Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
NovelToon tiene autorización de sterlina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un llamado que cruzó el continente.
La enorme campana del Gran Templo sonó una sola vez.
Su profundo eco atravesó los pasillos de piedra y se extendió por todo el recinto sagrado.
Los sacerdotes dejaron de escribir.
Los magos interrumpieron sus investigaciones.
Incluso los aprendices levantaron la vista.
Aquella campana solo se hacía sonar cuando el continente enfrentaba una amenaza que ningún reino podía combatir por sí solo.
Serafis permanecía de pie frente al altar central.
Su expresión seguía siendo tan serena como siempre, pero quienes lo conocían desde hacía años percibían la tensión en su mirada.
Uno tras otro, los altos sacerdotes comenzaron a ocupar sus lugares.
El Sumo Pontífice fue el último en entrar.
Era un anciano de cabello completamente blanco, cuya autoridad imponía respeto sin necesidad de alzar la voz.
Tomó asiento y observó a Serafis.
—Has convocado una reunión extraordinaria.
Eso significa que tus sospechas ya son certezas.
Serafis inclinó levemente la cabeza.
—Sí, Su Santidad.
Con un movimiento de su mano, varios asistentes desplegaron un enorme mapa del continente sobre la pizarra.
Cada marca roja representaba una desaparición.
Había decenas.
No...
Había cientos.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Todo esto ocurrió durante los últimos cinco años?
—Sí.
—¿Y nadie encontró relación entre los casos?
—Porque los Heraldos fueron inteligentes.
Atacaron reinos distintos.
Ducados diferentes.
Incluso continentes separados por el mar.
Nunca permanecieron demasiado tiempo en un mismo lugar.
Los sacerdotes comenzaron a comprender la magnitud del problema.
Uno de ellos habló con preocupación.
—Entonces...
¿No se alimentaban solo por necesidad?
Serafis negó lentamente.
—Se estaban preparando.
Mientras el mundo celebraba la paz...
Ellos despertaban completamente sus poderes.
El silencio cayó sobre la sala.
Nadie olvidaba la guerra de cinco años atrás.
Si entonces apenas habían logrado sobrevivir...
¿Qué ocurriría ahora que los Heraldos eran mucho más fuertes?
El Sumo Pontífice apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Qué propones?
Serafis respondió sin vacilar.
—Convocar a todos los emperadores, reyes y grandes duques del continente.
Ya no podemos proteger únicamente nuestro Imperio.
Si cada reino continúa luchando por separado...
Perderemos.
Uno de los sacerdotes frunció el ceño.
—Nunca antes todos los gobernantes se han reunido en un mismo lugar.
—Precisamente por eso debemos hacerlo ahora.
El enemigo tampoco tiene precedentes.
El anciano Pontífice permaneció varios segundos en silencio.
Finalmente asintió.
—Que partan los mensajeros.
Invitaremos a todos.
Sin excepción.
Durante los días siguientes, jinetes del Templo abandonaron el santuario en todas las direcciones.
Algunos viajaban hacia los grandes imperios del norte.
Otros atravesaban desiertos interminables.
Varios embarcaron rumbo a reinos separados por el océano.
Cada uno llevaba el mismo sello.
Una convocatoria sagrada.
Ningún gobernante podía ignorarla.
En el Palacio Imperial, Dominic supervisaba el entrenamiento de la Orden Imperial.
El choque de las espadas de madera resonaba por todo el patio.
Los nuevos caballeros luchaban con disciplina, mientras Dominic corregía cada error con la precisión que lo caracterizaba.
—Otra vez.
Un joven soldado atacó con demasiada fuerza.
Dominic esquivó el golpe con facilidad.
En un solo movimiento desarmó al muchacho.
La espada de entrenamiento cayó al suelo.
—En una batalla, perder el equilibrio significa perder la vida.
El joven inclinó la cabeza.
—Sí, comandante.
Antes de continuar, un mensajero llegó al patio.
—Comandante Dominic.
Traigo un mensaje del Gran Templo.
Dominic rompió el sello y leyó rápidamente.
Solo había una frase.
"La reunión ha sido aprobada."
Respiró profundamente.
Entonces ya no había marcha atrás.
Mientras tanto, Sacha recorría uno de los nuevos hospitales construidos a las afueras de la capital.
Conversaba con médicos, revisaba los almacenes de medicamentos y escuchaba las necesidades del personal.
Aquellos proyectos eran su mayor orgullo.
Al despedirse de una pequeña niña que recibía tratamiento, la directora del hospital se acercó.
—Lady Sacha...
¿De verdad cree que volverá la guerra?
Sacha permaneció unos segundos en silencio.
Miró a los pacientes.
A los niños.
A las madres.
A los ancianos.
Todo aquello era exactamente lo que había luchado por proteger.
—No lo sé.
Respondió con sinceridad.
—Pero si llega...
Haré todo lo posible para que este lugar siga existiendo.
Muy lejos de allí...
Más allá del mar.
En un imperio cuya existencia pocos conocían...
Una mujer observaba el jardín del palacio mientras un sirviente le entregaba un pergamino sellado con el emblema del Gran Templo.
Lo abrió lentamente.
Sus ojos recorrieron el contenido una sola vez.
Después cerró el pergamino.
El príncipe heredero, que se encontraba a su lado, notó el cambio en su expresión.
—¿Ha ocurrido algo?
La mujer levantó la mirada hacia el cielo.
Habían pasado muchos años desde la última vez que escuchó noticias del continente donde nació.
Demasiados años.
—El Templo ha convocado a todos los gobernantes.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Piensas asistir?
Ella guardó silencio unos instantes.
Después caminó hasta un pequeño escritorio de madera.
Abrió un cajón.
Dentro descansaba una vieja carta cuidadosamente conservada.
La acarició con la yema de los dedos.
Era la última carta que había recibido del duque de Armand.
Aquella que le anunciaba la muerte de Sarah.
Nunca había tenido el valor de deshacerse de ella.
Sus ojos se humedecieron.
—Sí...
Iremos.
Quizá...
Ha llegado el momento de enfrentar el pasado.
Sin saberlo, aquel viaje cambiaría para siempre no solo su destino...
Sino también el de la joven a la que había llorado durante tantos años.