SIN ESPOILER
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¿PRINSESA?
La madrugada cubría las calles con una fría oscuridad.
Lia caminaba sin rumbo, sujetando con fuerza las correas de una pequeña mochila que llevaba sobre los hombros.
Había tomado una decisión.
No podía regresar.
Después de tantos años soportando aquel lugar, finalmente había reunido el valor suficiente para marcharse.
Tenía dieciocho años.
Y, por primera vez, era libre.
O al menos eso quería creer.
Caminó durante horas.
Sus piernas comenzaban a dolerle, pero no se detenía. Cada vez que escuchaba un automóvil acercarse, miraba nerviosamente hacia atrás.
No quería que nadie la siguiera.
No quería volver.
En su mochila llevaba solamente algunas prendas, un poco de dinero que había conseguido ahorrar y una fotografía vieja que había conservado durante años.
La fotografía de sus padres.
Lia la había guardado con cuidado entre sus cosas.
Era lo único que sentía que todavía le pertenecía de aquella vida.
Después de varias horas, llegó hasta una zona que conocía perfectamente.
Se detuvo frente a una calle casi desierta.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Reconocía aquel lugar.
Había pasado muchos años allí.
Aunque había intentado olvidarlo, sus pies parecían recordar el camino por sí solos.
Lia avanzó lentamente.
Hasta que finalmente la vio.
La casa.
O lo que quedaba de ella.
Se quedó inmóvil.
Aquella construcción había sido su hogar cuando era pequeña.
Ahora estaba completamente abandonada.
Parte del techo se había derrumbado.
Las ventanas estaban rotas.
Las paredes estaban cubiertas de suciedad y algunas plantas habían crecido alrededor de la entrada.
Lia sintió un nudo en la garganta.
—No puede ser...
Se acercó unos pasos.
Recordaba aquella casa de otra manera.
Recordaba una época en la que todavía había fotografías en las paredes, muebles en las habitaciones y voces llenando los pasillos.
Ahora solamente había silencio.
Lia empujó la puerta.
Esta se abrió con un fuerte chirrido.
Entró.
El aire estaba cargado de polvo.
Miró alrededor.
Había muebles viejos cubiertos con sábanas sucias.
Algunas cajas estaban tiradas en el suelo.
Las paredes tenían manchas de humedad.
Lia caminó lentamente.
Cada rincón despertaba una sensación diferente.
Pero no tuvo tiempo de quedarse demasiado tiempo pensando.
Escuchó una voz.
—Vaya...
Lia se quedó paralizada.
La voz provenía de una de las habitaciones.
—¿Quién anda ahí?
No recibió respuesta.
Retrocedió un paso.
Entonces escuchó unas pisadas.
Un joven apareció frente a ella.
Llevaba una chaqueta oscura y tenía una expresión despreocupada.
Al verla, levantó ligeramente las cejas.
Parecía sorprendido.
Después sonrió.
—Mira nada más...
Lia no dijo nada.
El joven se acercó unos pasos.
—¿Qué hace una chica como tú en este lugar?
Lia apretó las correas de su mochila.
—Esta casa...
Miró alrededor.
—Era de mi familia.
El joven volvió a sonreír.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Entonces él la observó detenidamente.
—Princesa.
Lia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dije que eres una princesa.
Ella negó con la cabeza.
—No me llames así.
El joven soltó una pequeña risa.
—Está bien, princesa.
Lia suspiró.
Ya estaba cansada.
Demasiado cansada para discutir.
—¿Quién eres?
—Brayan.
Él señaló vagamente una de las habitaciones.
—Suelo venir por aquí.
Lia no preguntó por qué.
Solamente quería encontrar un lugar donde pasar la noche.
Miró nuevamente alrededor.
—¿Vives aquí?
—A veces.
Brayan la observó.
—¿Y tú?
Lia bajó la mirada.
—No tengo dónde ir.
Aquella respuesta pareció interesarle.
—¿Acabas de escapar?
Lia levantó la cabeza rápidamente.
—¿Cómo sabes eso?
Brayan se encogió de hombros.
—La mochila. La cara de cansancio. Y esa expresión de alguien que no piensa regresar.
Lia permaneció en silencio.
Había acertado.
Brayan se acercó a una vieja silla y se sentó.
—Puedes quedarte un rato.
Lia dudó.
No confiaba en él.
Pero tampoco tenía muchas opciones.
Después de unos segundos, dejó la mochila en el suelo.
—Solo hasta que encuentre un lugar.
—Claro.
Brayan sonrió.
—Como quieras, princesa.
Lia rodó los ojos.
—Te dije que no me llamaras así.
—Y yo decidí ignorarlo.
Por primera vez desde que había escapado, Lia dejó escapar una pequeña sonrisa.
Fue diminuta.
Casi imperceptible.
Pero estaba allí.
Brayan la miró durante unos segundos.
—¿Tienes hambre?
Lia dudó antes de asentir.
—Un poco.
—Entonces ven.
Brayan se levantó y caminó hacia otra habitación.
Lia lo siguió a cierta distancia.
No sabía que aquella decisión cambiaría completamente su vida.
No sabía que aquel encuentro sería el comienzo de una etapa mucho más oscura.
Y tampoco sabía que, algún día, recordaría aquella noche como el momento en que su vida comenzó a cambiar para siempre.
Por ahora, solamente tenía una certeza.
Había escapado.
Y no pensaba regresar.