no se sintieron como instrumentos de tortura sino como algo que podía dominar si le daba suficiente tiempo.

He tenido peores planes.

Bueno, no. Este es objetivamente el peor plan que he tenido en dos vidas. Pero es el único que tengo.

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MarlingJCF
Joda!!!! ya lo dijo! ☺️
MarlingJCF
Ja!, 🤣🤣🤣
MarlingJCF
Viejo buitre desgraciado /Smug/
MarlingJCF
Esta es la mejor opcion!, usa esa inteligencia tuya
Sabri Nahir Zapata Zini
Súper súper recomendable historia!! La ame
Sabri Nahir Zapata Zini
Aplausos 👏🏽 autora !!! Estuvo fascinante la historia!!! Gracias 😍
MarlingJCF
Tengo dos teorias:

Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.

El viejo Reencarno!
MarlingJCF
Hasta yo estaria en shock🤭🤭🤭
MarlingJCF
Mielga esto se puso de locos! osea que te casaste con tu bisnieto! ay Vicent no te enamores😂😂😂
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
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