Tras morir en su mundo anterior, Ariel despierta en el cuerpo de un omega marcado como villano en una sociedad omegaverse brutal y jerárquica. Todos aseguran que este omega traicionó, manipuló y causó la muerte de varios alfas importantes.
Pero Ariel no recuerda haber hecho nada de eso.
Condenado a un matrimonio arreglado con un alfa violento —un enlace que, en realidad, es una sentencia de muerte encubierta—, Ariel intenta sobrevivir en silencio… hasta que aparece Kael, un delta poderoso, temido por muchos y leal a nadie… excepto a él.
Kael no solo lo ayuda a escapar.
Lo protege.
Lo reconoce.
Lo ama.
Y Ariel pronto descubrirá que:
Ya se conocieron en otra vida
En esta misma vida, Kael lo conoció cuando ambos eran niños
Kael lo ha buscado en cada existencia
Y que la historia del “omega villano” es una mentira cuidadosamente construida
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CAPÍTULO 14 – APRENDER A VIVIR DESPACIO
El amanecer no llegó de golpe.
Se deslizó lentamente entre las grietas del refugio, como si incluso la luz entendiera que aquel lugar merecía cuidado.
Kael despertó antes que Ariel, como casi todas las mañanas desde que habían comenzado a huir juntos. Sin embargo, por primera vez, no despertó con el cuerpo tenso ni con la mano buscando un arma. Despertó… en calma.
Ariel dormía profundamente, acurrucado contra su pecho, con una pierna apoyada sobre la de Kael y una mano descansando sobre su propio vientre. Su respiración era suave, rítmica, y en su rostro no había rastro del miedo que solía acompañarlo incluso en el sueño.
Kael lo observó largo rato.
Pensó en cuántas veces había visto a ese mismo omega siendo juzgado, señalado, reducido a rumores. Pensó en lo injusto que era que alguien tan delicado hubiera tenido que aprender a sobrevivir en un mundo que nunca le ofreció descanso.
Con cuidado extremo, Kael acomodó mejor la manta sobre ambos. Ariel se movió apenas, murmurando algo ininteligible antes de acomodarse más cerca, como si incluso dormido supiera dónde estaba su lugar seguro.
Kael cerró los ojos un instante.
Esto, pensó, esto es vivir.
Cuando Ariel despertó, lo hizo despacio, como si temiera que la realidad se deshiciera si abría los ojos demasiado rápido. Parpadeó, sintió el calor, el peso reconfortante del brazo de Kael rodeándolo… y sonrió.
—Sigues aquí —murmuró.
—No tengo planes de irme —respondió Kael en voz baja.
Ariel se incorporó un poco, apoyando la espalda en el pecho del delta.
—Es extraño —dijo—. Mi cuerpo sigue esperando órdenes. Como si en cualquier momento alguien fuera a decirme qué hacer, cómo moverme, qué sentir.
Kael deslizó los dedos lentamente por su brazo.
—No hay órdenes aquí —dijo—. Solo elecciones.
Ariel guardó silencio. Esa palabra aún le costaba.
El desayuno fue sencillo. Pan, algo de fruta seca, agua caliente. Aun así, Ariel insistió en ayudar, aunque Kael lo vigilaba con una atención casi exagerada.
—No soy de cristal —protestó Ariel mientras cortaba el pan.
—No —respondió Kael—. Pero estás aprendiendo a cargar menos peso.
Ariel se detuvo.
—Nunca nadie me dijo eso.
Kael levantó la vista.
—Porque te confundieron fortaleza con sacrificio —respondió—. Y no son lo mismo.
Después de comer, Ariel sintió ese cansancio profundo que ya comenzaba a reconocer. No era agotamiento; era una llamada interna, un pedido silencioso de su cuerpo.
—Creo que necesito sentarme —admitió.
Kael ya estaba a su lado antes de que terminara la frase.
—Ven.
Ariel se dejó guiar, apoyándose más de lo habitual. Se recostó, cerrando los ojos, sintiendo una leve presión en el pecho… y alivio.
—Odio sentirme inútil —confesó de pronto.
Kael se sentó a su lado.
—No estás siendo inútil —dijo—. Estás creando algo que nadie más puede crear.
Ariel abrió los ojos.
—¿Y si no soy suficiente?
Kael tomó su mano, firme.
—Entonces aprenderemos juntos —respondió—. Pero no te negaré el derecho a descansar solo porque otros te obligaron a sufrir.
Ariel tragó saliva. Aquellas palabras no eran grandiosas ni heroicas. Eran simples. Y por eso mismo, profundamente reparadoras.
Dormitó un rato. Cuando despertó, Kael estaba afilando su espada, pero se detuvo apenas notó que Ariel lo observaba.
—Te ves… diferente —dijo Ariel.
—¿Peor? —preguntó Kael.
—Más humano —respondió Ariel, sonriendo.
Kael alzó una ceja.
—Eso puede ser peligroso.
—Para mí no —dijo Ariel—. Me gusta.
Por la tarde, Ariel se mareó levemente. Se apoyó en la pared, respirando hondo.
Kael apareció de inmediato.
—¿Dolor?
—No —respondió Ariel—. Solo… el mundo giró un poco.
Kael lo condujo con cuidado hasta el lecho improvisado.
—Quédate aquí —ordenó con suavidad.
Ariel lo miró, divertido.
—¿Eso fue una orden?
Kael sonrió apenas.
—Fue una petición muy insistente.
Ariel rió.
—Está bien… pero quédate conmigo.
Kael se sentó a su lado, entrelazando sus dedos.
—Siempre.
El atardecer los encontró en silencio, observando cómo la luz cambiaba de tono. Ariel apoyó la cabeza en el hombro de Kael.
—Creo que nunca aprendí a vivir despacio —dijo.
—Yo tampoco —admitió Kael—. Pero tal vez no se trata de aprender… sino de permitirlo.
Ariel cerró los ojos.
—Si me quedo quieto… a veces duele —confesó—. Aparecen recuerdos.
Kael besó suavemente su cabello.
—Entonces los enfrentaremos juntos.
La noche cayó con suavidad. Cenaron sin prisa. Ariel se apoyó más en Kael, y esta vez no pidió disculpas por ello.
Antes de dormir, Ariel tomó la mano del delta y la llevó a su vientre.
—Aún no se nota —dijo—. Pero está ahí.
Kael asintió, solemne.
—Lo sé.
Ariel lo miró.
—Gracias… por no apurarme. Por no exigirme que sane rápido.
Kael apoyó la frente en la suya.
—El amor no corre —susurró—. Acompaña.
Ariel sonrió, con los ojos brillantes.
Esa noche, durmió profundamente.
Y Kael, vigilante pero en paz, comprendió que proteger no siempre significaba luchar.
A veces… significaba quedarse.