El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 14 : El Exodo del Sol
El aire en el campamento se volvió denso, cargado de un olor a ozono que solo yo podía percibir. De repente, un dolor punzante atravesó mi pecho, justo en el lugar donde mi sangre latía al unísono con la de Andrew. Me llevé la mano al corazón, cayendo de rodillas sobre la nieve. No era un dolor físico; era un grito silencioso que viajaba por nuestro vínculo.
—Andrew... —susurré, sintiendo una ola de frío que solo podía significar una cosa: él estaba frente a la muerte.
Me puse en pie, con los ojos encendidos en un oro furioso, dispuesta a correr hacia el palacio, pero el sonido de caballos galopando desesperadamente me detuvo. De la espesura del bosque emergieron los cuatro cazadores rescatados. Kael, el más joven, cayó del caballo apenas este se detuvo, cubierto de barro y lágrimas.
—¡Elisabeth! ¡Tienen a Andrew! —gritó Kael, colapsando a mis pies—. El Príncipe de las Cenizas lo bloqueó... se quedó atrás para darnos tiempo.
Sentí que el mundo se desmoronaba, pero Kael me sujetó de la bota, su voz era un hilo de terror:
—No hay tiempo para él. Silas... Silas viene. Le dije dónde estábamos, Elisabeth. El "Beso del Olvido" me rompió... Un ejército de sombras está a menos de una hora de aquí.
El silencio que siguió fue sepulcral. Todos los cazadores del campamento me miraron. Podía ver el miedo en sus rostros, pero también la esperanza que habían depositado en mí durante estos dieciocho meses. Mi hermano estaba siendo torturado o asesinado en ese mismo instante, pero detrás de mí, Mary y trescientas familias dependían de mis órdenes.
—¡Escuchadme! —mi voz resonó con una autoridad divina, amplificada por la magia—. ¡No hay tiempo para lamentaciones! ¡Evacuad el campamento! Llevad solo lo esencial. Mary, ve con los ancianos por el túnel norte hacia las Montañas de los Susurros.
—¿Y tú? —preguntó Mary, con sus ojos pequeños llenos de lágrimas, sujetando mi mano con fuerza.
—Yo voy a daros el tiempo que Andrew nos dio a nosotros —le dije, dándole un beso en la frente. Sentí mi propio calor reconfortándola—. No dejaré que el sol se apague hoy. ¡Idos, ahora!
El campamento se convirtió en un torbellino de actividad. Mientras los suministros eran cargados y los niños puestos a salvo, yo me dirigí a la entrada del valle, el único acceso por el que el ejército de Silas podía entrar.
Me quedé allí sola, de pie sobre una formación rocosa que dominaba el sendero. Empecé a trazar runas de fuego en el suelo con la punta de mi espada. Cada trazo vibraba con una intensidad que hacía que el aire temblara. Sabía que Silas no vendría solo; traería a sus "Segadores", vampiros que no habían visto la luz en siglos.
A lo lejos, el horizonte empezó a oscurecerse, pero no era por las nubes. Era una marea de armaduras negras y capas que ondeaban como alas de murciélago. El estruendo de miles de pies marchando al unísono hacía vibrar la tierra bajo mis botas.
—Por Andrew —susurré, cerrando los ojos y dejando que la luz de Solaris inundara cada célula de mi cuerpo.
Cuando abrí los ojos, mi piel ya no era blanca; emitía un fulgor dorado tan potente que la nieve a diez metros a mi redonda se evaporó instantáneamente, creando una cortina de vapor blanco.
A lo lejos, al frente del ejército, pude ver la figura de Silas montado en un corcel negro como la noche. Levantó su mano, ordenando el alto. Él esperaba encontrar un campamento huyendo en pánico, pero en su lugar, encontró a una sola mujer que brillaba como un pequeño sol, bloqueando el camino.
—¡Aethelgard! —rugió Silas, su voz amplificada por la magia oscura—. ¡Entrega tu sangre y perdonaré a los que huyen por el bosque!
—¡Ven a buscarla, Silas! —le devolví el grito, y al extender mis brazos, dos alas de fuego puro se desplegaron a mi espalda—. ¡Pero te advierto que mi sangre quema más que el infierno que te espera!
La batalla por la supervivencia de los cazadores estaba a punto de comenzar, y yo era la única muralla entre la luz y la extinción.