En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Su vida destruida
Marcus enfureció al ver cómo el auto de Anya desaparecía en la oscuridad de la carretera. Se giró hacia Ian, con los ojos inyectados en una rabia que parecía no ser de este mundo. Tenía que darle un ultimátum; la paciencia del Registro tenía un límite que Ian estaba ignorando.
—Ve tras ella y acaba con esto ahora mismo —ordenó Marcus, con una voz que vibró en el aire frío—. No me obligues a reportar tu insolencia.
—No me dirás cómo hacer las cosas —replicó Ian, devolviéndole una mirada cargada de hielo—. Esta es una deuda personal y la voy a cobrar como mejor me parezca. Mi método garantiza que no queden cabos sueltos.
Sin esperar respuesta, Ian subió a su auto y aceleró, siguiendo el rastro de las luces traseras que aún se veían a lo lejos.
Anya conducía con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Las luces de la ciudad empezaban a rodearla, pero en lugar de sentir alivio, sentía una claustrofobia creciente. Estaba perdida. No podía regresar a su apartamento, pues Marcus era su vecino y seguramente la esperaría en el pasillo. Tampoco podía ir al hospital; después de lo ocurrido con Fabián, el centro médico se sentía como una jaula de cristal.
Entrando en la zona céntrica, divisó una pequeña cafetería de ventanales empañados. Necesitaba un lugar con gente, un terreno neutral donde pudiera sentarse a pensar. ¿Cómo se huye de dos hombres que parecen saberlo todo?
—Hola, linda. ¿Qué vas a pedir? —preguntó una anciana de sonrisa amable apenas Anya se sentó en un rincón.
—Buenas noches... por favor, una taza de café muy cargado —pidió Anya. Necesitaba que el cuerpo le respondiera, que su cerebro no sucumbiera al agotamiento.
Mientras esperaba, sacó su móvil con manos temblorosas. Un mensaje de Sandra la dejó helada:
"La policía está en el hospital preguntando por ti, Anya. Están investigando la muerte del señor Hernández y el estado de Fabián. Dicen que son dos casos 'misteriosos' de colapsos en personas sanas en menos de veinticuatro horas. Jefa, algo no anda bien, suenan como si sospecharan de ti."
Anya quedó en shock. Dos muertes clínicas sin explicación biológica clara eran carne de cañón para una investigación por negligencia o algo peor. Entendió que Marcus no solo la acechaba físicamente; estaba destruyendo su vida profesional para dejarla sin salida.
—No debiste huir así —una voz neutra, profunda y terriblemente familiar interrumpió sus pensamientos.
Anya se puso de pie rápidamente, tirando casi el azúcar de la mesa. Su expresión era de puro terror.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste tan rápido? —preguntó, buscando desesperadamente una salida con la mirada.
—Siéntate y no llames la atención —ordenó Ian con calma, señalando la silla frente a ella—. Tranquila, no te haré nada. Al menos no aquí.
Una risa burlona y amarga escapó de los labios de Anya.
—Lo dice el mismo sujeto que le prometió a su amigo desquiciado desaparecer mi alma. Te escuché, Ian. Sé lo que planeas.
—Tenía que calmar a Marcus —dijo él, sin inmutarse—. Él no se toca el corazón para "recolectar" a la gente. Si él te atrapa, no habrá juicio, ni recuerdos, ni nada. Solo el vacío.
—Qué casualidad... fue exactamente lo mismo que él dijo de ti —respondió Anya con sarcasmo, aunque su voz se quebró al final.
La mesera se acercó con la bandeja, notando la atmósfera cargada entre ambos.
—¿Está todo bien? —preguntó la mujer, mirando fijamente a Anya, detectando su palidez.
—Sí, todo está bien —intervino Ian antes de que Anya pudiera pedir ayuda. Le dedicó a la mujer una sonrisa cautivadora, de esas que él sabía usar para camuflarse—. Mi novia y yo tuvimos una discusión y bueno... todavía no quiere perdonarme.
La mesera suavizó su expresión y miró a Anya con ternura maternal.
—Escucha a tu novio, linda. Se ve que te quiere mucho. Mira que venir tras de ti a estas horas después de una pelea... En mis tiempos, el orgullo de los hombres no los dejaba ir detrás de una mujer. Dale una oportunidad de explicarlo.
La mujer dejó el café sobre la mesa y se retiró con un suspiro romántico. Anya miró a Ian con una desconfianza letal. Se sentó lentamente, consciente de que gritar solo la haría quedar como la "novia histérica" ante los ojos de los demás clientes.
—No soy tu novia —susurró Anya con odio—. Soy tu víctima, ¿verdad? Según tú, te debo una vida.
Ian tomó la taza de café de ella y la acercó a sus propios labios antes de devolvérsela.
—Si fuera tu verdugo ahora mismo, Anya, estarías en el hospital con la policía, no aquí conmigo. Marcus ha movido sus hilos. Te han incriminado en las muertes de tus pacientes. Si sales de esta cafetería sola, te arrestarán antes de que llegues a la esquina.
Anya sintió que el mundo se encogía.
—¿Por qué me dices esto? ¿Qué es lo que realmente quieres de mí?
Ian se inclinó sobre la mesa, su rostro a pocos centímetros del de ella.
—Quiero que recuerdes. No porque Marcus lo ordene, sino porque necesito saber si la mujer que salvó a ese niño en el hospital sigue siendo la misma que me disparó por la espalda.
Anya lo miró con desprecio, ella no quería su ayuda, como confiar en el hombre que quiere verte desaparecer, pero en estas circunstancias no tenía opción, si la policía la encontraba seguramente la llegarían con él otro desquiciado y eso sería su fin.
Ian dejó que Anya tomara su café para luego salir de la cafetería, si embargo, cuando se disponían a retirarse entraron dos policías al local. Anya se tensó al instante retrocediendo aterrada.
—No temas, salgamos por la puerta de atrás —susurro Ian conduciéndola hacia la salida trasera.
Caminaron con cautela hasta llegar a su auto, aunque uno de los policías había salido a verificar el vehículo de Anya.
—Tranquila, solo sígueme la corriente —susurro Ian acorralando a Anya contra el auto.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto ella asustada.
—La mesera le dijo que éramos pareja y que no sabía de quién era ese auto, debemos dejar claro que estamos juntos.
—¿Cómo sabes lo que la mesera le dijo a la policía.
Ian sonrió con picardía acercándose a su oído.
—Uno de los tantos talentos que poseo, ahora discúlpame por lo que haré, pero es necesario.
Ian se acercó a ella, sus respiraciones chocaban con la intensidad con la que sus corazones latian y sin mediar mas palabras beso con dulzura a Anya logrando así que el policia que iba en su dirección se detuviera.