Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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EL FINAL DEL CAMINO
La habitación de Alejandro estaba sumida en una penumbra inquietante. Apenas entró, sus ojos se posaron en la mesa de noche, donde yacían las fotos del último ultrasonido que le había dejado Sara. La imagen del pequeño ser que llevaban en su interior parecía brillar con una luz propia, desafiando la oscuridad que lo rodeaba. “¿Qué he hecho?” pensó, sintiendo un torrente de emociones que lo abrumaban. La decisión de alejarse, de dejar a Sara y todo lo que representaban, le parecía ahora un error monumental. La culpa y el arrepentimiento lo golpeaban como un torrente, y el eco de las palabras de Mariana resonaba en su mente: “Aún puedes salvarte”.
Sin pensarlo dos veces, Alejandro salió de su habitación. La noche era fría y oscura, pero su corazón ardía con la necesidad de encontrar a Sara. Caminó rápido, casi corriendo, con la imagen del ultrasonido grabada en su mente. “Debo decirle que estoy aquí, que no la dejaré,” murmuraba para sí mismo, mientras su mente se llenaba de recuerdos de momentos felices junto a ella. Sin embargo, al cruzar una calle, su mundo se detuvo. Del otro lado, vio a Doña Clara, la madre de Jessica, con los ojos cerrados, avanzando hacia la carretera sin prestar atención a su entorno.
“¡Doña Clara!” gritó Alejandro, su voz resonando en la noche silenciosa. Pero ella no lo escuchó. Era como si estuviera en un trance, ajena al peligro que la acechaba. El corazón de Alejandro latía con fuerza mientras corría hacia ella. “¡No! ¡Detente!” Pero era demasiado tarde. Un coche apareció de la nada, sus luces brillando intensamente, y el impacto fue brutal. Alejandro sintió que el tiempo se detenía, y su grito se ahogó en el horror de la escena. Corrió hacia Doña Clara, que yacía en el asfalto, su cuerpo inmóvil, la vida desvaneciéndose de sus ojos.
“¡Por favor, despierta!” suplicó Alejandro, su voz quebrada por el miedo. Sin embargo, la realidad era implacable. Llamó a una ambulancia con manos temblorosas, y mientras esperaba, su mente se llenaba de imágenes de su propia vida desmoronándose. “Esto no puede estar pasando,” pensó, sintiendo que el peso de la culpa lo aplastaba. La sirena de la ambulancia se escuchó a lo lejos, y Alejandro sintió un pequeño rayo de esperanza. “No la dejaré morir,” prometió, mientras el personal médico llegaba y comenzaba a trabajar frenéticamente.
Mientras tanto, en el monte, Sara despertó en medio de un paisaje onírico, rodeada de la bruma que siempre acompañaba sus sueños. Se sentó, confusa, y en ese momento, sus ojos se posaron en el cuerpo de Nazario, tendido en el suelo como una marioneta sin hilos. “¿Qué ha pasado?” murmuró, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. La visión de su amigo en ese estado la llenó de una tristeza profunda. “Nazario, ¿por qué?” se preguntó, y una lágrima rodó por su mejilla. La imagen de Mariana apareció en su mente, recordándole que el camino que debía seguir era hacia la cascada.
“Mariana, ¿es esto lo que querías mostrarme?” se preguntó Sara en voz alta, mientras se levantaba y comenzaba a caminar. La cascada, un lugar que había sido testigo de tantos secretos, parecía llamarla. “Debo ir allí,” decidió, sintiendo que cada paso la acercaba más a la verdad. Mientras avanzaba, el sonido del agua cayendo resonaba en sus oídos, un canto hipnótico que la guiaba. “¿Qué quieres de mí?” pensó nuevamente, sintiendo que la respuesta estaba más cerca de lo que imaginaba.
En la cárcel, el padre de Sara se encontraba solo en su celda, sumido en sus pensamientos. La oscuridad lo rodeaba, pero no era solo la falta de luz lo que lo atormentaba. Sentía una presencia, una energía que lo envolvía, y en su mente, la imagen de Mariana apareció, clara y aterradora. “¿Por qué estás aquí?” murmuró, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo. La sensación de culpa por lo que había sucedido, por la muerte de su hija, lo ahogaba. “No puedo soportarlo más,” pensó, mientras la figura de Mariana se acercaba, su rostro lleno de tristeza.
“¿Qué quieres de mí?” preguntó, su voz temblando. Mariana sonrió, pero no era una sonrisa de consuelo; era una sonrisa que prometía venganza. “Quiero que recuerdes,” susurró, y el aire se volvió denso, como si la atmósfera misma estuviera cargada de dolor. “Recuerda lo que hiciste, y lo que perdiste.” Las palabras resonaron en la celda, y el padre de Sara sintió que su corazón se detenía. La culpa y el remordimiento lo invadieron, y supo que no podría escapar de su pasado.
Mientras tanto, Alejandro se encontraba en la sala de espera del hospital, su mente un torbellino de pensamientos. “¿Sobrevivirá?” se preguntaba, sintiendo que la angustia lo consumía. La imagen de Doña Clara, con su rostro sereno, lo perseguía. “No puedo perder a más personas ,” pensó, sintiendo que el dolor se acumulaba en su pecho. Cuando finalmente, un médico salió a hablar con él, su corazón se detuvo. “Lo sentimos, hicimos todo lo posible,” dijo el doctor, y esas palabras resonaron en su mente como un eco de desesperanza. La vida de Doña Clara se había apagado, y con ella, un hilo más se rompía en la compleja red de su vida.
“¿Por qué, Mariana?” murmuró Alejandro, sintiendo que la culpa lo ahogaba. La noche se había vuelto más oscura, y él sabía que su vida nunca volvería a ser la misma.