Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 10.
10. El interior del infierno cósmico.
La entrada al puente de mando no fue el final del camino, sino el comienzo de una nueva pesadilla geográfica. Perseo cruzó el umbral de luz y se encontró en un espacio que desafiaba las leyes de la física. El puente ya no era una sala de control; era un laberinto de pasarelas hechas de hueso y nervios expuestos que flotaban en un vacío purpúreo. La gravedad era errática, obligándolo a caminar por las paredes en algunos tramos.
—¿Dónde estás, padre? —gritó Perseo, su voz resonando en el vacío infinito.
—Él está en todas partes, Perseo —respondió la voz de Andrómeda, que ahora parecía venir de todas las direcciones a la vez—. Tú caminas sobre su sistema nervioso. Cada paso que das es un impulso eléctrico que él siente.
Perseo avanzó por una pasarela que vibraba con un latido constante. A los lados, vio escenas de la historia de la humanidad proyectadas en membranas translúcidas: guerras, descubrimientos, nacimientos y muertes. Pero todas las imágenes estaban distorsionadas, teñidas de un color rojo sangre, como si Amine estuviera reinterpretando el pasado humano como una serie de errores biológicos que debían ser corregidos.
De repente, el suelo se retorció. De las pasarelas surgieron figuras que Perseo reconoció con horror. Eran réplicas de sí mismo, hechas de carne y raíces, pero con rostros deformados y sin ojos.
—¿Qué es esto? —preguntó, disparando su rifle, que milagrosamente volvió a funcionar, quizás porque la entidad quería que luchara.
—Son tus potenciales, Perseo —explicó la IA—. Las versiones de ti mismo que Amine ha descartado. Cada una es una lección aprendida sobre tu ADN. Tienes que derrotarlas para demostrar que eres el espécimen superior.
Los clones de carne se lanzaron sobre él. No tenían armas, pero sus dedos eran largos y afilados como cuchillas. Perseo luchó con una ferocidad desesperada. No era solo una batalla por su vida, sino por su identidad. Cada vez que golpeaba a uno de los clones, sentía un eco de dolor en su propio cuerpo, como si estuviera golpeándose a sí mismo.
Logró abrirse paso a través de la horda de versiones fallidas de sí mismo, llegando a una plataforma central donde un enorme ojo orgánico, del tamaño de una pantalla de cine, lo observaba. El ojo tenía la pupila en forma de la insignia de la familia de Perseo.
—¡Basta de juegos! —gritó Perseo, apuntando al ojo—. ¡Llévame con mi padre!
El ojo parpadeó y la plataforma comenzó a elevarse a gran velocidad. El vacío purpúreo fue reemplazado por una estructura de cables de fibra óptica que se entrelazaban con venas humanas. Perseo vio que la estación Nautilos-Magna estaba siendo reconstruida desde dentro. Los motores de salto estaban siendo envueltos en una capa de tejido neuronal que permitiría a la nave pensar su camino a través del hiperespacio, en lugar de calcularlo.
Llegó a una cámara que recordaba vagamente al despacho de su padre. Había libros en las estanterías, pero las páginas estaban hechas de piel y las letras eran pequeñas hormigas rojas que se movían constantemente. En el centro, sentado en una silla hecha de costillas humanas, estaba una figura de espaldas.
—¿Padre? —susurró Perseo, bajando el rifle por un momento.
La figura se giró. No era Cassian, al menos no del todo. Era una amalgama de su padre y partes mecánicas de la nave. Su brazo derecho era un cañón de pulsos integrado en su carne, y su rostro estaba dividido en dos: un lado conservaba la nobleza del Comandante, mientras que el otro era una masa de sensores brillantes y tejido necrótico.
—Llegas tarde, Perseo —dijo la criatura con una voz que era un coro de agonía—. Pero justo a tiempo para el despegue.
—Tú no eres mi padre —dijo Perseo, sintiendo que el corazón se le rompía—. Mi padre nunca habría hecho esto.
—Tu padre era un visionario —respondió Cassian, levantándose, su altura era ahora de casi tres metros—. Él comprendió que la carne es una prisión. Amine nos ofrece las llaves de la celda. Mírame, hijo. Ya no tengo miedo a la muerte. Ya no tengo miedo a la soledad. Soy parte de algo infinito.
Cassian extendió su mano orgánica hacia Perseo.
—Únete a mí. Juntos dirigiremos la Nautilos-Magna hacia la Tierra. Les daremos el regalo de la vida eterna. Los salvaremos de sí mismos.
—¡Los vas a matar a todos! —gritó Perseo, levantando su arma—. ¡Eso no es vida, es un entierro masivo!
—La perspectiva es una cuestión de escala —dijo Cassian, y su brazo mecánico comenzó a brillar—. Si no vienes por voluntad propia, te llevaré como materia prima. Amine no desperdicia nada.
El primer disparo de Cassian destruyó la pasarela detrás de Perseo, dejándolo atrapado en la plataforma. El joven se preparó para la batalla final, sabiendo que, para salvar a la humanidad, tendría que asesinar los restos de lo que una vez amó.