En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
UN HOMBRE SIN TÍTULOS
La oportunidad, o, mejor dicho, la decisión definitiva, llegó una tarde de primavera. Layla había pasado la mañana en los barrios bajos de la ciudad, disfrazada de plebeya como solía hacer para pasar desapercibida, llevando remedios que ella misma preparaba con plantas del bosque a los enfermos y ancianos que no tenían acceso a los sanadores reales. Le encantaba hacerlo; allí, nadie la veía como una princesa, solo como una joven que ayudaba, y eso la hacía sentir útil, real.
Al volver, escuchó una conversación entre dos consejeros del reino que paseaban por los jardines reales, sin saber que ella estaba detrás de unos arbustos, escuchando.
—Es una lástima lo de la princesa Layla —decía uno con tono desdeñoso—. Tiene la sangre más noble, pero su mente es extraña. Le gustan cosas de hombres, cosas de pobres. Nadie la querrá realmente. Dicen que el único que podría… bueno, se rumorea que ella solo se fijaría en alguien que no tiene nada que ofrecer, alguien fuera de su clase.
—Imposible —respondió el otro, riéndose—. El deber es el deber. Se casará con quien diga su padre, y dejará esas tonterías. Además, ¿quién podría igualar a una hija de Zayn y Elena? Nadie. Cualquier hombre que no sea de la realeza sería considerado indigno, un don nadie al lado de ella.
Layla se quedó quieta, sintiendo cómo la rabia y la determinación crecían en su pecho. Indigna. Extraña. Difícil. Indigno. Esas palabras resonaban en su cabeza. Se dio cuenta de que, mientras siguiera allí, en Al-Jazair, siempre sería "la hermana del Rey", siempre sería juzgada por cómo se sentaba o si usaba vestido o pantalones, siempre le dirían quién era digno de ella y quién no.
Pero ella tenía el control de su propia vida.
Esa misma noche, cuando todo el palacio estaba en silencio y oscuro, Layla se movió con la agilidad de una sombra. Ya lo tenía todo planeado desde hacía tiempo, esperando solo el momento adecuado. Se puso su ropa de viaje: unas prendas resistentes, cómodas, de tela fuerte, adecuadas para cabalgar y caminar, muy distintas a las sedas que solía vestir. Se ató el cabello en una trenza larga y segura. En una pequeña mochila de cuero guardó lo esencial: dinero suficiente, frascos con remedios y hierbas, un pequeño cuchillo de buen acero y, sobre todo, el libro de mapas que más amaba.
Dejó una carta sobre su cama, escrita con letra clara y firme para sus padres y su hermano:
«Madre, Padre, Karim: No me voy porque no os ame, ni porque no sea feliz aquí. Me voy porque necesito saber quién soy más allá de estos muros, más allá de vuestra gran sombra. Me dicen que soy rara, que no encajo, que no sé ser princesa. Bien, pues iré a ser lo que yo quiera ser. Iré a aprender, a viajar, a curar y a luchar si hace falta. No os preocupéis, sé cuidarme sola. Y cuando vuelva, si vuelvo, será porque he encontrado mi propio nombre y mi propia historia. Os amo. Layla.»
Salió por la ventana, bajó por las enredaderas que cubrían la pared exterior con una facilidad que había practicado cientos de veces, y corrió hacia los establos. Su caballo, una yegua negra, veloz y fuerte, que ella misma había criado y entrenado desde pequeña, la esperaba. La llamaba Viento Negro, porque corría tan rápido como él.
—Vámonos, mi fiel amiga —le susurró al oído, acariciando su cuello—. Hoy empezamos nuestra verdadera vida.
Montó de un salto y, sin mirar atrás, galopó hacia las puertas de la ciudad. Conocía los caminos secretos, las rutas que solo los viajeros conocían, y gracias a su magia ligera y sutil, pasó inadvertida ante los guardias, que ni siquiera notaron la sombra que cruzaba las puertas hacia la inmensidad del mundo.
Viajó durante días, alejándose cada vez más de Al-Jazair, cruzando bosques, ríos y pequeños pueblos, maravillándose con todo lo que veía, sintiéndose libre como nunca. No tenía sirvientes, ni títulos, ni nadie que le dijera qué hacer. Comía lo que encontraba, dormía bajo las estrellas o en posadas humildes, curaba a la gente que se encontraba en el camino y aprendía de cada experiencia. Se sentía viva, completa.
Hasta que llegó a las tierras fronterizas del oeste, una zona de montañas escarpadas, bosques espesos y valles profundos, conocida como las Tierras de la Frontera Salvaje. Era una zona bella pero dura, donde vivían gentes fuertes, independientes, gente que no servía a ningún rey y que vivía de la tierra, del comercio y a veces de lo que podían defender con sus propias manos. Allí, la ley del palacio de Al-Jazair llegaba muy débil, y la gente se gobernaba a sí misma con sus propias reglas.
Fue allí, en el mercado de una pequeña ciudad amurallada llamada Roca Dura, donde ocurrió.
Layla estaba comprando provisiones, observando todo con su mirada atenta, disfrutando del ruido, los colores y los olores fuertes de aquel lugar, cuando vio el alboroto. Un grupo de mercaderes ricos y arrogantes, que venían de reinos del sur, estaban gritando y golpeando a un joven que parecía ser un guía o un cargador local. Lo empujaban, le lanzaban monedas al suelo como si fuera un animal y le gritaban cosas hirientes.
—¡Eres un inútil, un salvaje de las montañas! —decía uno de ellos, gordo y con ropas llenas de joyas—. ¡Te pagamos mal por el trabajo que hiciste, y deberías darnos las gracias porque gente fina como nosotros te hable! ¡No vales nada, Caelen! ¡Nunca valdrás nada!
La gente miraba, pero bajaba la vista, asustada de meterse en problemas con los ricos mercaderes. Layla, sin embargo, sintió que la sangre le hervía en las venas. Ella no podía soportar la injusticia, la prepotencia, ni ver cómo humillaban a alguien solo porque creían ser superiores.
Se acercó entre la multitud, alta, firme, con la cabeza erguida. Vio al joven que estaba en el suelo, levantándose lentamente, sacudiéndose el polvo con calma, aunque sus ojos brillaban con una rabia contenida y dolorosa. Era alto, más que ella, de cuerpo fuerte, musculoso y ágil, como alguien que trabaja duro cada día. Tenía el cabello castaño oscuro, revuelto por el viento, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha, que le daba un aire duro y peligroso. Pero lo que más llamó la atención de Layla fueron sus ojos: de un azul grisáceo, profundo, inteligente, llenos de orgullo y de una fuerza inmensa que ni siquiera aquellos hombres podían aplastar.
Ese era Caelen. Un hombre sin títulos, sin tierras, sin riquezas. Un hombre que, según todos los estándares, no era adecuado para una princesa. Un hombre del que todos decían que no valía nada.