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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 La primera noche

La celebración se prolongó hasta bien entrada la noche.

Hubo música italiana, risas, bailes y brindis que parecían no terminar nunca.

Los trabajadores del viñedo compartían mesa con empresarios, vecinos y amigos. Marco había insistido en que todos fueran tratados por igual.

—Hoy no hay diferencias —había dicho al comenzar el banquete—. Hoy solo quiero celebrar con las personas que han formado parte de nuestra vida.

Aquellas palabras sorprendieron a más de uno.

El antiguo Marco jamás habría pronunciado algo así delante de tanta gente.

Pero Isabella sonreía con orgullo.

Sabía que aquel cambio era real.

Cuando la música comenzó a apagarse y los últimos invitados empezaron a despedirse, Lucía se acercó a los recién casados.

Llevaba los ojos brillantes por la emoción.

—Ya es hora.

Isabella sintió un cosquilleo en el estómago.

Sabía exactamente a qué se refería.

Marco también.

Solo que, mientras ella sonreía con ilusión, él sintió cómo el pecho se le oprimía.

Había llegado el momento que llevaba meses temiendo.

La habitación principal de la mansión había cambiado por completo.

Las cortinas estaban abiertas dejando entrar la luz plateada de la luna.

Sobre la cama descansaban pétalos de rosas blancas.

Varias velas aromáticas iluminaban el dormitorio con una luz cálida y tenue.

En una pequeña mesa esperaba la botella de vino que Marco había conservado durante dieciocho años.

La misma que pertenecía a la última cosecha elaborada junto a su padre.

Isabella se detuvo en la puerta.

Llevó una mano hasta sus labios.

—Es... precioso.

Marco sonrió.

—Lucía organizó casi todo.

—Pero usted la dejó.

Él asintió.

—Sí.

Entraron lentamente.

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

El silencio no resultaba incómodo.

Solo estaba cargado de emociones.

Marco sirvió dos copas.

Le entregó una.

—Por nosotros.

Ella levantó la suya.

—Por el resto de nuestra vida.

Las copas chocaron con suavidad.

Bebieron un pequeño sorbo.

Después volvieron a quedarse en silencio.

Isabella caminó hasta el balcón.

Desde allí podían verse los viñedos iluminados por la luna.

El aire olía a uvas y a lavanda.

—¿Sabe?

—¿Qué?

—Cuando era niña imaginaba muchas veces cómo sería este momento.

Marco se acercó despacio.

Quedó a su lado.

—¿Y se parece a lo que soñabas?

Ella sonrió.

—Mucho más.

Giró el rostro para mirarlo.

—Nunca imaginé que terminaría enamorándome de un hombre tan serio.

Él dejó escapar una pequeña risa.

—Yo tampoco imaginé enamorarme de una mujer que abre todas las ventanas de mi casa.

Isabella rio.

Luego tomó su mano.

Entrelazó lentamente sus dedos.

—Gracias.

Marco la observó.

—¿Por qué?

—Porque me escucha.

Porque recuerda las cosas que le cuento.

Porque convirtió mi boda en el día más bonito de mi vida.

Él sintió un nudo en la garganta.

Si ella supiera...

Si conociera toda la verdad...

Quizá dejaría de mirarlo con esa admiración.

Entraron nuevamente en la habitación.

Isabella comenzó a retirar con cuidado los pasadores de su cabello.

Los largos mechones castaños cayeron sobre sus hombros.

Marco desvió la mirada.

No por falta de deseo.

Sino porque el miedo comenzaba a dominarlo.

Ella lo notó.

Se acercó despacio.

—¿Está todo bien?

Él respondió demasiado rápido.

—Sí.

Pero Isabella percibió la tensión en su voz.

Le acarició suavemente el brazo.

—Marco...

Él levantó la vista.

—No tiene que tener miedo de nada conmigo.

Aquellas palabras atravesaron todas sus defensas.

Sintió deseos de contárselo todo.

De hablar del accidente.

Del diagnóstico.

De los años de soledad.

Pero el miedo pudo más.

—Estoy... cansado.

Ella sonrió con ternura.

—Ha sido un día muy largo.

No pasa nada.

Podemos descansar.

Marco la miró sorprendido.

Esperaba decepción.

Algún reproche.

Pero no encontró ninguno.

Solo comprensión.

Eso hizo que la culpa creciera todavía más.

Más tarde, Isabella salió del cuarto de baño con un camisón blanco de seda muy sencillo.

No llevaba adornos.

Ni joyas.

Solo una tímida sonrisa.

Al verla, Marco sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Era hermosa.

Increíblemente hermosa.

Por un instante quiso acercarse.

Abrazarla.

Besarla.

Pero el temor volvió a detenerlo.

—Apagaré las velas —dijo él, buscando cualquier excusa.

Ella asintió.

Se acomodó en un lado de la cama.

Marco hizo lo mismo.

Los dos quedaron acostados boca arriba, mirando el techo.

Entre ellos apenas había unos centímetros.

Pero esa pequeña distancia parecía un océano.

Isabella giró lentamente la cabeza.

—Buenas noches, esposo.

Él sonrió con tristeza.

—Buenas noches... esposa.

Ella apagó la lámpara de la mesita.

La habitación quedó iluminada únicamente por la luna.

Después de unos minutos, Isabella sintió que él seguía despierto.

—¿No puede dormir?

Marco respondió en voz baja.

—No.

Ella dudó unos segundos.

Luego estiró lentamente la mano hasta encontrar la de él.

Entrelazó sus dedos.

—Entonces no duerma solo.

Marco sintió el calor de aquella mano pequeña sujetando la suya.

Una emoción desconocida le llenó el pecho.

Apretó suavemente sus dedos.

Y permanecieron así.

En silencio.

Sin besos.

Sin caricias.

Sin prisas.

Solo dos manos unidas en la oscuridad.

A Isabella no le importó.

Creía que cada matrimonio tenía su propio ritmo.

Y estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que hiciera falta.

Marco, en cambio, cerró los ojos con un profundo sentimiento de culpa.

La mujer que amaba dormía a escasos centímetros de él.

Confiaba plenamente en él.

Y él seguía ocultándole el secreto más importante de su vida.

Mientras la respiración de Isabella se volvía lenta y tranquila, Marco permaneció despierto mirando la luz de la luna.

Sabía que no podría esconder la verdad para siempre.

Porque tarde o temprano llegaría el día en que Isabella se preguntaría por qué, después de casados...

su esposo seguía sin atreverse a tocarla.

Y ese día estaba mucho más cerca de lo que él imaginaba.

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