Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 15
.—Lo será, papá —respondo. Mi voz suena a metal frío.
Entro en mi despacho y cierro la puerta. Por un segundo, apoyo la frente contra la madera. El silencio de la oficina es asfixiante. Me acerco a mi escritorio y, por puro instinto, acerco mi muñeca a la nariz. No hay nada. El perfume de sándalo que él usa, ese que parece impregnarse en mi piel cada viernes, se ha desvanecido con el jabón neutro que uso cada mañana.
Y sin embargo, puedo sentirlo.
La reunión de las diez es un desfile de rostros grises y cifras astronómicas. Escucho a los socios hablar de beneficios, de riesgos y de estrategias legales. Asiento en los momentos adecuados. Tomo notas precisas. Pero por dentro, mi mente es un campo de batalla. Me descubro mirando las manos de los hombres sentados a la mesa. Ninguna se parece a la suya. Ninguna tiene esa mezcla de fuerza y delicadeza, ese pulso rítmico que siento cuando sus dedos rodean mis muñecas.
Me doy cuenta, con un miedo repentino, de que ya no estoy esperando el viernes solo para ser libre. Estoy esperando el viernes para verlo a él.
El escape se ha convertido en una búsqueda. Ya no es solo el sexo, aunque la tensión sexual que nos une sea tan espesa que a veces siento que me falta el aire en su presencia. Es algo más. Es la forma en que su silencio me comprende. Es la forma en que su voz, bajo el amparo del anonimato, parece conocer los rincones de mi alma que yo misma mantengo bajo llave.
—¿Alicia? ¿Estás de acuerdo con el párrafo cuarto? —la pregunta de un socio me saca de mi trance.
—Sí —miento con una rapidez profesional—. Aunque sugeriría matizar la cláusula de indemnización para evitar ambigüedades.
Logro sobrevivir al día. Pero al llegar a casa, el vacío es mayor que antes. Camino por mi apartamento minimalista, donde cada objeto está en su lugar, y siento que vivo en un museo. Nada aquí tiene su olor. Nada aquí tiene su tacto.
Abro el armario y miro la peluca roja. El carmesí brilla desafiante contra la ropa oscura del bufete. La acaricio. Ya no es solo un disfraz; es mi piel real. Pero ahora, esa piel se siente incompleta sin él. Me doy cuenta de que he empezado a buscar su apoyo incluso en los días en que no estamos juntos. Cuando tengo un problema difícil en el juzgado, me pregunto qué me diría él en la penumbra de la habitación 402.
—Me estoy perdiendo —susurro a la habitación vacía.
Pero no me importa. Porque perderme en él es la única forma que he encontrado de sentirme real.
La semana se estira como un chicle usado. El martes, el miércoles y el jueves son solo obstáculos que debo saltar. Mi trabajo empieza a verse afectado por una distracción constante. Me descubro dibujando trazos rojos en los márgenes de mis apuntes. Me descubro cerrando los ojos en mitad de la tarde, tratando de recrear la sensación de su aliento contra mi cuello.
Cuando finalmente llega el viernes, la urgencia es casi dolorosa. No hay ritual lento hoy. Me desvisto con una prisa que raya en la desesperación. Me pongo la peluca, me pinto los labios de ese rojo sangre que él siempre termina borrando, y me coloco la máscara de encaje.
Manejo hacia el club con el corazón martilleando contra mis costillas. Al entrar en Anónimos, no me detengo. Subo las escaleras de caracol, ignorando la música baja y las risas amortiguadas. Llego a la puerta de la 402 y entro sin llamar.
Él está allí. De pie, frente a la pequeña ventana, mirando hacia el callejón. Al escuchar la puerta, se gira con una rapidez que delata que él también ha estado contando los segundos.
No decimos nada. No hace falta. Camina hacia mí y me toma por la cintura, atrayéndome contra su cuerpo con una fuerza que me hace soltar un suspiro de alivio. Sus manos, calientes y seguras, se hunden en mi espalda. Apoyo la cabeza en su pecho y cierro los ojos.
—Has llegado antes —susurro contra su camisa de seda negra.
—No podía esperar más —responde él. Su voz es más ronca de lo habitual, cargada de una necesidad que va más allá de la piel.
En este momento, bajo el amparo de la oscuridad, la grieta en mi máscara se ensancha. Ya no busco solo el placer; busco su presencia. Busco el refugio de este hombre sin nombre que se ha convertido en el centro de mi universo gris.
La sensualidad de la noche comienza, pero hoy hay una nota nueva, una nota de ternura desesperada que me hace temblar más que cualquier caricia. Me doy cuenta de que estoy en peligro. Me estoy enamorando de una sombra, y el miedo al rechazo de quien soy realmente empieza a asomar la cabeza, aunque por ahora, decido enterrarlo bajo el rojo de mi libertad.
El segundero del reloj de pared en la sala de conferencias del bufete Vázquez & Asociados se mueve con una lentitud criminal. Tic. Tac. Cada golpe de metal sobre metal es un recordatorio de que estoy atrapada en una realidad que ya no me pertenece. A mi alrededor, cuatro abogados senior discuten sobre la responsabilidad civil en un caso de negligencia constructiva. Hablan de cimientos, de vigas maestras y de materiales defectuosos.
Yo también tengo los cimientos agrietados, pero nadie aquí puede verlo.
Me descubro mirando mis propias manos sobre la mesa de cristal. Están quietas, cruzadas con una elegancia ensayada. Pero en mi mente, esas manos están buscando desesperadamente el calor de una camisa de seda negra. Siento el fantasma de sus dedos largos entrelazándose con los míos, una sensación tan vívida que por un segundo pierdo el hilo de la conversación.
—¿Alicia? ¿Tu opinión sobre la cláusula de exclusión? —pregunta mi padre.
Su voz me devuelve al presente como un latigazo. Mi padre me observa con esos ojos que solo ven resultados. Para él, soy la pieza más valiosa de su ajedrez legal. No sabe que la pieza ha empezado a moverse por su cuenta, fuera del tablero.
—Es sólida, papá —respondo, y mi voz suena perfecta, despojada de cualquier rastro de la mujer que anoche soñó con sombras—. Sin embargo, si el peritaje demuestra dolo, la exclusión caerá por su propio peso. Recomiendo un enfoque más conservador en la negociación inicial.