En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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El encuentro
...¡Hola, mis queridos lectores! Estoy emocionada de compartir con ustedes una nueva aventura que he comenzado. Espero que les guste, aunque reconozco que el género no es mi fuerte....
...Les agradecería mucho si pudieran dejar un "like" y sus comentarios positivos. Su apoyo significa el mundo para mí....
...¡Muchas gracias de antemano!...
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El hospital San Judas siempre olía a una mezcla estéril de desinfectante de pino y muerte suspendida. Para la mayoría de la gente, era un lugar de esperanza o de despedida, pero para Ian, era una galería de ecos. Mientras caminaba por el pasillo principal, sus ojos no buscaban los carteles de señalización, sino las pieles expuestas de quienes pasaban a su lado.
Ian era un Rastreador, y su mundo estaba hecho de cicatrices.
Vio a un anciano en una silla de ruedas con una marca violácea alrededor de la garganta; en su vida anterior, el peso de una soga le había cortado el aliento. Vio a una enfermera con una mancha de nacimiento roja que le salpicaba la mejilla como una salpicadura de aceite hirviendo. El Registro no mentía. Las almas arrastraban sus finales como tatuajes invisibles para el ojo común, pero para Ian, eran gritos silenciosos que le revelaban quiénes habían sido antes de que el ciclo volviera a empezar.
Se ajustó la chaqueta oscura, ocultando la marca que definía su propia existencia. Bajo la tela fina de su camisa, justo sobre el músculo del corazón, la piel estaba deformada por una hendidura profunda y rugosa, una cicatriz que no debería existir en un hombre de treinta años que nunca había pasado por un quirófano. Era el mapa de un asesinato. Un siglo de antigüedad comprimido en unos pocos centímetros de tejido fibroso.
De repente, un espasmo violento le recorrió el tórax.
Ian se detuvo en seco, apoyando una mano contra la pared de baldosas blancas. No era un dolor físico ordinario; era una quemadura interna, como si el acero que lo mató en 1926 se hubiera vuelto a materializar, al rojo vivo, buscando terminar el trabajo. Su corazón, el de carne y hueso, empezó a galopar con una arritmia salvaje.
—No puede ser —susurró, con los dientes apretados.
Había pasado décadas recorriendo ciudades, aeropuertos y estaciones de tren, esperando esta reacción. Su Registro estaba vinculado al de su asesina por una ley de atracción kármica que la ciencia moderna jamás podría explicar. Si ella estaba cerca, su herida reaccionaba. Si ella estaba cerca, la sangre de Ian reclamaba la justicia que le habían negado en un callejón oscuro hacía cien años.
El aroma llegó antes que la imagen.
En medio del olor a alcohol medicinal y formaldehído, una ráfaga de jazmín fresco invadió sus fosas nasales. Era un aroma fuera de lugar, elegante y antiguo, el mismo que lo había embriagado segundos antes de que el mundo se volviera negro en su vida pasada.
Ian se giró hacia las puertas dobles del área de urgencias. El metal de las puertas se abrió de golpe y una camilla pasó a toda velocidad, empujada por un equipo de médicos y enfermeros en estado de pánico.
—¡Necesitamos el quirófano tres, ahora! —gritó una voz femenina, firme y cargada de una autoridad absoluta.
Ian la vio.
Era ella. No tenía el mismo rostro, por supuesto. Su cabello ahora era castaño oscuro, recogido en una coleta apresurada, y sus ojos, antes cargados de una frialdad aristocrática, ahora brillaban con la desesperación de quien lucha por retener una vida. Pero el alma era la misma. La forma en que se movía, la cadencia de su voz, la energía que desprendía... era inconfundible.
Llevaba una bata azul de cirujana, y sus manos, esas manos que Ian recordaba sosteniendo un revólver de plata, estaban cubiertas de guantes de látex empapados en sangre. Estaba presionando la herida abierta de un adolescente que se desangraba sobre la camilla, luchando contra la muerte con una ferocidad casi poética.
El mundo alrededor de Ian se volvió borroso. Los gritos de los familiares, el pitido de las máquinas y el ajetreo del hospital se convirtieron en un zumbido lejano. Solo existían ellos dos.
Él se quedó paralizado mientras el equipo médico pasaba a su lado. Al pasar frente a él, por una fracción de segundo, la doctora levantó la vista. Sus ojos se cruzaron.
Ella no lo reconoció, al menos no conscientemente. Pero Ian vio cómo ella vacilaba un milisegundo. Vio cómo sus pupilas se dilataban y cómo un escalofrío visible recorría sus hombros. Ella sintió el impacto, el choque de dos trenes que habían estado destinados a colisionar desde el principio de los tiempos.
—¿Doctora Linares? —le urgió un enfermero.
Ella parpadeó, sacudiendo la cabeza para recuperar el enfoque, y siguió corriendo con la camilla, perdiéndose tras las puertas del área restringida.
Ian se quedó solo en el pasillo, con la respiración entrecortada y la mano aún presionando su pecho. El calor de su cicatriz no disminuía; al contrario, palpitaba con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas.
"Linares". El nombre resonó en su mente como una campana fúnebre.
Sacó su teléfono y marcó un número privado. Su voz salió fría, despojada de cualquier rastro de la emoción que acababa de sacudirlo.
—La tengo —dijo sin saludar—. Está en el San Judas. Se hace llamar Anya Linares.
—¿Estás seguro, Ian? —preguntó una voz profunda al otro lado de la línea—. Han pasado cien años. Muchas almas se pierden en el camino.
—Mi corazón acaba de dejar de latir por un segundo solo para reconocerla —respondió Ian, mirando fijamente las puertas por las que ella había desaparecido—. No hay error posible. Es ella. La mujer que me mató está trabajando como cirujana en este hospital.
—Sabes cuáles son las reglas del Registro —advirtió la voz—. No puedes actuar hasta que confirmes la marca. Debes ver su Registro de Culpable. Si ella disparó, tendrá la marca del ejecutor en su mano dominante. Sin eso, no tenemos jurisdicción.
Ian colgó sin responder. No necesitaba que nadie le recordara las reglas. En este sistema de justicia, no bastaba con el recuerdo o el instinto. Los Rastreadores necesitaban la prueba física: la marca de "Culpable", una cicatriz específica que aparecía en quienes habían cometido asesinatos en sus vidas anteriores.
Caminó hacia la sala de espera, sentándose en una esquina desde donde podía vigilar la salida del quirófano. Sabía que la cirugía tardaría horas. Tenía tiempo para planear su siguiente movimiento.
Observó sus propias manos. Estaban temblando. No era miedo, era una mezcla tóxica de odio y una extraña fascinación. ¿Cómo era posible que el destino hubiera convertido a una asesina a sangre fría en una salvadora de niños? ¿Era un intento de redención del universo o simplemente el disfraz más perfecto de todos?
—Anya Linares —susurró para sí mismo, saboreando el nombre como si fuera veneno—. Has pasado un siglo escondiéndote en otros cuerpos, en otros nombres, pero el Registro siempre vuelve por lo que es suyo.
Se reclinó en la silla, cerrando los ojos por un momento. Inmediatamente, la visión lo asaltó: 14 de mayo de 1926. La lluvia golpeando el pavimento de Chicago. Él, rogando por una explicación. Ella, con su vestido de seda y esa fragancia de jazmín, levantando el arma sin que le temblara el pulso. El estallido. El fuego en su pecho. El frío del suelo.
Ian abrió los ojos. La cicatriz en su pecho le envió una última punzada de advertencia.
Se puso en pie y caminó hacia el mostrador de recepción, luciendo su sonrisa más profesional y vacía, la que usaba cuando necesitaba cazar.
—Hola —le dijo a la recepcionista—. Soy el detective Ian Vasquez. Necesito hablar con la doctora Linares en cuanto salga de cirugía. Es un asunto... de vida o muerte.
La recepcionista asintió, ajena al hecho de que acababa de darle entrada al verdugo en el santuario de la doctora.
Ian se retiró a las sombras del pasillo. La espera había terminado. El ciclo se estaba cerrando. El cazador había encontrado a su presa, y esta vez, no habría un callejón oscuro donde esconderse.
—Finalmente te encontré —murmuró, mientras el aroma a jazmín desaparecía, dejando solo el rastro amargo de la justicia inminente.