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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que quedó después de esa noche

CAPÍTULO 2 —

Las primeras semanas después de la graduación las pasé como en una nube extraña, mitad culpa, mitad negación. Le conté a Renata lo que recordaba —que no era mucho— y ella, con esa costumbre suya de restarle peso a todo lo que la vida le ponía delante, me dijo que no me preocupara, que a ella también se le había ido la mano esa noche, que así eran los viajes de fin de curso, que eso quedaba ahí y se olvidaba.

Para ella fue así. Renata tenía dieciocho años, pero ya llevaba encima una vida entera de fiestas, de chicos, de un padre empresario reconocido en toda la ciudad que le solucionaba cualquier problema con dinero antes de que el problema alcanzara a asomar la cabeza. Para ella, esa noche fue una más. Para mí, fue la noche que partió mi vida en un antes y un después, aunque todavía no lo supiera.

Empecé a encontrarme mal a las tres semanas. Al principio pensé que era el estrés de empezar la facultad, las ganas de vomitar por los nervios del primer día de clases en Derecho, el cansancio de compaginar horarios entre la carrera y un trabajo nuevo en una cafetería para poder pagarme los libros y el autobús. Pero el cansancio no se fue. Ni las náuseas. Ni el sueño que me tumbaba a las nueve de la noche como si tuviera setenta años y no dieciocho.

Renata fue la que insistió en que me hiciera el test. Me acompañó a la farmacia, me esperó fuera del baño de un bar con las manos entrelazadas, y cuando salí con la tira en la mano, temblando, ella no dijo nada. Solo me abrazó fuerte, como si con ese abrazo pudiera devolverme el tiempo hacia atrás.

Dos rayitas.

No hay palabras para describir lo que sentí cuando entendí que esa noche que ni siquiera podía recordar del todo había dejado dentro de mí una vida completamente nueva. Miedo. Vergüenza. Una sensación de vértigo que no se parecía a nada de lo que había sentido antes, ni siquiera a la borrachera de esa noche. Pero, en algún rincón raro y silencioso de mi pecho, también sentí algo que no esperaba sentir: la certeza absoluta de que no iba a estar sola en esto, aunque en ese momento todavía no supiera bien qué significaba eso.

Se lo dije a mi madre un domingo, después de comer, cuando mi padre ya se había levantado de la mesa. Recuerdo el silencio que se hizo, un silencio que pesaba como una piedra sobre el mantel a cuadros que habíamos usado toda mi vida. Mi madre no gritó. Eso hubiera sido más fácil de sobrellevar. Simplemente me miró con una decepción que se sintió como un portazo, y me dijo que tenía que resolver "ese problema" antes de que se notara, que ella no iba a permitir que yo tirara mi futuro, mi beca, mi carrera, por un error de una noche de la que ni siquiera podía dar detalles claros.

—No es un problema —le dije, con la voz quebrada pero firme—. Es un hijo.

—Es tu vida arruinada, Camila. Eso es lo que es.

No hubo manera de hacerla entender. Para mi madre, que había sacrificado tanto para que yo tuviera la oportunidad de salir de la pobreza en la que habíamos vivido siempre, mi decisión de tener a este bebé era una traición a todo lo que ella había construido para mí. Discutimos durante semanas. Cada conversación terminaba peor que la anterior, hasta que una tarde de invierno hizo las maletas conmigo delante y me dijo, sin gritar, con una frialdad que todavía me duele recordar, que si iba a tener a ese hijo, tenía que hacerlo lejos de su casa.

Tenía dieciocho años, un embarazo de cuatro meses, una beca universitaria y ningún lugar adonde ir.

Renata fue la única que no me dio la espalda. Renata, la hija del empresario, la que también había pasado esa misma noche de la misma manera irresponsable que yo, solo que a ella la vida no la había castigado con un embarazo. Me ayudó a alquilar una habitación pequeña cerca de la facultad. Me acompañó a los controles médicos cuando yo no tenía con quién ir. Estuvo ahí, sin juzgarme jamás, cuando nació mi hijo un 14 de marzo, a las tres de la madrugada, después de catorce horas de un parto que recuerdo como el dolor y la felicidad más grandes que sentí en toda mi vida al mismo tiempo.

Le puse Thiago. No sé bien por qué elegí ese nombre, solo sé que en el momento en que lo tuve en brazos, chiquito, arrugado, llorando con una fuerza que no coincidía con su tamaño, unos ojos hermosos que no parecían real, verdes igual a los que recordaba, sentí que ese nombre le quedaba perfecto. Renata se convirtió, esa misma noche, en su madrina. Lo dijo ella, no yo. Lo dijo llorando, mirando a mi hijo como si fuera también un poco suyo.

—Voy a estar siempre para vosotros dos —me prometió, y en los años que siguieron, cumplió esa promesa más veces de las que puedo contar.

Tuve que dejar la facultad. La beca se esfumó junto con mis planes de ser abogada, junto con esa vida ordenada que había imaginado toda mi adolescencia. En su lugar, aprendí a organizar mis días como un rompecabezas de horarios imposibles: por la mañana en una cafetería del centro, sirviendo café a oficinistas apurados que ni me miraban la cara; a mediodía, cuidando a dos ancianos en sus casas, dándoles de comer, acompañándolos, escuchando sus historias de otras épocas; por la tarde, detrás de una caja registradora en un supermercado de barrio, hasta que cerraba y volvía a mi casa arrastrando los pies para llegar a tiempo a bañar a Thiago y contarle un cuento antes de dormir.

Nunca me arrepentí. Ni una sola noche, por más agotada que estuviera, por más que las manos me dolieran de tanto trabajo, me arrepentí de la decisión que tomé aquella tarde de invierno cuando mi madre me pidió que eligiera entre mi hijo y mi comodidad.

Thiago creció rápido, como crecen los hijos de las madres que no tienen tiempo de verlos crecer despacio. A los tres años ya corría detrás de una pelota de fútbol con una pasión que no le había enseñado nadie, algo que le salía de adentro, como si lo llevara en la sangre sin que él lo supiera. Yo no podía llevarlo a un club, no tenía ni el tiempo ni el dinero para las cuotas, los chándales, las botas. Fue Renata, otra vez Renata, la que lo resolvió a su manera: su padre era dueño de un club de baloncesto de la ciudad, y aunque el fútbol no era lo suyo, ella se encargó de que Thiago tuviera un lugar ahí, entrenando, corriendo, siendo un niño normal entre otros niños normales, aunque el deporte no fuera exactamente el que él soñaba jugar.

Guardé el rosario de oro en una cajita de madera, en el cajón de mi mesita de noche, durante todos esos años. A veces, en las noches más difíciles, lo sacaba y lo miraba, preguntándome quién sería el dueño de esos ojos verdes que le había dado a mi hijo sin saberlo, ese hombre que ni siquiera sabía que existíamos, que en algún momento de su vida —lo supe después, cuando ya era imposible no saberlo— se había convertido en una de las figuras más importantes del fútbol de la selección.

Nunca imaginé que ese rosario, algún día, iba a ser la prueba silenciosa de una historia que el destino todavía no había terminado de escribir.

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