Tras la muerte de Salvatore Vindicta, el imperio criminal queda en el aire. Contra todo pronóstico, Chiara debe asumir el control del negocio familiar. Muchos capos no aceptan que una mujer lidere la organización, y las traiciones comienzan a surgir desde dentro.
Mientras intenta mantener unido el imperio de su padre, la guerra con las familias rivales se intensifica. Markus Becker permanece a su lado, pero su relación también se ve puesta a prueba por el poder, los secretos y las decisiones que Chiara debe tomar para sobrevivir.
En este libro, Chiara pasa de ser la hija del capo a convertirse en una líder temida, mientras su mundo literalmente arde entre violencia, alianzas rotas y sacrificios que podrán en juego su nuevo imperio.
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Capitolo 18
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Mientras la música seguía sonando en la mansión y las copas chocaban en un intento de celebración, nadie allí imaginaba hasta que punto estaban siendo observados.
Ni chiara, ni massimo, ni siquiera Eduardo.
Muy lejos de Italia, al otro lado del océano… específicamente en Washington. El ambiente era completamente distinto. Frío, Metálico, controlado.
Una sala amplia, iluminada por luces blancas, llena de pantallas que mostraban mapas, rostros de incluso Markus, conexiones y movimientos financieros.
En el centro de todo, un nombre resaltaba constantemente:
Chiara Vindicta Medici.
El director de la DEA permanecía de pie frente a una de las pantallas principales, revisando informes con una expresión severa. Su rostro no mostraba emoción alguna. Pero en sus ojos reflejaban algo claro:
Obsesión.
La puerta se abrió.
—director, tenemos información sobre los Vindicta.
El hombre no giró de inmediato.
— Agent James… espero que esta vez sean datos contundentes.
Pausa.
—Necesitamos capturarlos a todos. Pero, sobre todo…
Finalmente se giró.
—A ella.
La pantalla cambió, mostrando el rostro de Chiara.
Imponente.
Fría.
Peligrosa.
—Chiara Vindicta Medici alias “Bella Vendetta”—continuó—La cabeza actual.
El agente James avanzó unos pasos.
—Hemos confirmado que ha estado haciendo negocios con la mafia rusa.
El director entrecerró los ojos.
—Leonid Ivanov.
—Sí, señor. La alianza se ha consolidado. Además… hubo un atentado en Alemania.
Pausa.
—Ella fue la autora intelectual.
El silencio se volvió más pesado.
—Entonces es oficial —murmuró el director—La guerra entre la mafia italiana y la alemana ya no es una sospecha… es un hecho.
Se acercó más a la pantalla.
—Y eso nos beneficia.
James frunció ligeramente el ceño.
—¿Beneficia?
—Claro—respondió el director con calma—Cuanto más se exponga, más errores cometerá.
Pausa.
—Y más años podremos darle.
El agente asintió, aunque su expresión seguía siendo seria.
—Hoy están reunidos —añadió—Toda la familia.
El director se giró de inmediato.
—¿Confirmado?
—Sí. La capo estuvo presente.
Pausa.
—Pero su socio ruso no.
El director soltó una leve exhalación.
—No importa. Lo importante es que tenemos ubicación, patrón y comportamiento.
Se acercó a una mesa digital, ampliando un mapa.
—Lo fundamental aquí… es que nadie sospeche.
Su tono se volvió más bajo.
Más peligroso.
—Nadie debe saber que tenemos infiltrados.
James asintió con firmeza.
—La situación se está saliendo de control, señor. Las cifras aumentan cada día.
Una pantalla mostró estadísticas.
Explosiones.
Ataques.
Víctimas.
—Más de mil muertos diarios en distintas regiones —continuó James—Niños… ancianos… civiles.
El director no apartó la mirada.
—A ellos no les importa.
Pausa.
—Nunca les ha importado.
Su voz se endureció.
—Pasan por encima de todos.
Silencio.
—Pero esta guerra no es nueva.
Se cruzó de brazos.
—Nunca pudimos con Salvatore Vindicta.
La pantalla mostró una imagen antigua.
—Ni con Bruno Becker.
Otra imagen.
Dos imperios.
Dos monstruos.
—Pero ahora…
La pantalla volvió a Chiara.
—Ahora tenemos a la hija.
James dudó un segundo.
—Con respeto, señor… dicen que es igual o peor que su padre.
El director esbozó una leve sonrisa.
—Eso dicen siempre de los herederos.
Pausa.
—Pero el poder pesa.
Se acercó más a la imagen de Chiara.
—Y ella… aún no ha terminado de cargarlo.
Mientras tanto…
En la mansión…
La fiesta continuaba.
Pero Grace D’Angelo ya no estaba sentada.
Se había retirado con discreción.
Caminaba por uno de los pasillos menos transitados, su expresión completamente distinta a la que mostraba ante los demás.
Más fría.
Más calculadora.
Se detuvo.
Sacó un pequeño dispositivo de su bolso.
No era un teléfono común.
Era más compacto.
Más seguro.
Activó una línea cifrada.
Esperó.
—Aquí D’Angelo.
Su voz era baja.
Profesional.
—Reporte.
Una voz masculina respondió al otro lado.
—Adelante.
Ella observó a su alrededor antes de hablar.
—Confirmado. La reunión es real. Toda la familia Vindicta está presente.
Pausa.
—Seguridad alta. Pero no impenetrable.
Al otro lado, el agente James escuchaba con atención.
—¿Visual de Chiara?
—Sí.
Grace cerró los ojos un segundo, como recordando.
—Más controlada de lo que esperábamos
Pausa.
—Pero emocionalmente inestable.
James intercambió una mirada con el director.
—Explíquese.
—Reaccionó de forma agresiva ante una situación familiar. Hay tensión interna.
Pausa.
—Especialmente con su hermano.
El director intervino, acercándose al micrófono.
—Agente.
Ella se tensó apenas.
—Director.
—Necesitamos pruebas.
—Las estoy recolectando.
—No es suficiente.
Pausa.
—Necesitamos algo que la hunda.
apretó ligeramente el dispositivo.
—Estoy dentro.
—Y eso no sirve si no podemos usarlo.
Silencio.
—Quiero rutas. Contactos. Movimientos.
Pausa.
—Quiero a Chiara Vindicta en una celda.
—Entendido
De vuelta en la sala principal…
Chiara observaba.
Algo no estaba bien.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Ese instinto que tantas veces la había salvado… estaba alerta.
Sus ojos recorrieron el lugar.
Buscando.
Analizando.
—¿Qué pasa? —preguntó Mónica.
—Nada.
Pero no era verdad.
—Solo… estoy pensando.
En ese momento, Chiara notó algo.
Grace.
No estaba.
Su expresión cambió apenas.
—¿Dónde está la nueva?
Mónica miró alrededor.
—¿Grace? No la he visto.
Chiara dejó la copa sobre la mesa.
—Sigue con la seguridad —ordenó con calma.
Pero su voz tenía un filo distinto.
Uno peligroso.
En el pasillo…
Grace terminó la llamada.
Guardó el dispositivo.
Y por un segundo…
Solo uno…
Su expresión cambió.
Duda.
Mínima.
Pero real.
Luego volvió a ser la misma.
Fría.
Controlada.
Agente.
Regresó al salón como si nada hubiera pasado.
Pero en ese momento…
El juego había cambiado.
Porque ahora…
Chiara no solo tenía enemigos afuera.
Sino también…
Dentro de su propia casa.
Y en Washington…
El director observaba la pantalla.
Sonriendo levemente.
—Ya está dentro.
Pausa.
—Y cuando caiga…
Su mirada se endureció.
—Todo el imperio caerá con ella.
Chiara, sin saberlo, estaba cada vez más cerca del punto de quiebre.
Porque en su mundo…
La traición no se anunciaba.
Se descubría.
Y cuando lo hacía…
Ya era demasiado tarde.
...CONTINUARÁ ...