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Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Amor-odio / Dragones
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XVIII. Sangre, Honor y Lágrimas de Cristal

La madrugada en los calabozos de la Academia siempre tiene un sabor a hierro y a derrota, pero esa noche el aire se volvió tan denso que costaba respirar. Los guardias, que hasta hace un momento dormitaban, se pusieron firmes como si el mismísimo Dios de la Guerra hubiera descendido a las profundidades.

El primero en llegar fue el Coronel Dravenkael. No necesitó palabras; su sola presencia, imponente y curtida por los vientos de la frontera, hizo que las llaves giraran en la cerradura de la celda de Kaelthoryn con una prisa nerviosa. El padre no miró a su hijo con compasión, sino con una decepción que calaba más hondo que cualquier azote. Lo sacó de allí con un empujón silencioso, una sombra arrastrando a otra hacia la libertad de la superficie.

Poco después, el eco de unas botas de montar, rítmicas y pesadas, anunció la llegada de mi propia condena.

Mi padre, el Duque Vaelkríass, apareció frente a mi celda con una cara de pocos amigos que me heló la sangre. Sus ojos grises, iguales a los míos pero endurecidos por décadas de política y mando, se clavaron en mi rostro hinchado y en mi túnica manchada de barro. No hubo saludo. No hubo preguntas.

—Camina —fue lo único que dijo.

Me sacó de la celda sujetándome del brazo con una fuerza que me hizo apretar los dientes. Me llevó a rastras por los pasillos, ignorando mis intentos de soltarme, hasta que el carruaje familiar nos tragó en la oscuridad de la noche. El trayecto hasta el Palacio Vaelkríass fue un silencio asfixiante, solo roto por el sonido de las ruedas contra el empedrado.

En cuanto cruzamos el umbral del gran salón y las puertas pesadas de roble se cerraron tras nosotros, el dique se rompió. Mi padre se giró, su rostro rojo de una furia contenida que finalmente explotó.

—¡¿En qué estabas pensando?! —rugió, haciendo que las lámparas de cristal vibraran—. ¡Peleándote como una mercenaria en el barro! ¡Gritando obscenidades que han manchado el nombre de esta familia frente a cada cadete de la frontera! ¡Has rebajado tu linaje al nivel de la basura, Zhaeryntha!

—¡Él me provocó! —grité, con las lágrimas de rabia finalmente escapando de mis ojos—. ¡Él me insultó, padre! ¡Me trata como si no fuera nada, como si fuera un estorbo!

—¡Es un Dravenkael! ¡Son perros de presa, siempre lo han sido! —el Duque dio un golpe sobre la mesa de caoba—. ¡Pero tú eres una Vaelkríass! Deberías haberlo ignorado, haberlo aplastado con tu indiferencia, no revolcarte en la arena con él. ¡Ahora toda la corte habla de tu "conducta indigna"!

—¡No lo entiendes! —estallé, mi voz rompiéndose en un sollozo violento que me sacudió entera. El dolor físico de los golpes no era nada comparado con la agonía que me quemaba el pecho—. ¡No es solo una pelea de entrenamiento! ¡Es que me enoja porque me entregué!

Mi padre se quedó paralizado, con la mano suspendida en el aire. El silencio que siguió fue el más aterrador de mi vida.

—¡Le di mi virginidad a ese imbécil, padre! —grité entre llantos desesperados, cubriéndome la cara con las manos—. ¡Le di lo único que se supone que era sagrado y ahora él lo usa para escupirme a la cara! ¡Lo usa para recordarme que me posee, que me domina! ¡Me odio por haberle permitido entrar en mi vida y me odio porque, a pesar de todo, no puedo arrancármelo de la piel!

Me desplomé en el suelo del salón, con el cuerpo adolorido y el alma hecha jirones. Mi padre no se movió. Se quedó allí, mirando hacia la nada, con la mandíbula apretada hasta que los músculos de su cuello se tensaron como cuerdas. El honor de la familia, mi futuro, la paz entre los linajes... todo se había quemado en una sola noche de vapor y ahora, en la fría madrugada del palacio, solo quedaban las cenizas de una chica que había descubierto que el fuego de la pasión también puede ser el fuego que lo consume todo.

El suelo de mármol del salón estaba helado, pero no tanto como el vacío que sentí cuando las palabras de mi padre terminaron de romper el aire. Mis sollozos eran lo único que llenaba el espacio, hasta que el crujido de las puertas dobles anunció una presencia que me hizo desear que la tierra me tragara.

Mi madre, Xylanthiaerith de la Estirpe Argéntea, entró con la elegancia espectral que la caracterizaba. Su túnica de seda pálida flotaba a su alrededor como una neblina, pero su rostro, usualmente imperturbable, se contrajo en una mueca de horror al verme deshecha en el suelo, con la cara amoratada y el uniforme de combate manchado de sangre y deshonra.

—¿Qué es este estrépito? —su voz, una campana de plata, tembló ligeramente—. ¿Zhaeryntha? ¿Athelwulf, qué ha ocurrido?

Mi padre se giró hacia ella, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando de una furia que rozaba la locura. Dio un paso hacia atrás, señalándome con un dedo acusador como si yo fuera un monstruo que acabaran de traer de las tierras baldías.

—Esta... ¡Esta niña se ha encargado de pisotear cada siglo de nuestra historia! —rugió él, su voz quebrándose por el asco—. ¡No puedo ni decirlo, Xylanthiaerith! ¡Es una puta deshonra familiar! ¡Una vergüenza que llevará nuestro apellido hasta la tumba!

—¡Athelwulf, contrólate! —exclamó mi madre, acercándose a mí, pero mi padre se interpuso, bloqueándole el paso.

—¡¿Que me controle?! ¡Se ha entregado a un animal! ¡A un perro de frontera de los Dravenkael! —gritó, y cada palabra era un latigazo que me abría la piel de nuevo—. ¡Ha tirado su pureza al barro con el hijo de un coronel que apenas sabe leer un mapa! ¡Eres una ramera con corona, Zhaeryntha! ¡Una traidora a tu sangre! ¡Ojalá te hubieras quedado en ese calabozo para siempre antes de traer esta podredumbre a mi casa!

Me encogí sobre mis rodillas, tapándome los oídos para no escuchar los insultos que seguían cayendo sobre mí como granizo. Mi madre soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la boca, mientras mi padre continuaba su diatriba, llamándome "desecho", "fracaso" y asegurando que desde ese momento, yo no era más que una sombra en su palacio.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó él, golpeando un jarrón de cristal que estalló en mil pedazos cerca de mi cabeza—. ¡Me das asco! ¡Toda la inversión, todos los maestros, todos los dragones... todo desperdiciado porque no pudiste mantener las piernas cerradas frente a un bárbaro! ¡No eres mi hija, eres una mancha que desearía borrar con fuego!

El dolor de sus palabras era mucho más profundo que los golpes que Kaelthoryn me había dado en la arena. Mi madre intentó hablar, pero el llanto también la venció a ella, no sé si por pena hacia mí o por el horror de ver su linaje "manchado".

Elaraethelir:

(Se escucha un suspiro que parece arrastrar el peso de mil inviernos, un eco que nace del vacío. Una nueva voz, profunda, melancólica y cargada de una compasión antigua, emerge de entre las sombras de la estancia).

Soy Elaraethelir, la Tejedora de Penas, y mis ojos han visto reinos caer y estrellas apagarse, pero nada me desgarra más el alma que el sonido de un corazón joven rompiéndose en mil pedazos de cristal.

Observen a esa pequeña criatura. Zhaeryntha ya no es la Tormenta que desafiaba a los jinetes; ahora es solo una niña cuya luz se ha extinguido bajo el peso de palabras que cortan más que cualquier espada. Se puso en pie de golpe, y el movimiento fue tan errático que pareció un milagro que sus piernas no cedieran. Su rostro... ¡oh, su pobre rostro! Estaba de un color ceniciento, una palidez de muerte que hacía que los moretones de la pelea resaltaran como manchas de tinta sobre pergamino virgen. Sus labios, que horas antes habían sido el epicentro de un fuego prohibido, estaban blancos, carentes de vida, temblando en un silencio que gritaba auxilio.

Sin una sola palabra, sin mirar a los padres que acababan de arrancarle la piel con sus juicios, salió disparada. Corrió. Corrió como si el mismo infierno le pisara los talones, atravesando los salones de mármol que ahora se sentían como una tumba.

Salió a la noche, hacia las afueras del castillo, donde el Bosque de las Sombras Susurrantes se extiende como un océano de ramas negras. Se internó en la espesura sin rumbo, sin antorchas, sin esperanza. El aire frío de la madrugada golpeaba sus pulmones, pero ella no podía respirar. El ataque de pánico la estaba devorando por dentro; era una bestia invisible, sofocante, una mano de hierro que le apretaba la garganta impidiéndole tragar el aire que tanto necesitaba.

¡Pobre niña! El bosque parece cerrarse sobre ella, las sombras se alargan como dedos acusadores. Siente que el mundo se encoge, que el oxígeno se ha convertido en plomo. Su pecho sube y baja en una danza agónica, un ritmo asfixiante que no encuentra descanso.

De pronto, la fatalidad. Una raíz retorcida, vieja como el dolor mismo, se cruzó en su camino. Zhaeryntha no la vio; sus ojos estaban nublados por las lágrimas y el terror. Tropezó y cayó con estrépito sobre el lecho de hojas muertas y tierra húmeda.

Allí se quedó. No intentó levantarse. No tenía fuerzas para luchar contra la gravedad cuando su alma ya pesaba más que el mundo entero. Se ovilló en el suelo, hundiendo los dedos en la tierra fría, y de su garganta brotaron gritos ahogados, sonidos desgarradores que no parecían humanos. Eran los lamentos de una vida que se sentía acabada a los diecinueve años, el llanto de quien se siente sucia, rechazada y profundamente sola.

—¡Quiero morir! —susurraba entre espasmos, aunque su propia voz era apenas un silbido en medio de la asfixia—. ¡Que la tierra me trague, que el bosque me oculte, que este dolor se detenga!

El ataque de pánico era una marea negra, una oscuridad que la aislaba de todo lo que no fuera su propia miseria. Allí, bajo la sombra de los árboles milenarios, la heredera de los Vaelkríass se convirtió en nada. Una mancha de dolor en medio de la naturaleza indiferente, pidiendo a gritos un final que no llegaba, mientras el aire se le escapaba entre los dedos y el mundo seguía girando, ajeno a la tragedia de la chica que lo había entregado todo y se había quedado con las manos vacías y el corazón en cenizas.

Qué tristeza me da verla así, tan pequeña, tan frágil... rodeada de un silencio que solo el bosque sabe otorgar a los que ya no tienen a dónde ir.

(al dia siguiente...)

Zhaeryntha:

El amanecer se filtró entre las copas de los árboles como un juicio silencioso. Abrí los ojos y lo primero que sentí fue la tierra húmeda pegada a mi mejilla y el peso de una realidad que hubiera preferido olvidar en el sueño. Intenté tragar saliva, pero mi garganta se sentía como si hubiera bebido vidrio molido; el dolor era punzante, seco, un recordatorio físico de los gritos que desgarraron mis cuerdas vocales durante la noche.

Cuando intenté emitir un sonido, solo salió un aire rancio y roto. Estaba afónica, mi voz se había quedado en algún lugar de la oscuridad del bosque, perdida entre las raíces.

Tenía frío, un frío que nacía en el centro de mis huesos y se extendía hacia afuera, entumeciendo mis dedos y haciendo que mi piel se sintiera de papel. Me incorporé lentamente, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo mi cuerpo. Cada movimiento era una tortura; mis músculos protestaban por los golpes del entrenamiento y por la rigidez de haber dormido a la intemperie, pero no era nada comparado con lo que vino después.

En cuanto me puse de rodillas, una oleada de dolor emocional, pesada y negra, me golpeó con la fuerza de un tsunami. Capturó cada fibra de mi ser, desde la punta de mis dedos hasta la raíz de mi cabello. No era solo tristeza; era una agonía líquida que me inundaba, recordándome las palabras de mi padre, el asco en los ojos de mi madre y la humillación de Kaelthoryn.

"Deshonra". "Ramera". "Nada".

Las palabras resonaban en mi cabeza con el eco de la afonía. Me miré las manos, sucias de tierra y sangre seca, y me sentí ajena a mi propio cuerpo. ¿Quién era esta chica que temblaba bajo la luz gris de la mañana? Ya no era la orgullosa jinete, ni la estudiante brillante, ni la hija amada. Era un despojo que el bosque se había negado a tragar.

Me abracé a mí misma, intentando contener el temblor que amenazaba con desmontarme de nuevo. El aire matutino picaba en mis pulmones, pero la verdadera asfixia era interna. Estaba viva, pero mi mundo se había reducido a este rincón de tierra y al dolor insoportable de saber que, en el palacio detrás de mí, ya no quedaba un hogar, y en el campamento frente a mí, solo quedaba un enemigo que me había robado el alma antes de escupirla.

Me puse en pie, tambaleándome, con la mirada perdida en la bruma. No sabía a dónde ir, porque por primera vez en mi vida, no pertenecía a ninguna parte.

Xylanthiaerith de la Estirpe Argéntea:

El sol ha terminado de alzarse sobre las torres de obsidiana de nuestro palacio, pero para mí, la luz es una ofensa. He pasado la noche entera junto al ventanal, con los ojos fijos en la linde del bosque, viendo cómo la oscuridad devoraba el camino por el que mi pequeña huyó. Mis lágrimas han empapado el pañuelo de encaje hasta dejarlo inservible, y cada vez que el viento aúlla entre las gárgolas, me parece escuchar su voz quebrada llamándome.

—Athelwulf, por los dioses... —mi voz es apenas un susurro roto mientras me giro hacia él—. Los rastreadores no han regresado. El bosque es traicionero, hay lobos de sombra, hay simas... Nuestra hija está ahí fuera, herida, sola... ¡Y tú ni siquiera te has levantado de ese sillón!

Él no me mira. Está sentado frente a la chimenea apagada, sosteniendo una copa de vino que no ha probado en horas. Su espalda está rígida, una línea de acero que pretende demostrar una indiferencia que, conozco bien, es una mentira podrida. Su rostro es una máscara de granito, pero puedo ver cómo sus nudillos están blancos de tanto apretar el cristal.

—Ella tomó su decisión cuando cruzó esa puerta —responde él con una voz ronca, seca, que intenta sonar como el juicio final—. Una Vaelkríass no huye como una delincuente. Si ha decidido perderse en la maleza, que sea el destino quien la juzgue.

—¡Mientes! —le grito, acercándome a él con la desesperación dándome una fuerza que no poseo—. ¡Dices que no te importa, pero te tiemblan las manos! ¡Le dijiste cosas que ningún padre debería decir! ¡La llamaste ramera, Athelwulf! ¡A tu propia sangre!

Él cierra los ojos de golpe y, por un instante, la máscara se agrieta. Veo el dolor cruzar sus facciones como un rayo; un dolor agudo, una punzada de arrepentimiento que le quema las entrañas. Sé que cada insulto que lanzó anoche le está regresando ahora como una flecha envenenada. Sé que en el fondo de su corazón de guerrero, se maldice por no haberla abrazado cuando ella se derrumbó en el suelo. Pero su orgullo, ese maldito orgullo de linaje, es una cárcel que no le permite moverse.

—Dije lo que el honor exigía —masculla él, aunque su voz ya no tiene la misma fuerza—. No puedes pedirme que celebre su ruina.

—¡No te pido que la celebres, te pido que seas su padre! —me desplomo a sus pies, sollozando con la cara oculta en mis manos—. Está muerta de miedo. Sé que lo sabes. Sé que te duele haberla roto así. Puedo oler tu arrepentimiento desde aquí, Athelwulf, y es más amargo que la hiel. Si algo le sucede... si el bosque se la queda... nunca nos perdonaremos lo que permitimos que ocurriera en este salón.

Él deja la copa sobre la mesa con un golpe seco. No se levanta, no me consuela, pero veo cómo su pecho sube y baja en una respiración agitada, luchando contra las ganas de salir corriendo él mismo al bosque para traerla de vuelta. Estamos aquí, rodeados de oro y seda, muriéndonos de pena por una niña que echamos de casa con palabras que no se pueden retirar.

El silencio vuelve a reinar, pero es un silencio herido. Ambos sabemos que hemos cometido un pecado más grande que el de ella: el pecado de la crueldad. Y mientras el tiempo pasa, el miedo a que sea demasiado tarde para pedir perdón nos asfixia más que cualquier deshonra.

(horas despues)

El sol se hundió tras las montañas como una brasa que se apaga en la ceniza, dejando paso a una noche cerrada, sin luna, una noche que olía a desesperación y a tierra mojada. Pero el silencio del bosque era desgarrado, cada veinte minutos exactos, por un sonido que hacía vibrar las piedras del castillo: el batir de unas alas inmensas que cortaban el aire con una urgencia agónica.

Vharok, el gran dragón de escamas cobalto, era una sombra de dolor surcando el cielo.

Desde su vínculo, el animal no sentía solo la ausencia de su jinete; sentía el eco de su asfixia. Los dragones no entienden de "deshonras" familiares ni de insultos de padres orgullosos; ellos solo entienden de la conexión del alma, y la de Vharok estaba sangrando. El dragón aterrizaba pesadamente en los riscos, con las garras hundidas en la piedra, emitiendo un gemido bajo y vibrante que nacía desde el fondo de sus pulmones de fuego. Era un sonido lastimero, un llanto de bestia que buscaba a su otra mitad.

Se elevaba de nuevo, ignorando el dolor de su ala aún sensible, y volaba en círculos cerrados sobre el Bosque de las Sombras Susurrantes. Sus ojos, faros de un ámbar encendido, escudriñaban cada matorral, cada rincón oscuro donde el follaje se volvía impenetrable. Soltaba llamaradas cortas al aire, no para atacar, sino para iluminar la negrura, esperando ver un destello del cabello de Zhaeryntha o el brillo de su armadura.

Pero cada vez que regresaba al patio de la academia o a los jardines del palacio, lo hacía con la cabeza baja y las alas arrastrando por el suelo. Se negaba a comer. Se negaba a entrar en su fosa de descanso. Se quedaba allí, una mole de tristeza azulada, con la mirada fija en los árboles, exhalando bocanadas de humo gris que se mezclaban con la bruma.

Su desánimo era contagioso, una pesadez física que afectaba a todos los que lo veían. Vharok estaba de luto por una jinete que aún respiraba, pero que él sentía que se estaba desvaneciendo en el frío. Sus rugidos ya no eran de guerra, eran súplicas. Cada vez que el viento le traía un rastro de olor a miedo y a lágrimas, el dragón se estremecía entero, golpeando su cola contra el suelo con una rabia impotente.

Estaba perdiendo a su compañera de vuelo, y en su mente ancestral, la noche se volvía eterna. Si Zhaeryntha no aparecía, Vharok no volvería a encender su fuego; moriría de tristeza allí mismo, esperando a la única humana que le había devuelto la libertad y que ahora, irónicamente, estaba prisionera de su propio dolor en algún lugar bajo sus pies. El dolor del dragón era un aullido mudo que reclamaba el regreso de la Tormenta, antes de que el frío de la noche terminara de apagar su corazón compartido.

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Cliente anónimo
hay pobreeee😔😭🥺
Cliente anónimo
🥺😔😭
Cliente anónimo
no, 🥺 😔 ese no es cansancio, niño... eso se llama dolor pero tú terquedad y orgullo no lo haces que se deje ver 🥺🥺🥺
Cliente anónimo
pobres! 🥹😭 sufren muchísimo 🥺
Cliente anónimo
me encantó /Drool//Drool/
Adeilis
Me fascina, más capítulo por favor
Adeilis
La historia es muy interesante
Uma campo
🤣🤣🤣🤣 AMO A LA NARRADORA
Cliente anónimo
me va encantando. donde narra la narradora me hizo reir mucho 🥹💗🐉 además, me encanta como se desarrolla la historia
Uma campo
😂😂😂😂
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