Él la dejó.
Ella se reconstruyó
Ahora, él quiere volver.
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Capítulo 2: Donde el pasado vuelve a mirarme
Hemos llegado.
Por fin… a la playa. O, mejor dicho, a la casa de la playa, donde nos quedaríamos todo el fin de semana. El viaje fue largo, un poco agotador… pero valió la pena.
Al llegar, ya estaban mis padres, mis hermanos y algunos de mis amigos. Solo faltaban dos, que llegarían más tarde.
Apenas estacionamos frente a la casa, todos salieron a recibirnos.
—¡Feliz cumpleaños!
Sus voces, sus sonrisas…
Ese amor.
Me llenó el corazón.
Sentirme querida… fue algo tan fuerte, tan necesario, que por un momento todo lo vivido dejó de doler.
Mi hermano Leandro no perdió tiempo. Se acercó a Laura, que tenía a Ana en brazos, y prácticamente se la arrebató.
—¡Eh! ¡Devuélveme a mi niña! —se quejó Laura, cruzándose de brazos, claramente ofendida.
—No, ni loco. Ella es mi princesa y quiere estar conmigo.— La abrazó fuerte y comenzó a llenarla de besos, haciendo que Ana riera a carcajadas.—¿Querés estar conmigo, bebé hermosa?
—Sí… —respondió mi pequeña, con ese “sí” tan suyo, medio raro, medio dulce.—Y se aferró a su tío.
Laura bufó, pero terminó sonriendo. No podía competir contra ese amor.
Entramos a la casa. Cada una fue a su habitación. Las nuestras estaban una al lado de la otra, así que nos despedimos rápido, sabiendo que en unas horas iríamos todos juntos a la playa.
Más tarde, ya cambiadas, con el traje de baño puesto y un vestido liviano, bajé con Ana en brazos.
Ella ya estaba inquieta.
No quería estar conmigo.
Quería explorar.
Quería ser libre.
Así que la dejé en el suelo… y la vi caminar, con esa torpeza hermosa, directo hacia su tío Julián.
—¿Ya nos podemos ir? —pregunté.
—¡Sí! —gritaron todos al unísono.
—¡A disfrutar la playa, mis queridos amigos! —dijo Laura, con esa energía que siempre la caracteriza.
Y así fuimos.
El mar.
El sol.
La arena.
La risa.
Todo parecía perfecto.
Nos instalamos: sombrillas, mate, toallas… y en cuestión de segundos, mis hermanos ya estaban corriendo hacia el agua. El resto los seguimos.
Ana se quedó en la orilla con mi madre.
Segura.
Cuidada.
Feliz.
Pero…
No.
El mundo, a veces, parece tener un sentido del humor cruel.
Porque en medio de todo ese momento perfecto…
Lo vi.
A él.
Cristian.
El padre de mi hija.
Y, por supuesto…
No estaba solo.
Sara estaba con él.
Y también ese grupo de amigos que nunca fueron míos. Esos que apenas me dirigían un “hola” cuando yo era su esposa.
Mi pecho se tensó.
El aire se volvió pesado.
Por un segundo…
Todo volvió.
Pero reaccioné.
Rápido.
Él fue mi pasado.
Y ya me arruinó un cumpleaños.
No iba a arruinarme otro.
Este día era mío.
Y yo merecía disfrutarlo.
Él estaba de espaldas.
No me veía.
Y yo… decidí dejar de mirarlo.
Porque sabía que si lo hacía un segundo más… los recuerdos volverían.
Y con ellos… el dolor.
Laura se acercó.
—Amiga… tengo que decirte algo. Acabo de ver a tu ex marido.
—También lo vi —respondí, intentando sonar firme—. Pero no te preocupes… ya no me afecta.
Mentira.
Sí me afectaba.
No como antes.
Pero sí.
—Te está mirando —agregó.
—Que mire todo lo que quiera.
O eso intenté creer.
Seguimos en el agua.
Reímos.
Jugamos.
Por momentos… fui feliz sin pensar.
Pero como siempre…
No todo sale como uno quiere.
O quizás…
El universo tiene sus propias ideas.
Porque cuando salimos del agua, para volver donde estaban Ana y mis padres…
Teníamos que pasar frente a ellos.
Frente a Cristian.
Frente a su mundo.
No quería.
Pero no tenía opción.
Así que respiré hondo…
Y caminé.
—Celia…
La voz me detuvo.
Alan.
El hermano de Cristian.
—Celia, ¿eres tú?
Quise ignorarlo.
Seguí caminando.
Pero me tomó del brazo.
—¿Alan? —respondí, fingiendo sorpresa—. ¿Qué hacés acá?
—Sabía que eras vos —sonrió—. Vinimos a festejar. Mi hermano se comprometió con Sara.
Claro.
Tenía que decirlo.
Tenía que clavarlo.
Alan nunca me quiso.
Nunca me aceptó.
Siempre fui “poca cosa” para su familia.
Pero esta vez…
No me rompí.
—Yo vine a festejar mi cumpleaños… con mi familia y amigos.
No mencioné a Ana.
No le daría ese poder.
Ya no.
Sentía la mirada de Cristian.
Fija.
Pesada.
Sus puños estaban tensos.
Su cuerpo… rígido.
Como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar.
Pero no me importaba.
Ya no.
—Disculpa, Alan… tengo que irme.
Sonreí.
Una sonrisa perfecta.
Falsa.
—Fue un placer verlos.
Hice un gesto general hacia todos…
Y me fui.
Sin esperar respuesta.
Sin mirar atrás.
Porque cuando me alejé lo suficiente…
Mi sonrisa desapareció.
Pero no…
No estaba rota.
Estaba de pie.
Era mi cumpleaños.
Y no me lo iba a arruinar nadie.
Nadie.
Absolutamente nadie.