historia de Alfas, omegas y betas
NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20 — M
M se llamaba Mariela. Beta. Cuarenta y tres. Había trabajado en el archivo del Consulado argentino en Porto Alegre hasta el 2042, cuando pidió baja porque “no quería sellar más papeles de gente que desaparecía después de la Ceremonia”. Tenía el brazalete gris guardado en un cajón, limado por dentro donde iba el número. No lo usaba. Decía que le daba alergia.
A la mañana nos sirvió mate dulce —costumbre de ella, no de Brasil— y puso la notebook en la mesa.
—Ayer a las once —dijo— el Ministerio de Salud argentino sacó comunicado. Dicen que la lista es “adulteración digital con fines de desestabilización”. No negaron los nombres. Negaron el sello.
Valenti bufó.
—Si negás el sello y no los nombres, confirmás los nombres.
—Exacto —dijo Mariela—. Y Amaral no es cualquiera. La facultad lo banca. Hoy lo citaron en Jornal da Manhã. Mostró el original con sello en seco. No se falsifica eso en PDF.
Elián estaba sentado en el piso con la espalda contra la pared, todavía con la remera de Valenti. Desde que salimos del Centro no había pedido supresores. Olía bajito, limón gastado, y cada vez que alguien pasaba cerca se le tensaban los hombros por costumbre, pero ya no se encogía.
—¿Y ahora? —preguntó.
Mariela abrió un cajón y sacó una carpeta fina.
—Ahora deciden. Acá hay tres cosas. Uno: contacto en Montevideo. Hay red beta allá, chica, pero tienen casa. Dos: quedarse acá. Porto Alegre tiene amparo judicial para omegas. Puedo moverlo para vos —miró a Elián—. Tres: seguir. Hay un periodista en Buenos Aires que quiere la historia completa. No la lista. La historia. Cómo se vive sin folleto.
Me miró a mí cuando dijo eso.
—0427-B —dijo—. Lía dijo que vos archivaste siete años. Que sabés dónde duele el papel.
No contesté enseguida. Beta piensa antes.
—¿El periodista es alfa? —preguntó Valenti.
—Beta —dijo Mariela—. Por eso quiere hablar con betas.
Elián se paró.
—Yo no vuelvo —dijo—. Ni a Montevideo ni a Buenos Aires. Si me agarran en Argentina me meten en Supresión Permanente y no salgo.
Valenti se paró también. No lo tocó. Pero se puso lo bastante cerca para que Elián supiera que no estaba solo.
—No vas a volver —dijo—. Nadie vuelve.
Me miraron los dos. Beta no decide por alfa ni por omega. Pero esa vez esperaban que dijera algo.
—Nos quedamos un día —dije—. Vemos cómo rebota la lista. Si mañana el Gobierno sigue diciendo “fake” y la gente sigue compartiendo, tiene fuerza. Si se apaga, Montevideo.
Mariela asintió.
—Un día.
Ese día lo pasamos encerrados. Afuera Porto Alegre era lluvia y colectivo. Adentro era mate, noticias y silencio. A las cuatro de la tarde el PDF tenía 73 mil descargas. A las seis salió en un canal de Buenos Aires: recorte de dos minutos, conductor diciendo “supuesta lista”, pero mostrando el sello en pantalla. A las ocho, Amaral tuiteó desde la cuenta de la facultad: “No es supuesta. Es original. Yo la vi.”
Valenti estaba en la ventana, con los brazos cruzados. Yo me le acerqué por atrás. No lo toqué al principio. Me quedé a medio paso.
—¿Qué pensás? —pregunté.
—Que no sé hacer otra cosa que cuidar —contestó sin darse vuelta—. En la Pretoriana te enseñan a cerrar puertas. No a abrirlas.
—Esta la abriste vos —dije—. Cuando me sacaste del Centro.
Se dio vuelta. No había nada de capitán en la cara. Solo cansancio.
—Y ahora no sé si abrirla fue para vos o para mí.
Le puse la mano en el pecho, arriba del corazón.
—Para los dos.
Me miró la mano. Después la boca. Después los ojos.
—Damián —dijo.
—Sí.
Me besó ahí, contra la ventana, sin importarle que Mariela estaba en la cocina ni que Elián leía en el sillón. No fue largo. Fue firme. Cuando se separó me apoyó la frente en la mía un segundo.
—No vuelvo a ser Pretoriano —dijo.
—No te lo pido.
Elián carraspeó desde el sillón. No de celos. De “estoy”.
—¿Vamos a Montevideo? —preguntó.
Valenti me miró. Yo miré a Elián.
—No —dije—. Vamos a Buenos Aires.
Valenti arqueó una ceja.
—¿Seguro?
—Si el periodista es beta y quiere historia, la historia es esta —dije—. Beta que archiva, alfa que deserta, omega que no se calla. Sin folleto.
Elián sonrió. Poquito. Primera vez real desde Las Palmas.
—Suena a quilombo.
—Suena a verdad —dijo Valenti.
Mariela apareció con tres pasajes impresos.
—Bus nocturno. Sale a las 23. Llegan a Retiro a las siete. El periodista los espera en un bar de San Telmo. Se llama Ramiro. Beta. Sin brazalete desde el 2040.
Agarré los pasajes. No temblé.
A las once estábamos en la rodoviaria. Lluvia finita. Elián con campera de Mariela, Valenti con mochila al hombro, yo con el libro de Lía en la mano.
Antes de subir, Valenti me frenó un segundo al lado del bus.
—Si en Buenos Aires nos separan —dijo.
—No nos separan —contesté.
—Si nos separan —repitió—, tinta, ¿sí?
—Hierro —dije.
Me apretó la mano una vez. Subimos.
Doce horas después, Buenos Aires otra vez. Sin folleto. Sin brazaletes. Con 158 nombres corriendo solos y tres que por primera vez no tenían miedo de decir los suyos en voz alta.