Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 22: Celos bajo las estrellas
El avance hacia las tierras heladas se realizaba en un silencio riguroso y bajo un estricto incógnito. Atrás habían quedado los carruajes lujosos y los estandartes imperiales, reemplazados por caballos de batalla oscuros y capas de viaje desgastadas para no levantar las sospechas de los espías que la facción corrupta pudiera tener en los caminos. Al caer la noche, la comitiva se detuvo para guarecerse en un pequeño campamento militar provisional, oculto en la espesura de los bosques que servían de antesala al territorio del norte. Las fogatas apenas se mantenían como brasas tenues para evitar llamar la atención, y el viento invernal silbaba entre los pinos con un filo helado que calaba los huesos.
Sophia se encontraba sentada sobre un tronco caído cerca de una de las tiendas, frotándose las manos para recuperar el calor. Fue en ese momento cuando un apuesto y joven capitán de la guardia del norte, asignado al campamento de frontera, se aproximó a ella con paso firme y una sonrisa galante que pretendía romper el hielo de la velada. Para colmo de males, el oficial resultó ser un antiguo conocido de la infancia de la Casa Ducal de Sophia.
—Es un honor volver a verla, milady, aunque jamás imaginé que el destino nos reuniría en un bosque tan inhóspito —comentó el capitán, arrodillándose sutilmente a su lado con una galantería descarada—. Toda la frontera habla de su increíble valentía durante el atentado en el palacio. Una mujer con su coraje y su belleza es una joya que este reino no merece.
El joven oficial, buscando ganar terreno y notar el leve estremecimiento de la joven por la brisa, se despojó de su pesada capa de piel de zorro y se la ofreció con suavidad sobre los hombros.
—Permítame protegerla del frío, Duquesa. Un hombre del norte no puede tolerar que una dama pase penalidades bajo su guardia.
Sophia abrió la boca para agradecer el gesto con cortesía aristocrática, pero las palabras nunca llegaron a salir de su garganta. El ambiente del campamento se volvió súbitamente gélido, como si la mismísima muerte hubiera entrado en el perímetro.
Desde la penumbra de los árboles, semioculto por la lona de la tienda principal, Christopher observaba la escena. Sostenía la máscara de cuervo en la mano derecha, y sus ojos azules fijos en el capitán destellaban con una furia salvaje. Al ver los dedos del oficial rozar sutilmente el hombro de Sophia y escuchar sus halagos abiertos, el príncipe sintió una oleada de celos tan violenta, posesiva y visceral que sus nudillos se volvieron blancos, ejerciendo una presión tal sobre la empuñadura de su espada que el metal crujió, al borde de doblarse bajo su fuerza descomunal. El lobo de las sombras había sido provocado en su propio terreno.
Antes de que el capitán pudiera dar un paso más, Christopher emergió de la oscuridad con una zancada imponente.
—Creo que la duquesa ya cuenta con suficiente protección, capitán —soltó Christopher, su voz resonando con una frialdad brutal que hizo que el oficial se pusiera de pie de inmediato, adoptando una rígida postura militar.
El príncipe se interpuso físicamente entre ambos, apartando la capa de piel del oficial con un desdén absoluto y marcando territorio con una presencia tan abrumadora que el capitán tragó saliva, reconociendo al instante el peligro de muerte que emanaba del heredero. Sin darle tiempo a reaccionar a nadie, Christopher sujetó a Sophia de la muñeca con un agarre de hierro e incuestionable, arrastrándola de forma abrupta hacia el interior de la tienda principal del campamento.
La lona de la entrada cayó detrás de ellos, encerrándolos en un espacio reducido iluminado únicamente por la parpadeante luz de una sola vela.
Christopher soltó a Sophia y se giró hacia ella. Su respiración era rápida, agitada, y sus hombros subían y bajaban con violencia mientras intentaba contener el demonio posesivo que le rugía en el pecho. Acortó la distancia en un segundo, arrinconándola contra uno de los postes de madera de la tienda, atrapándola por completo bajo su sombra.
—¿Se puede saber qué demonios crees que estabas haciendo allá afuera? —siseó él, su rostro a escasos centímetros del de ella, delatando que su paciencia se había agotado por completo—. ¿Aceptando los halagos de cualquier soldado que te sonría? ¿Dejando que te toque?
—Solo estaba siendo cortés, Christopher, es un viejo conocido de mi familia —replicó Sophia, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón le latía a mil por hora en el pecho ante la arrolladora intensidad del príncipe.
—Me importa un demonio quién sea —la interrumpió él, sus manos apoyándose con fuerza a los lados de la cabeza de Sophia, dejando claro que el juego de la farsa había terminado—. Entiéndelo de una vez, Sophia. Pusiste tu firma en mi contrato, curaste mis heridas con la seda de tu vestido y me miraste a los ojos cuando estaba cubierto de sangre. Ya no hay marcha atrás. Eres mía, y no voy a tolerar que ningún hombre te mire, te hable o se atreva a respirar el mismo aire que tú. Mi paciencia se terminó; eres la mujer del líder de las sombras, y más vale que te acostumbres a que reclame lo que me pertenece.
Sophia lo miró fijo, sintiendo que el aire le faltaba ante la posesividad implacable de Christopher. Los celos del príncipe no eran un capricho de la corte; eran la declaración jurada de un depredador que había encontrado a su par y estaba listo para destruir el mundo antes de permitir que se la arrebataran.