Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 2
El sonido de las ruedas del auto golpeando las piedras del camino anunciaba que estaban cerca. Mey apretó su abrigo contra el pecho y se asomó por la ventana. No lo podía creer. El paisaje parecía sacado de una postal antigua o de un sueño que alguien había olvidado escribir. El cielo, despejado y profundo, se fundía con las montañas verdes a lo lejos. Los árboles danzaban con el viento frío, y un grupo de aves surcaba el aire como si les diera la bienvenida.
—Hemos llegado —dijo su madre desde el volante, con una sonrisa cansada pero llena de ternura.
Santa Rosa del Valle no era solo un pueblito escondido entre montañas y bosques, era un rincón detenido en el tiempo. Casas de madera con techos a dos aguas, caminos empedrados, faroles antiguos, huertos en cada jardín, y un río cristalino que se deslizaba como una serpiente brillante entre la vegetación.
El frío fue lo primero que sintió al bajar del auto. Un viento helado le cruzó la cara y le hizo lagrimear. Era un frío distinto, no como el de la ciudad, húmedo y gris. Este era un frío limpio, puro, casi como si la naturaleza le pidiera permiso para tocarla.
Se frotó las manos, se ajustó la bufanda y miró a su alrededor. Todo era nuevo, todo era inmenso. A lo lejos, se veía la casa de sus abuelos: una cabaña de madera con una chimenea que soltaba humo blanco y lento, como si respirara.
Habían viajado hasta allí porque los abuelos de Mey estaban enfermos. No gravemente, pero sí lo suficiente como para que su madre tomara una decisión difícil: dejar todo atrás y comenzar de nuevo, con tal de cuidarlos. Su madre lo había dicho así: “Es momento de estar con ellos, ahora que nos necesitan”.
A Mey le dolía el corazón de la tristeza. No era fácil cambiarlo todo. No era fácil dejar su escuela, a sus amigos, sus lugares favoritos. Pero algo en el aire de ese pueblo le susurró que allí comenzarían cosas que aún no comprendía.
Cuando cruzaron la pequeña verja del jardín, sus abuelos ya los esperaban en la puerta. Su abuela, aunque visiblemente débil, sonrió con toda el alma al verlas. Su abuelo, de mejillas rosadas por el clima, la abrazó con fuerza.
—Has crecido, Mey —le dijo, con voz temblorosa—. Ya no eres nuestra pequeña.
Mey sintió un nudo en la garganta. Era extraño… una mezcla de nostalgia, ternura, temor. Como si una parte de ella entendiera que ese lugar, con todo su silencio y su belleza, le traería alegrías que aún no imaginaba… y también algunas tristezas.
La casa olía a leña quemada, a sopa caliente, a lana tejida y recuerdos. Los muebles eran antiguos, los pisos crujían, y las paredes estaban llenas de fotos: de su madre cuando era joven, de ella cuando era bebé, de los abuelos en su juventud. Todo parecía susurrarle historias.
Su habitación estaba en el segundo piso. Tenía una pequeña ventana que daba al bosque, un escritorio de madera clara y una cama con colchas tejidas a mano. Al dejar su maleta y sentarse por fin, soltó un suspiro largo, como si sacara de sí toda la tensión del viaje. Luego, sin querer, se quedó mirando por la ventana.
El bosque parecía infinito. Entre los árboles altos y oscuros, asomaban colores nuevos: el verde musgo, el marrón húmedo, el dorado del sol filtrándose como una caricia. Y entre todo eso, una sensación que no podía explicar: como si algo mágico estuviera escondido ahí, esperando a que lo descubrieran.
Esa noche, durmió poco. El silencio del pueblo era tan profundo que podía oír su propia respiración. A ratos, el crujir de la madera bajo el viento la despertaba, o el canto lejano de algún animal. Pero no se sentía mal. Se sentía diferente. Y en ese silencio, comenzó a pensar en todo lo que vendría: el nuevo colegio, los nuevos rostros, las nuevas historias. Tenía miedo, sí, pero también una pequeña chispa de emoción comenzaba a nacer dentro de ella.
A la mañana siguiente, se levantó temprano. El sol entraba a su cuarto como un río dorado, y el aire tenía un olor dulce, a hierba y a flores silvestres. Se vistió con ropa abrigada, bajó las escaleras y encontró a su abuela sentada frente a la chimenea.
—¿Dormiste bien, niña? —preguntó la mujer, sin mirarla, acariciando una taza caliente entre las manos.
Mey asintió, y luego se sentó a su lado. Por un momento, ninguna dijo nada. Solo miraron el fuego, como si también ardiera algo dentro de ellas.
—Este pueblo guarda secretos —dijo su abuela de pronto, con una sonrisa suave—. Pero los secretos, a veces, son buenos. Solo hay que saber escucharlos.
Mey no entendió del todo, pero no quiso preguntar.
Intuyó que, en ese lugar, no todo se decía con palabras.
Más tarde, salió a caminar por el pueblo. Quería conocerlo todo. Cada esquina, cada rincón. Saludó a algunos vecinos que le sonrieron con calidez. Vio niños jugando en la plaza, una señora vendiendo pan recién horneado, y un anciano tocando una flauta en la esquina de la iglesia. Todo parecía una película, o mejor aún, un libro.
El viento le despeinaba el cabello mientras recorría los senderos. A veces se detenía solo a mirar las montañas. Otras, se sentaba en una banca y escribía en su cuaderno. Su madre le había regalado ese cuaderno antes de mudarse, y ella lo usaba como un diario secreto. Ese día escribió:
"Día 1 en Santa Rosa del Valle. Hace frío, pero no es malo. Es un frío que abraza. Me siento rara. Como si estuviera en el lugar correcto y equivocado al mismo tiempo. Extraño a mis amigas. Extraño mi cama.
Pero hay algo aquí… algo que me hace querer quedarme. No sé qué es. Tal vez sea la forma en que canta el río, o la mirada de los árboles. O tal vez sea que, por primera vez, siento que algo nuevo está por comenzar."
Cuando volvió a casa, ya empezaba a oscurecer. El cielo se había teñido de un rojo profundo, casi violento, y las estrellas comenzaban a aparecer, tímidas. La cena fue sencilla: pan con queso caliente, sopa de verduras y té de hierbas. Su abuela le contó que en el pueblo había una feria cada sábado, y que al lado del colegio había una biblioteca muy antigua que cerraba con una llave enorme.
Y justo antes de irse a dormir, su abuelo le dijo algo que le quedó dando vueltas en la cabeza:
—Los que llegan a este pueblo no lo hacen por casualidad, Mey. Todos vienen buscando algo, aunque aún no sepan qué.
Ella no respondió. Solo sonrió y subió a su habitación. Se recostó en la cama y miró al techo, tratando de imaginar qué era eso que ella estaba buscando… y si lo encontraría en Santa Rosa del Valle.
No lo sabía aún, pero la respuesta llegaría más pronto de lo que pensaba. En forma de amistad, de magia, de secretos antiguos… y de un primer amor que, sin saberlo, ya estaba más cerca de lo que creía.