Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Ultimátum
En cuanto cruzamos las puertas automáticas de la clínica y el aire viciado del hospital fue reemplazado por el calor asfixiante de la ciudad, solté el agarre de Arturo con una brusquedad que lo hizo detenerse en seco. No esperé a que me abriera la puerta del auto; subí por mi cuenta, cerrando con un golpe seco que resonó en el estacionamiento privado. Estaba furiosa, el pecho me subía y bajaba con una rapidez que rayaba en la hiperventilación. Sin embargo, mientras lo veía rodear el vehículo con su caminar depredador, una verdad amarga me golpeó: en mi posición, era imposible tener el control. Yo no era la jugadora, era el tablero.
Arturo subió al asiento del conductor y no arrancó de inmediato. El silencio dentro del coche era denso, cargado de la electricidad estática que deja una explosión.
—Las cosas se están complicando —soltó finalmente. Su voz no tenía rastro de la calidez fingida que había usado frente a su abuelo. Era puro cálculo y urgencia—. Necesito que estés embarazada, Daniela. Y lo necesito ya. El abuelo no se conformará con palabras por mucho tiempo; en un par de semanas pedirá una prueba, un informe médico firmado por alguien de su confianza.
Me giré hacia él, sintiendo que la indignación me quemaba la garganta.
—No había necesidad de mentir de esa manera, Arturo —respondí, tratando de que mi voz no temblara aunque mis manos lo hacían—. Sabes muy bien que las probabilidades de que algo haya ocurrido en esa única noche en la cabaña son bajas. Me has puesto en una situación imposible frente a tu familia y frente a mi propia hermana.
Arturo golpeó el volante con la palma de la mano, un gesto de frustración que me hizo sobresaltar.
—¡Erika y Alan no van a esperar a que la naturaleza siga su curso! —rugió, girándose para clavarme una mirada encendida—. Ellos están usando ciencia, fertilización, cualquier atajo para robarme lo que es mío. Si ellos presentan un ultrasonido antes que nosotros, el abuelo Lorenzo les entregará las llaves del imperio. No tengo tiempo para tus escrúpulos ni para tu ritmo.
—¿Y qué pretendes? ¿Qué fabrique un hijo por arte de magia? —le espeté con amargura.
Arturo suavizó su expresión, pero no de una forma que me diera paz, sino de una manera que me hizo sentir aún más acorralada. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler su perfume y sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Tenemos que encargar a ese niño rápidamente —sentenció con una voz ronca que me erizó la piel—. Así que, a partir de hoy, seguiremos siendo un matrimonio con todas las de la ley. No habrá más habitaciones separadas, no habrá más distancias en la cabaña. Cada noche, cada oportunidad, la aprovecharemos hasta que esa mentira se convierta en una realidad biológica.
—Me estás pidiendo que me convierta en una máquina —susurré, sintiendo una lágrima traicionera resbalar por mi mejilla.
—Te estoy pidiendo que cumplas con el contrato que tú sola firmaste, el contrato que le dió más prestigio y poder a tu familia —replicó él, sin un ápice de remordimiento, aunque sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad que no era del todo fría—. Mañana vendrá un especialista a la casa. Te hará exámenes, te dará vitaminas y trazaremos un calendario. No habrá margen de error, Daniela.
Arrancó el motor y salimos del estacionamiento a toda velocidad. El trayecto de regreso a la casa fue un suplicio. Yo mantenía la mirada fija en la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por el llanto contenido. Me sentía atrapada en una red que se cerraba más con cada minuto que pasaba.
Al llegar a la residencia, Arturo no me dejó ir a mi antigua habitación. Tomó mi maleta y la llevó directamente a la suite principal. El mensaje era claro: la tregua había terminado. Al entrar en ese espacio amplio, lujoso y ahora aterrador, me di cuenta de que mi vida privada había muerto oficialmente.
Arturo se quitó la chaqueta y desabrochó los primeros botones de su camisa, observándome desde el pie de la cama matrimonial.
—Cena algo ligero y descansa —dijo, y por un segundo, su tono volvió a tener ese matiz de la cabaña, una extraña mezcla de deber y algo que se parecía peligrosamente al deseo—. Mañana empieza el verdadero trabajo. Y Daniela... no intentes sabotear esto. Si yo caigo, tú y tu familia caeran conmigo.
Se dio la vuelta y entró en su despacho, dejándome sola en medio de esa habitación que ahora se sentía como una celda llena de lujos. Me senté en el borde de la cama, rodeándome el cuerpo con los brazos. Sabía que Arturo tenía razón en una cosa: Alan y Erika eran lobos hambrientos, pero Arturo... Arturo era el dueño de la jaula, y yo acababa de descubrir que no importaba cuánto luchara, él siempre encontraría la forma de hacerme cumplir mi parte del trato.
La mentira frente al abuelo nos había unido más que cualquier sacerdote, pero era una unión forjada en la desesperación y el engaño. Mientras miraba la almohada vacía a mi lado, me pregunté si algún día podría perdonarlo por convertirme en esto, o si yo misma terminaría perdiéndome en este juego de sombras donde el amor era el único ingrediente prohibido.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades