En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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1°
...Isabella Conti...
Todos sueñan con cruzar las puertas de cristal de la corporación tecnológica más importante de Rusia.
No negaré que, en algun punto de mi adolescencia, yo también compré esa fantasía, creía que Techno Tecnológik Morózov S.A. era la cúspide del éxito, el Olimpo de la inteligencia artificial y el lugar idóneo para cualquier estudiante de ingeniería en sistemas.
Pero la madurez llega a golpes, y con ella, los rumores que se filtran por las grietas del internet profundo.
Hablan de un CEO misterioso. Un fantasma corporativo que gobierna un imperio multimillonario desde las sombras de un piso veintiséis, nadie fuera de su círculo de hierro ha visto su rostro en los medios; no hay entrevistas en Forbes, no hay fotos en redes sociales, los pocos empleados que han osado hablar en foros anónimos lo describen como un monstruo de sangre fría, un calculador implacable con un temperamento capaz de congelar el Volga y una absoluta incapacidad para concebir la empatía o las relaciones humanas.
En esto último, al menos, no podía juzgarlo, las relaciones y yo no nos llevábamos bien, digamos que Cupido era mi enemigo número uno y que el concepto del amor romántico lo mantenía sepultado bajo llave en el fondo del cajón más oscuro de mi mente... No había espacio para distracciones idílicas en una vida que se caía a pedazos.
—Por favor, que sea Morózov... por lo que más quieras, que sea Morózov —el susurro frenetico de Elena me sacó de mis pensamientos.
Estábamos en el auditorio de la universidad. El eco de los teclados y el aire acondicionado creaban una atmósfera gélida. Al frente, la profesora Ivanova sostenía la lista que dictaría nuestros destinos durante el próximo año de pasantía obligatoria. Elena, mi mejor amiga, temblaba a mi lado, apretando sus manos sobre las rodillas. Ella adoraba el prestigio, el estatus y las luces brillantes de los servidores de Techno Tecnológik Morózov.
A mí, a estas alturas, me daba exactamente igual el lugar. La dinámica de la universidad dictaba que el promedio y un exhaustivo cuestionario de perfil definían los dos únicos puestos que Morózov otorgaba al año. Éramos doce alumnos brillantes compitiendo por esa vacante, listos para venderle el alma al diablo por un renglón pesado en el currículum.
—Elena Varga —la voz de la profesora resonó en el anfiteatro.
Elena se levantó de un salto, como si una corriente eléctrica le hubiera cruzado la espalda.
—¿Sí, profesora? —su voz sonó firme, una fachada perfecta para ocultar que sus dedos temblaban.
—Eres la primera seleccionada por el comité de Techno Tecnológik Morózov. Enhorabuena —dijo la profesora con una rigidez estrictamente académica.
Juraría que Elena estuvo a punto de desmayarse. Se dejó caer en el asiento con una sonrisa radiante que amenazaba con partirle el rostro en dos.
—Felicidades, amiga. Te lo dije, eres la mejor —le susurré, dándole un apretón firme en el hombro para transmitirle mi orgullo real.
—Solo faltas tú, Bells. Recuerda el pacto: siempre juntas —me devolvió el susurro, cruzando los dedos.
Asentí para no apagar su entusiasmo, pero por dentro sabía que mis posibilidades eran nulas. En el cuestionario de postulación, donde la corporación preguntaba de forma pretenciosa «¿Qué valor ético e innovador considera que nuestra firma aporta a la sociedad civil rusa?», yo no había redactado una oda de adoración corporativa como el resto. Fui sincera.
Escribí que su monopolio sobre las patentes de reconocimiento facial rozaba la vulneración de la privacidad y que su infraestructura parecía diseñada para el control, más que para el desarrollo humano. La honestidad brutal no suele ser un imán de empleo en el corporativismo de Moscú.
—Isabella Conti —el sonido de mi propio nombre cortó mis conjeturas.
—Sí, profesora —respondí, manteniéndome sentada, adoptando una postura de tranquila indiferencia.
La profesora Ivanova me miró por encima de sus gafas de lectura, con una expresión que mezclaba la sorpresa y el desconcierto.
—Tu perfil ha sido seleccionado como la segunda vacante para Techno Tecnológik Morózov. Preséntate el lunes a las nueve de la mañana.
Un murmullo de indignación y envidia recorrió las filas del auditorio. Sentí las miradas clavadas en mi nuca. El resto de mis compañeros no entendía cómo la chica que no sonreía en las fotos grupales y que apenas hablaba en clase se había quedado con el boleto dorado. Yo tampoco lo entendía. ¿Por qué una empresa de ese calibre elegiría a alguien que los cuestionó abiertamente?
No salté de alegría. A diferencia de Elena, yo ya no era la adolescente deslumbrada por los rascacielos de cristal. Ahora sabía usar la red Tor. Sabía rastrear transacciones en la cadena de bloques y leer entre líneas en las noticias que el gobierno intentaba censurar. Techno Tecnológik Morózov S.A. era una obra maestra del lavado de dinero. Todos los indicios en los subforos de la Dark Web apuntaban a lo mismo: la Bratva, la temida mafia rusa, operaba detrás de los cortafuegos de la compañía.
Sentía un escalofrío de solo pensarlo. Trabajar bajo el mismo techo donde se orquestaban extorsiones, contrabando o ajustes de cuentas era jugar a la ruleta rusa. ¿Para qué necesitaba la organización criminal más poderosa del país lavar dinero si su fachada legal ya facturaba miles de millones de rublos en contratos legítimos por toda Europa? La respuesta era simple y terrorífica... El poder absoluto nunca es suficiente.
—No te ves precisamente feliz para ser la envidia de toda la facultad —comentó Elena cuando nos sentamos en la cafetería del campus con un par de cafés económicos.
—Ele, sabes que me alegra que estemos juntas, pero... mi perspectiva sobre ese lugar es muy distinta a la tuya —respondí, bajando la voz mientras revolvía el líquido negro con un removedor de plástico.
—Bells, te entiendo, sé lo que lees en esos foros raros de internet —Elena se inclinó sobre la mesa, hablando en un susurro urgente—. Pero piensa en tus padres. La paga que ofrece Morózov a sus practicantes triplica el salario de cualquier ingeniero graduado en otra parte. Además... el seguro de gastos médicos mayor que te dan desde el primer día es real.
Un nudo pesado se instaló en mi garganta. Elena me había dado donde más me dolía, en la cruda realidad que intentaba ignorar cada mañana. Mi beca universitaria del cien por ciento cubría las matrículas y los libros, pero no cubría los frascos de benzodiacepinas ni las sesiones de quimioterapia y soporte que mi madre necesitaba con urgencia. Mi padre hacía lo que podía, pero sus ingresos apenas alcanzaban para mantener el tejado sobre nuestras cabezas y la comida en la mesa.
Entre tres trabajos de medio tiempo y las horas interminables de código en la universidad, apenas dormía cuatro horas por noche. El cansancio crónico era mi única constante. No estaba en posición de rechazar un cheque con el sello Morózov, aunque ese sello estuviera manchado de sangre.
—¿Estás aquí, Isa? —Elena pasó una mano frente a mis ojos, sacándome del trance.
—Sí, perdón —dije, mirando la pantalla rota de mi celular—. Debo correr. Si llego tarde al turno de la cafetería del centro, la jefa me descontará la hora.
Nos despedimos rápido. Salí al estacionamiento y me subí a mi moto: una vieja Yamaha de segunda mano que compré en un portal de subastas en línea. El motor rugió con un traqueteo inestable, pero era mi único billete de velocidad para cruzar el tráfico pesado de la ciudad y conectar mis múltiples realidades.
Al llegar a la cafetería del centro, el olor a grano de café tostado y vapor me recibió como un abrazo familiar. Me amarré el mandil negro a la cintura mientras pasaba detrás de la barra a toda prisa.
—Justo a tiempo, Isa —me saludó mi jefa, examinándome con ojos cansados pero amables.
—El tráfico estaba insufrible, lo siento —mentí con una sonrisa ensayada, colocándome frente a la máquina de espresso.
Durante las siguientes tres horas, mis manos operaron en modo automático: moler, prensar, vaporizar, servir. Era un trabajo mecánico que me permitía liberar la mente. Nadie en esa cafetería, ni los clientes ejecutivos que dejaban propinas miserables, imaginaba que la mesera que les sonreía con cortesía pasaba sus noches vulnerando servidores de seguridad interbancaria solo para probarse a sí misma que podía hacerlo. En el mundo físico, era una estudiante necesitada; en el mundo virtual, era un fantasma cibernético capaz de borrar rastros sin dejar una sola firma.
El lunes comenzaría mi verdadera prueba. Tendría que renunciar a dos de mis tres empleos actuales para cumplir con el horario de Morózov, pero mantendría el turno nocturno de los fines de semana en la cafetería. Necesitaba un fondo de emergencia. En un territorio controlado por la Bratva, la estabilidad era una ilusión y yo no planeaba quedarme desprotegida si el "monstruo" del piso veintiséis decidía despedirme al segundo día por no agachar la cabeza.
Esa noche, el silencio de mi pequeña habitación se vio interrumpido únicamente por el zumbido del ventilador de mi laptop modificada. Con una taza de té frío a mi izquierda, abrí la interfaz de comandos en un entorno virtual aislado. Si iba a entrar voluntariamente en la boca del lobo, no lo haría a ciegas.
Dediqué las siguientes horas a compilar un script personalizado, un rastreador de metadatos diseñado específicamente para sortear los firewalls comerciales de Techno Tecnológik Morózov. Mis dedos volaban sobre el teclado mecánico con una precisión quirúrgica, inyectando líneas de código en un puerto vulnerable que había descubierto semanas atrás en los servidores de la empresa.
—Vamos... muéstrame quién eres —susurré para mí misma, fijando la vista en la pantalla.
La barra de progreso titiló en rojo antes de cambiar a un verde brillante. El acceso fue concedido. Frente a mis ojos empezaron a desfilar directorios encriptados de alta seguridad. No busqué archivos financieros; fui directo al directorio de la presidencia. Quería un nombre, un rostro auténtico, un historial que no hubiera sido limpiado por las agencias de relaciones públicas.
De repente, la pantalla parpadeó. El cursor se congeló por completo. Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal cuando una sola línea de texto comenzó a escribirse sola en la consola de comandos, borrando mi código por completo:
«Una rosa muy curiosa para ser el primer día, Isabella Conti. Te veo el lunes.»
El corazón me dio un vuelco violento. Un ataque de pánico frío me paralizó las manos sobre el teclado. No solo habían detectado mi intrusión en cuestión de segundos, sino que sabían exactamente quién era yo. El cortafuegos no era automatizado; alguien real me estaba vigilando desde el otro lado del espejo.
Cerré la laptop de golpe, respirando con dificultad en medio de la oscuridad de mi cuarto. La advertencia estaba clara. El monstruo de la Bratva ya conocía mi nombre, y la pasantía aún ni siquiera había comenzado.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro