Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Amante
Se quedó quieta unos segundos.
No necesitaba preguntar.
Esa noche, él no fue a su habitación.
Como casi siempre.
Raeliana se sentó al borde de la cama y miró a su hija dormida en la cuna.
—Al menos tú sí me miras —murmuró.
Y entendió algo que le dolió más que cualquier rumor:
Ya no esperaba nada de su esposo
El conde salió del cuarto del parto con el rostro duro.
—¿Otra niña? —dijo entre dientes—. Lo que necesito es un heredero.
Nadie respondió.
Se encerró en su despacho y no volvió a salir en horas.
Por la tarde llegó el carruaje de la condesa Rosenthal. Venía a conocer a su nueva nieta.
Entró a la habitación con prisa.
—¿Cómo estás, hija?
—Bien, madre… cansada.
La señora Rosenthal tomó a la bebé en brazos.
—Es hermosa.
Raeliana preguntó:
—¿Y papá?
—Ocupado, ya sabes cómo es.
Hablaron poco. Raeliana estaba débil.
Al salir del cuarto, la madre se encontró con el conde en el pasillo.
—Mi lord.
Él la miró sin cortesía.
—Usted me aseguró que su familia era fuerte. Que me daría un heredero.
La mujer sostuvo la mirada.
—Estas cosas no se deciden, mi lord. Pueden venir más hijos.
—Eso espero —respondió él seco—. Porque necesito un varón.
Ella bajó la cabeza.
—Tenga paciencia.
El conde no dijo más y se marchó.
La señora Rosenthal regresó a su palacio esa misma tarde.
Pasaron tres años.
La vida en la mansión siguió igual. Habitaciones separadas. Visitas cortas. Silencios largos.
Hasta que Raeliana volvió a sentirse mal una mañana.
El médico confirmó lo que ya sospechaban.
Otro embarazo.
Pasaron los meses.
El día del parto fue difícil otra vez. El conde no estuvo presente.
Se quedó en su despacho revisando documentos.
Horas después, tocaron la puerta con urgencia.
—Mi lord… nació el heredero. Es un varón.
El conde se levantó de inmediato. Dejó todo sobre la mesa y salió casi corriendo.
Entró al cuarto.
La partera le entregó al niño.
Por primera vez, su rostro cambió. Se dibujó una sonrisa clara.
Lo sostuvo en brazos.
—Al fin —dijo—. Buen trabajo.
Raeliana escuchó esas palabras desde la cama.
Quiso responder.
Pero no tenía fuerzas.
Y se desmayó.
Dos meses después del nacimiento del heredero, la rutina en la mansión cambió.
Apareció una joven.
Cabello rubio, piel muy blanca, ojos cafés. Siempre bien vestida. Siempre cerca.
Raeliana la vio primero en el jardín, jugando con el niño mientras una niñera miraba desde lejos.
No preguntó.
Pensó que sería alguna visita.
Hasta que una mañana bajó al comedor y la encontró sentada en la mesa.
En su mesa.
El conde estaba sirviéndose vino.
Raeliana se detuvo.
—¿Quién es ella?
El conde ni siquiera levantó la mirada.
—No es asunto tuyo.
Raeliana apretó los dedos contra el respaldo de la silla.
—Esta es la casa donde viven tus hijos.
Él la miró con frialdad.
—Y es mi casa. Puedo traer a quien yo quiera.
La joven bajó la vista, incómoda.
—No tienes derecho a faltarle el respeto a este hogar —dijo Raeliana, sin alzar la voz.
—Cállate, Raeliana.
El silencio cayó pesado.
La muchacha se levantó de la mesa.
—El conde me ha dicho que me quedaré aquí —dijo en voz baja, casi temblando.