Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 2
Capítulo 2: El veneno en la sonrisa de Bruna
La garra no llegó a tocarla.
Leandro apareció entre Fausto y Aitana como si la sombra misma lo hubiera escupido al centro del círculo. No empujó a Aitana, no la tocó, ni siquiera levantó la voz. Solo alzó un brazo y detuvo la muñeca de Fausto a unos dedos del rostro de ella.
El golpe quedó suspendido en el aire.
Durante un segundo, nadie respiró.
Aitana, todavía en el suelo, vio la mano de Fausto temblar dentro del agarre de Leandro. Las uñas negras del león seguían extendidas, filosas, listas para abrir piel. Pero el brazo no bajaba. No podía bajar.
Leandro giró apenas la cabeza.
—Atrás —dijo.
Una sola palabra.
El patio central se enfrió.
Fausto enseñó los colmillos.
—Suéltame, serpiente.
—Cuando bajes las garras.
—Esto no es asunto tuyo.
Leandro lo miró. Sus ojos dorados no brillaban como antes. Ahora parecían más finos, más peligrosos, como dos líneas de luz bajo una tormenta.
—Iba a serlo cuando le abrieras la cara a una hembra frente a toda la manada.
Un murmullo se extendió entre los presentes. Aitana sintió el calor subiéndole al cuello, no por vergüenza esta vez, sino porque todos la estaban mirando de nuevo. Algunos con sorpresa. Otros con incomodidad. Nadie quería reconocer que había permitido que Fausto llegara tan lejos.
Paloma fue la primera en moverse.
—Aitana.
Se agachó junto a ella y la ayudó a sentarse. Aitana intentó incorporarse rápido, pero el golpe contra el suelo le había dejado un dolor seco en la espalda. Paloma le pasó un brazo por los hombros.
—Estoy bien —susurró Aitana.
—Si vuelves a decir eso, te juro que te muerdo.
Aitana habría querido reír, pero le ardía demasiado la garganta.
Fausto tiró del brazo. Leandro no lo soltó.
—¿Sabes con quién estás hablando? —gruñó Fausto—. Soy guerrero del Clan León.
—Lo sé.
—Entonces deberías mostrar respeto.
—El respeto no se exige con una garra sobre una hembra caída.
La frase cortó más que una bofetada.
Algunos cazadores del Clan León dieron un paso adelante, pero no se atrevieron a entrar al círculo. El compañero de Leandro, el otro hombre del Clan Serpiente que descargaba vasijas en el pozo, los observaba en silencio con una mano apoyada en el cuchillo de su cintura. No amenazaba. Solo estaba ahí, quieto, y eso bastó para que los leones dudaran.
Fausto bajó las garras al fin.
Leandro lo soltó.
El león retrocedió medio paso, no porque quisiera, sino porque su muñeca había quedado marcada por los dedos de Leandro. La piel estaba roja. Aitana lo vio y entendió, con un escalofrío tardío, que Leandro no solo parecía fuerte.
Lo era.
—Qué espectáculo tan desagradable.
La voz de Bruna llegó suave, casi dulce.
La joven del Clan Zorro salió de la sombra del alero con una expresión de preocupación perfecta. Su falda clara no tenía ni una mancha de polvo. Caminó despacio, cuidando que todos la vieran acercarse, y se detuvo a unos pasos del círculo.
—Fausto, de verdad, a veces no sabes medir tu fuerza —dijo, como si hablara con un niño travieso y no con un macho que acababa de intentar golpear a Aitana en el rostro.
Fausto apretó la mandíbula.
—Ella me provocó.
Bruna dirigió sus ojos hacia Aitana.
La sonrisa apareció apenas.
—Aitana siempre ha tenido un carácter... complicado.
Paloma se puso de pie de golpe.
—No empieces.
—¿Empezar qué? —Bruna abrió los ojos, fingiendo sorpresa—. Solo digo que es una pena. Faltan tres noches para la Ceremonia de la Luna. Todas deberíamos estar tranquilas, preparadas, agradecidas. No peleando en el suelo como si no tuviéramos dignidad.
Aitana sintió cada palabra como una aguja.
No era un insulto directo. Eso era lo que la hacía peligrosa. Bruna hablaba con tono suave, pero colocaba las ideas donde más dolían: ceremonia, dignidad, valor.
—Aitana no empezó nada —dijo Paloma—. Fausto le rompió las hierbas.
—Y eso está mal —aceptó Bruna enseguida—. Por supuesto que está mal. Las hierbas son importantes para Abuela Remedios. Aunque también debemos entender que algunos se preocupen por la seguridad de la manada.
Aitana levantó la mirada.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
Bruna la miró como si la pregunta le diera ternura.
—Ay, pobrecita. No lo digo por hacerte sentir mal.
Paloma soltó un sonido de rabia.
Bruna continuó:
—Pero todos sabemos que cuando una hembra llega a la mayoría de edad sin fuerza clara, sin Cambio estable y sin un clan capaz de responder por ella, se vuelve vulnerable. Y una hembra vulnerable atrae problemas. Cazadores de hembras. Pactos sucios. Machos que creen que pueden reclamar lo que nadie protege.
El patio volvió a quedarse callado.
Aitana sintió que le faltaba aire.
No porque Bruna mintiera. Porque no mentía del todo.
Ese era el veneno.
Roque podía decidir por ella si la ceremonia salía mal. La manada podía mirar hacia otro lado. Un hombre como Fausto podía empujarla frente a todos, y aun así Bruna encontraba la forma de convertirla en la causa del problema.
—Qué conveniente —dijo Paloma, con la voz temblando de furia—. Primero la humillan, luego dicen que ella trae peligro por existir.
Bruna ladeó la cabeza.
—Paloma, te aprecio, pero no todas nacimos con un padre que puede resolverlo todo con una orden.
El golpe fue limpio.
Paloma se quedó rígida.
Aitana se puso de pie, aunque la espalda le dolió al hacerlo. No quería seguir mirando a Bruna desde el suelo.
—Mi vida no es asunto tuyo.
Bruna sonrió con más suavidad.
—Claro que no. Solo me preocupa que confundas terquedad con valor. La Ceremonia de la Luna no premia el orgullo, Aitana. La Diosa Luna mira la sangre, la fuerza, la utilidad para la manada.
—Entonces deja que ella mire —respondió Aitana—. No tú.
El murmullo regresó, más fuerte.
Por primera vez, la sonrisa de Bruna tardó en acomodarse.
Fausto aprovechó el ruido para acercarse otra vez.
—Ya escuchaste. Hasta Bruna entiende que eres un problema.
Leandro dio un paso.
No fue grande. No fue violento. Pero Fausto se detuvo como si hubiera chocado con una pared.
—Dije atrás.
—¿Vas a defenderla otra vez? —Fausto soltó una risa seca—. ¿Qué pasa, serpiente? ¿Te gustan las sobras?
Aitana sintió que el mundo se encogía.
Paloma dio un paso hacia Fausto, pero Leandro habló antes.
—Repite eso.
La voz no subió. Bajó.
Fausto, que había estado sonriendo, perdió un poco de color. Sus hombres también lo notaron. Bruna lo notó. Todos lo notaron.
Aitana no sabía qué reglas exactas gobernaban al Clan Serpiente, pero en ese instante entendió algo simple: Leandro no era de los que amenazaban para entretener al público. Si hablaba, era porque ya había decidido hasta dónde podía llegar.
Fausto tragó saliva.
—No vale la pena ensuciarme por una omega sin marca.
—Entonces vete.
—Esto no termina aquí.
Leandro no respondió.
Fausto miró a Aitana con rabia, después a Bruna, como si esperara que ella dijera algo más. Bruna solo le sostuvo la mirada un segundo. Fue suficiente. El león escupió a un lado y salió del círculo, empujando a dos curiosos para abrirse paso.
Sus amigos lo siguieron.
El patio quedó lleno de voces bajas.
Aitana se agachó para recoger las hierbas que quedaban. Le temblaban las manos. Paloma la ayudó de inmediato, murmurando insultos contra Fausto, contra Bruna, contra la mitad de la manada y contra las piedras por estar justo donde Aitana había caído.
Leandro se inclinó y tomó una raíz partida antes de que alguien la pisara.
Aitana levantó la vista.
—Gracias —dijo, casi sin voz.
Él le entregó la raíz.
—No tienes que agradecer que alguien haga lo correcto.
Eso le dolió de una forma extraña.
No porque fuera cruel. Porque era demasiado sencillo, y en su vida casi nada lo era.
—Aun así —murmuró ella—, gracias.
Leandro miró la rodilla rasguñada, luego el polvo en su falda, luego su rostro. Aitana no supo si estaba revisando heridas o memorizando daños.
—Ve con la curandera.
—Iba hacia allá antes de que todos decidieran convertir mi mañana en una función pública.
Paloma soltó una risa breve, ahogada por el enojo.
Leandro volvió a hacer ese gesto mínimo con la boca, casi una sonrisa.
—Entonces no tardes.
—No eres mi Alfa —dijo Aitana, recordando sus palabras de antes.
—Lo sé.
Por alguna razón, esa respuesta le calentó las mejillas más que cualquier burla del patio.
Paloma la tomó del brazo.
—Vamos. Antes de que yo sí muerda a alguien.
Aitana permitió que la guiara fuera del círculo. Mientras caminaba, sintió muchas miradas clavadas en la espalda. Algunas curiosas. Algunas incómodas. Algunas hostiles.
La de Bruna era la peor.
No por furiosa.
Por tranquila.
Cuando Aitana llegó al borde del patio, no pudo evitar mirar atrás. Bruna seguía bajo el sol, hermosa, limpia, con las manos cruzadas frente al vientre. Al ver que Aitana la observaba, inclinó un poco la cabeza y sonrió.
No era la sonrisa de alguien que acababa de perder una pequeña discusión.
Era la sonrisa de alguien que había conseguido exactamente lo que quería.
Aitana apretó la bolsa rota contra el pecho.
Por primera vez desde que Fausto la llamó ratoncita, no pensó en el dolor de la espalda ni en las hierbas arruinadas.
Pensó en otra cosa.
Bruna no había improvisado.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos