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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me contrato para traducir el corazón de su amante.

Terminé enamorándome de él.

Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.

Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.

Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.

Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.

Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...

Caeleen seguirá amando a otro.

Y él habrá perdido todo.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA NEGATIVA.

La conversación con León Rivas no había sido una advertencia. Había sido una autopsia en directo. Azren llevaba días con el cadáver de esa conversación dando vueltas en la cabeza, incapaz de enterrarlo.

Ya no podía ver a Caeleen con los mismos ojos. Cada vez que intentaba recordarlo —la silueta en la cancha, el gesto de frustración robado, la forma en que sus manos sostenían un ramo como si fuera una granada— se superponía la imagen de León. Sus ojos claros. Ese cansancio que venía de muy atrás. La forma en que dijo "yo ya estoy acostumbrado a sufrir en silencio" como quien comenta el tiempo.

Azren había pasado de ser cartógrafo a ser juez en una guerra donde todos perdían. Y su veredicto interno era claro: tenía que parar.

Pero parar significaba decirle que no a Caeleen Valkrum. Y decirle que no a Caeleen Valkrum era como declararle la guerra a un huracán con un paraguas.

Los siguientes días fueron un ejercicio de cobardía estratégica. Cambió de café. Dejó de pasar por calles donde pudiera encontrárselo. No contestó dos llamadas de números desconocidos. Sabía que era inútil. Caeleen no era un hombre al que se pudiera esquivar. Era un depredador. Y los depredadores, cuando algo se les resiste, redoblan el acecho.

El encuentro ocurrió donde tenía que ocurrir. Donde todo había empezado.

Azren había ido a la clínica de Leo a devolver unas revistas médicas. Una excusa. Una forma de sentirse normal, de pisar terreno conocido antes de desaparecer del mapa. Cuando empujó la puerta de cristal, el pasillo estaba vacío. Las canchas, al fondo del ventanal, también. Sintió un alivio estúpido, casi ridículo.

Dobló hacia la recepción.

Y allí estaba él.

Caeleen salía de los vestuarios, la camiseta negra pegada al torso por el sudor, el pelo mojado y revuelto, la respiración aún agitada por el esfuerzo. La tela se adhería a cada músculo como una segunda piel, marcando la anchura de sus hombros, la definición del pecho, la línea que desaparecía bajo el borde de los pantalones. El cabello negro, más oscuro por la humedad, le caía sobre la frente en mechones que parecían colocados por un estilista que entendía demasiado bien el poder del desorden calculado.

Era absurdo lo guapo que era. Absurdo y casi insultante.

Sus ojos ámbar recorrieron el pasillo y se clavaron en Azren con la precisión de un misil guiado. No hubo sorpresa. No hubo casualidad. Llevaba días esperándolo. Lo sabía.

Esta vez no hubo gesto hacia el banco. No hubo distancia. Caeleen se acercó directamente, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien posee todo lo que toca. Olía a jabón y a esfuerzo, a calor y a determinación. Azren tuvo que contener la respiración para no aspirar demasiado de él.

Llevaba un sobre manila en la mano.

—Necesito que leas algo —dijo, sin saludo. Su voz sonaba ronca, gastada. No del partido. De otra cosa. De noches sin dormir, probablemente—. Son cartas. Suyas. Necesito contexto.

Azren miró el sobre. Luego miró a Caeleen. Esa mandíbula perfecta, esos pómulos que podían cortar cristal, esa boca que sonreía en las portadas de revistas y que ahora estaba tensa en una línea de exigencia. Un hombre tan hermoso que dolía mirarlo. Un hombre que le había pedido que le enseñara el idioma del alma de otro.

Cartas de Darius. Íntimas. Privadas. Escritas a mano.

El escalón final en su descenso a los infiernos ajenos.

—No —dijo.

La palabra cayó entre ellos como una losa. Ni grito, ni susurro. Una declaración.

Caeleen no se movió. Pero sus ojos cambiaron. La intensidad habitual, esa que Azren había aprendido a leer como un idioma, se transformó en algo nuevo. No era rabia. No era frustración. Era algo más peligroso: incredulidad absoluta. Como si una piedra hubiera hablado para negarle el paso.

—¿Qué? —Una sílaba. Una exigencia. Y en esa sola sílaba, todo su poder: el atleta, el millonario, el hombre que conseguía siempre lo que quería. Esa voz grave que hacía que la gente se girara en las entrevistas. Esa mirada que derretía a cualquiera.

Azren respiró hondo. Sintió el peso de la mirada de León en la nuca. El cansancio infinito de ese hombre. La dignidad con la que había expuesto sus heridas.

—He dicho que no, Caeleen. No voy a leer las cartas de Darius. No voy a analizar nada más para ti.

El silencio se electrificó. Caeleen no se movió, pero todo su cuerpo cambió de configuración. La relajación del después del entrenamiento se desvaneció, reemplazada por la tensión felina de quien se prepara para el ataque.

Azren lo miró. A pesar del miedo, a pesar de todo, no pudo evitar notarlo. La forma en que la luz del pasillo se quebraba en sus pómulos. La perfección absurda de su perfil. Era como negarle algo a un dios. Y los dioses no están acostumbrados a que les digan que no.

—¿Por qué? —La pregunta no buscaba entender. Buscaba someter.

—Porque no es mi lugar —dijo Azren, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Porque ya no quiero ser parte de esto. Porque cada cosa que te ayudo a descifrar es un clavo más en un ataúd que no debería existir.

Caeleen dio un paso. Un solo paso, pero suficiente para que Azren sintiera el calor de su cuerpo, para que el olor a sudor y a esfuerzo se hiciera abrumador. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos ámbar, las diminutas imperfecciones en su piel perfecta que lo hacían, paradójicamente, más hermoso.

—Tú no decides qué debería o no existir —gruñó. Su voz era un rugido contenido, un animal al borde de soltarse—. Tú solo haces tu trabajo. Analizas. Eso es todo.

—Mi trabajo es enseñar literatura —replicó Azren, y esta vez el miedo se transformó en otra cosa, en una rabia limpia y liberadora—. No ser tu espía emocional. ¿No lo ves, Caeleen? Darius está casado. Tiene un esposo que lo espera cada noche. Un hombre que lo sabe todo. Que sabe lo que hacen cuando se ven. Y se queda. ¿Tú crees que eso es debilidad? Yo creo que es todo lo contrario.

El nombre de León no salió de sus labios, pero flotó en el aire igual. Caeleen palideció bajo el bronceado del esfuerzo. Solo un instante. Pero Azren lo vio.

—Tú no sabes nada —silbó Caeleen, y de repente su mano estaba en su antebrazo, los dedos cerrándose como tenazas—. No sabes nada de lo que hay entre él y yo.

Azren sintió la presión, el calor de esa mano, la fuerza bruta contenida en cada dedo. Y a pesar del dolor, a pesar del miedo, una parte estúpida de su cerebro no pudo evitar notar lo hermosas que eran esas manos. Las manos que sostenían un balón como si fuera una extensión de su cuerpo. Las manos que arrancaban suspiros en cada partido. Las manos que ahora lo sujetaban como si fuera a escaparse.

—Sé que vuelve a casa —dijo Azren, sin apartar la mirada—. Siempre. Y que tú te quedas solo. Eso es lo único que sé con certeza.

La furia en los ojos de Caeleen era primitiva, monumental. Por un instante, Azren creyó que iba a golpearlo. Vio el puño cerrarse, vio el músculo de su mandíbula tensarse hasta el blanco. Esperó el impacto. Casi lo deseaba. Al menos sería limpio. Al menos sería físico.

Pero no llegó.

Caeleen soltó su brazo como si quemara. Dio un paso atrás. Su mirada recorrió a Azren de arriba abajo, y lo que vio no le gustó. No era un obstáculo. Era algo peor: un espejo. Alguien que acababa de decirle en voz alta lo que él llevaba años negándose a ver.

Y aun así, incluso en ese momento de derrota, incluso con la máscara resquebrajada, seguía siendo el hombre más atractivo que Azren había visto en su vida. Era injusto. Era casi cruel. Que alguien tan hermoso pudiera ser también tan ciego, tan terco, tan incapaz de ver más allá de su propia obsesión.

—Darius no va a dejar a León —continuó Azren, porque ya no podía parar, porque la verdad salía sola, como un vómito—. Y tú lo sabes. Llevas años sabiéndolo. Pero prefieres ser el otro, el amante, el incendio, antes que aceptar que nunca vas a ser el hogar. Porque el hogar da miedo. El hogar exige quedarse. Y tú no sabes quedarte, Caeleen. Solo sabes perseguir.

Caeleen abrió la boca. La cerró. Por primera vez desde que Azren lo conocía, no tuvo una respuesta inmediata. No tuvo un insulto, ni una orden, ni una sentencia. Solo silencio. Y en ese silencio, Azren vio algo que no esperaba: la grieta. La pequeña, casi imperceptible fractura en la armadura del titán.

Y a pesar de todo, a pesar del dolor en el antebrazo y del miedo que aún le recorría la espalda, Azren sintió una punzada de algo parecido a la ternura. Porque detrás de esa furia, detrás de esa belleza imposible, había un hombre perdido. Un hombre que no sabía querer de otra manera.

—No soy yo el que tiene que parar —dijo Azren, más suave ahora, casi cansado—. Eres tú. Pero no vas a hacerlo. Porque entonces tendrías que enfrentar lo que realmente eres sin él. Y eso da demasiado miedo.

Retrocedió un paso. Luego otro. Caeleen no se movió. Solo lo miraba, con una expresión que Azren no supo descifrar. Podía ser odio. Podía ser respeto. Podía ser el primer atisbo de una verdad incómoda abriéndose paso en su mente blindada.

Azren quiso grabar ese momento. Guardarlo. Porque sabía que, pasara lo que pasase, recordaría siempre a Caeleen así: de pie en el pasillo de la clínica, sudoroso, derrotado, y terriblemente, absurdamente hermoso.

—Encuentra a otro útil —dijo desde la distancia—. Yo ya terminé.

Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Esperó el golpe en la nuca. Esperó la mano en el hombro. Esperó la voz grave llamándolo, ordenándole que volviera.

Nada.

Solo el eco de sus propios pasos en el pasillo vacío.

Empujó la puerta de la clínica. El sol de la tarde le golpeó el rostro, cegador, cálido, terriblemente normal. La ciudad seguía su curso. Coches, gente, ruido. Nada había cambiado. Y sin embargo, todo era distinto.

Había roto el único hilo que lo unía a Caeleen. Había elegido el lado del dique. Había mirado al volcán a los ojos y le había dicho que no.

El aire olía a escape de coches, a pan de la cafetería de la esquina, a vida cotidiana. Olía a ceniza, también. A algo irrevocablemente roto. Pero por primera vez desde que vio a ese hombre hacer tiros libres en una cancha vacía, sintió que podía respirar.

No era victoria. Era supervivencia.

Y mientras caminaba sin rumbo, una parte de él —la más estúpida, la más herida— seguía viendo esos ojos ámbar, esa mandíbula tensa, esa belleza inútil y devastadora. Seguía sintiendo el calor de esa mano en su brazo. Seguía deseando, en el fondo más oscuro de su alma, que Caeleen hubiera corrido tras él.

Pero no lo hizo.

Y quizás, pensó Azren, eso era lo que más dolía de todo.

1
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Thalia
Me encantó, me llegue a enamorar de los personajes, de la trama, de todo. Recomendada 😭
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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